No esperemos que Dios se nos convierta en agencia de servicios gratuitos: hagamos todos y cada uno la labor que nos toca.
Los seres humanos seguimos tan desvalidos y conflictuados como siempre. Hay que preguntarse, entonces, cuáles son los factores actuales de la angustia que se propaga por doquier, pese a todo lo que cuantitativamente debería servir para hacernos sentir que vivimos en una realidad constelada de posibilidades. Dada la multiplicidad de los componentes de esta comunidad global en que nos movemos, no pueden ser dos o tres dichos factores, sino también múltiples y de variada naturaleza. Pero hay algunos que se manifiestan con especial vigor, convirtiéndose así en caracteres muy propios de los tiempos que corren. Y entre ellos destacamos dos, que rondan día a día como malhechores encubiertos: el consumismo y la desesperanza. Referirse a ambos es agregarle líneas a un retrato hablado de la realidad actual.

El ser humano siempre ha buscado satisfacciones a sus necesidades materiales. Ese es un impulso básico y natural de supervivencia. Pero el desarrollo productivo de bienes ha venido trascendiendo cada vez más los límites de lo necesario para desbordarse de manera crecientemente incontrolada hacia lo superfluo. El auge comercial activa cada vez más el motor de los apetitos, haciendo que el ansia de tener más y más cosas se vuelva una especie de fiebre angustiosamente posesiva. Esto es perturbador en cualquier parte, y lo es más aún en sociedades que están en proceso incipiente de darles respuesta a las necesidades elementales: es como sofisticar el ansia de comer cuando apenas alcanza para obtener lo básico. Esto tiende a distorsionar lo que debe ser un esfuerzo serio y continuado para dar respuesta a las necesidades progresivas de todos.

El consumismo insatisfecho genera frustración, de esa que se vive y se siente en nuestro día a día. Y cuando la frustración se acumula, lo que más prospera es la cólera. No vamos a decir que toda la frustración y toda la cólera que circulan por el ambiente son efecto del consumismo insatisfecho, pero sí tenemos que estar conscientes de que buena parte de esa cólera y de esa frustración derivan de él. En ese sentido, todas las sociedades del presente parecen necesitar un urgente reajuste educativo de las conductas generales, para ir enderezando las cosas. Educación moderadora y solidaria para los que disponen de lo suficiente y más; y educación inspiradora y motivadora para los que tienen poco o menos que poco. Y, entretanto, moverlos a todos a compartir, cada quien en lo suyo y con lo suyo, los desafíos y las tareas del progreso.

Cuando la frustración y la cólera se juntan y se apelmazan por suficiente tiempo, se convierten en el terreno de cultivo perfecto para hacer prosperar la desesperanza. En nuestro ambiente, de seguro el antídoto más activo contra la desesperanza ha sido la emigración, que desde luego genera efectos contrastantes que es preciso procesar adecuadamente. Los salvadoreños nunca hemos tenido vocación ni intención analíticas sobre lo que nos pasa, y hasta hoy el fenómeno migratorio no ha sido encajado en lo que es y en lo que representa. Es hora de hacerlo, y por supuesto también es hora de construir esperanza interior, no con palabras sino con hechos. No esperemos que Dios se nos convierta en agencia de servicios gratuitos: hagamos todos y cada uno la labor que nos toca. Pasemos de la indiferencia y de la queja a la acción responsable.

Se habla de crisis de valores. Se habla de desintegración familiar. Se habla de irresponsabilidad institucional. Se habla de descontrol social. Se habla de crítica insuficiencia de oportunidades. Se habla de… Un momento de silencio nacional reflexivo sería lo sano y lo conducente. Nuestra sociedad no puede continuar haciéndose la desentendida respecto de sus problemas más elementales y enraizados. No hay agobio peor que el de los problemas atrapados en su propia inercia. Hay una dimensión política en todo esto, pero esa es sólo una de las facetas de la cuestión. La realidad en su dimensión integral no depende de quién gane unas elecciones; por el contrario, los actores políticos —partidarios y gubernamentales— están cada vez más determinados por la realidad real, no por la que ellos quisieran, y ese es un redimensionamiento que abre rutas inéditas.