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  • Cotidiano. Este policía de Seattle camina y porta una nueva arma para mantener a raya la seguridad.

  • Histórico. En medio del oeste de EUA está ubicado el famoso OK Corral, una antigua masacre ocurrida en 1881.

  • Exhibición. La detective Barbara Mattson, de la policía de Connecticut, sostiene un rifle Bushmaster AR-15, el mismo tipo que usó Adam Lanza en una de las últimas masacres.

El tiroteo más famoso de la historia estadounidense, el duelo en OK Corral en 1881, estalló porque un pistolero se negó a cumplir las estrictas regulaciones que pesaban sobre las armas en aquellos tiempos y, por lo tanto, violaba la Segunda Enmienda, que entonces se interpretaba de forma muy restrictiva. Desde que se promulgó a finales del siglo XVIII, este texto legal ha sido objeto de infinitas interpretaciones y estudios, que han escrutado cada letra de la siguiente frase: “Siendo necesaria una milicia bien ordenada para la seguridad de un Estado libre, el derecho del pueblo a poseer y portar armas, no será infringido”.

La versión ratificada por Estados Unidos eliminaba la última coma –que el Supremo mantuvo– y ese detalle ha sido también analizado con lupa. El debate ha vuelto con fuerza.

En realidad, casi todos los estudiosos coinciden en que, hasta los setenta, la mayoría de las interpretaciones legales señalaban que la primera parte de la frase, la milicia organizada, se imponía sobre la segunda, el derecho a portar armas. La primera sentencia del Tribunal Supremo sobre el control de armas data de 2008. Nunca antes se había pronunciado sobre el tema y había dejado negro sobre blanco que ese oscuro texto permite, efectivamente, que los ciudadanos vayan a armados.

Durante más de 100 años, desde la promulgación en 1791 de la Carta de Derechos que acompaña a la Constitución de Estados Unidos, nadie ponía en duda el derecho a legislar para evitar la presencia de armas en las calles. Y eso incluye el Viejo Oeste. En un largo artículo de la revista The New Yorker, Jill Lepore, profesora de historia americana en la Universidad de Harvard y autora de numerosos ensayos, relata la historia de estas regulaciones y, por ejemplo, señala que en la época del nacimiento del país era habitual que las armas se guardasen en arsenales públicos.

Adam Winkler, profesor de la Universidad de California que se han pasado media carrera académica estudiando la Segunda Enmienda, es autor de un libro muy citado estos días, “Gunfight: the Battle Over the Right to Bear Arms in America”, un documentado estudio sobre las legislaciones desde que fue promulgada la Segunda Enmienda. Describe todas las leyes que, en los tiempos en los se imprimía la leyenda y no la historia, impedían llevar armas y, desde luego, llevarlas ocultas. “En las ciudades de la frontera había que entregar armas como alguien entrega el abrigo en un restaurante de Boston”, escribe Winkler. Y una de las ciudades que tenía una legislación más dura era Tombstone, donde Wyatt Earp se enfrentó a Tom McLaury en OK Corral precisamente porque este se había negado a dejar su artillería en la oficina del Sheriff.

“Siempre hemos tenido control de armas”, escribió Adam Winkler en un artículo titulado “La historia secreta de las armas en The Atlantic”. “Los Padres Fundadores instituyeron unas leyes tan intrusivas en ese tema que, si se presentasen ahora, no contarían con el apoyo de la Asociación Nacional del Rifle”, la organización con 4 millones de miembros que tiene un gran poder sobre el Congreso. “Aunque nunca legislaron a favor de desarmar completamente a los ciudadanos, los fundadores prohibieron llevar armas a muchos colectivos, no solo los esclavos, sino los negros libres o los hombres que rechazaban mostrar su apoyo a la Revolución”. En ese mismo ensayo, Winkler explica que incluso los defensores de los derechos civiles eran partidarios de llevar armas para su protección: Martin Luther King pidió un permiso de armas en 1956, después de un ataque contra su casa. Le fue denegado.

Las diferencias entre partidarios y detractores del control de armas han existido, según Winkler, desde la misma aprobación de la Constitución. A partir de los setenta y ochenta, se comenzó a promover la legislación más liberal que permite, ahora mismo, llevar armas escondidas en la mayoría de los estados. Bajo el primer mandato de Obama, pese a que se produjeron tiroteos tan impactantes, como el que tuvo lugar en Tucson contra la congresista Gabrielle Giffords, el 8 de enero de 2011, en el que murieron seis personas, entre ellas una niña de nueve años, la liberalización prosiguió.

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Los expertos aseguran que es imposible aplicar una prohibición total como las que se produjeron en Australia tras la matanza de Port Arthur de 1996 (35 muertos y 23 heridos) o en el Reino Unido tras el horror de Bunblane, también en 1996, cuando Thomas Hamilton, de 43 años, armado con tres pistolas compradas legalmente, asesinó a 16 niños y a un adulto antes de suicidarse.

La famosa sentencia de 2008, Distrito de Columbia contra Heller, la única vez que el Supremo se ha pronunciado sobre el control de armas, por cinco jueces a favor y cuatro en contra, deja muy clara la interpretación de la Segunda Enmienda. “Garantiza el derecho de los individuos a tener armas de fuego y la legislación de Washington, D. C., que prohíbe totalmente las pistolas y requiere que las armas de fuego en casa estén desmontadas incluso cuando son necesarias para defensa propia, viola ese derecho”, reza la sentencia que fue celebrada por todo lo alto por la NRA.

Sin embargo, la letra pequeña del texto, como destaca Winkler, escondía “una agradable sorpresa”, ya que sí permitía el control y las restricciones. Eso deja la pelota en el tejado de los políticos, tanto en el Congreso como en el Casa Blanca.

Un artículo que firma el miércoles Adam Liptak en The New York Times recuerda precisamente que el juez Antonin Scalia, que redactó la sentencia, escribe: “Somos conscientes del problema de la violencia que causan las armas en este país” y permite numerosas restricciones, las mismas que ahora mismo están siendo propuestas de nuevo.