Las calificadoras internacionales de riesgo vienen haciendo ver, en sus juicios sobre el desenvolvimiento económico del país, que la tensión polarizadora entre sectores, y básicamente entre el sector público y el sector privado, está generando serias consecuencias adversas para el desarrollo nacional. Dicha tensión se da de manera más sensible en los planos políticos, tanto partidarios como gubernamentales, donde el dime que te diré se ha venido convirtiendo en la forma de relación más común, con todos los efectos adversos que semejantes actitudes y conductas acarrean. Y no hay ninguna razón válida para continuar en esto.

Cuando la política está o parece estar en crisis, todo lo demás sufre las consecuencias. Eso lo tenemos sobradamente vivido por las experiencias del pasado, y por ello una de las ganancias principales que trajeron los acuerdos de paz fue la normalización del escenario político, en el cual todas las fuerzas pueden competir de manera natural y espontánea, manejando de manera civilizada sus legítimas diferencias. ¿Por qué no ha ocurrido así en estos años posteriores al conflicto? Algunos señalan como principal causa la polarización heredada de la guerra, otros hablan de la mediocridad de los liderazgos, y también están los que le achacan dicha situación a la falta de madurez democrática en los actores en juego. Posiblemente haya algo de todo eso.

Al hablar de perspectivas, el más reciente informe de Standard and Poor's sobre la situación salvadoreña advierte que si se mejorara el diálogo político en función de decisiones más adecuadas a nuestra realidad se podrían mejorar las condiciones para la inversión privada y el crecimiento económico. Esto cae por su peso, y no debería haber necesidad de que nadie venga a decírnoslo. Nuestra situación fiscal es delicada y requiere tratamiento intensivo; nuestros niveles de inversión son ya crónicamente insuficientes y hay que dar un verdadero salto de calidad en ese campo; la inseguridad política va de la mano con la inseguridad jurídica y entre ambas crean el espacio ideal donde florece la incertidumbre que todo lo contrae. Ante semejantes desafíos, sentarse a diseñar una hoja de ruta que nos saque del pantano es imperativo inmediato.

Lo más revelador de todo este panorama es que sobra evidencia de que tenemos que enderezar los rumbos nacionales y de que ello no puede lograrse con iniciativas parcializadas; y sin embargo hasta la fecha no ha surgido ninguna iniciativa que busque tomar el reto desde sus causas más profundas para ir construyendo las correcciones y las proyecciones que la realidad nos demanda. Es hora de que eso se emprenda, y es hora que ha sonado ya varias veces sin despertar las debidas reacciones. ¿A qué esperamos? ¿A estar con el agua al cuello?

No podemos continuar en el incremento del gasto sin saber de dónde se va a sacar para cubrirlo. Tampoco podemos ir aumentando el endeudamiento sin pensar en cómo se van a honrar después los compromisos ni tener en cuenta que los gobiernos que vengan necesitarán razonables márgenes de deuda disponibles. En otras palabras, son indispensables dos factores en juego: la disciplina de la gestión y el sustento político de base.

Los políticos, de todos los signos y colores, están en el deber histórico de hacer lo que sea del caso para darle al país estabilidad y progreso, reales no ocasionales. Hacérselo ver es sin duda función ciudadana de primer orden en estos tiempos tan complejos y riesgosos.