El día internacional de los trabajadores fue instaurado por acuerdo del Congreso Obrero Socialista celebrado en París en 1889 como un homenaje a los obreros que murieron en Chicago durante una jornada de luchas reivindicativas que culminaron en la huelga del 1.º de mayo de 1886 en Estados Unidos.

Desde entonces, la celebración se toma como ocasión de protesta por las aspiraciones no satisfechas de la clase obrera. En aquellos años, el objetivo principal de la lucha era lograr que se estableciera la jornada laboral de 8 horas, porque a pesar de la Ley Ingersoll, promulgada por el presidente Andrew Johnson en 1886, varios estados habían aprobado legislación que permitía a los empleadores establecer jornadas laborales hasta de 14 horas.

Mucho ha llovido desde entonces y ahora la mayoría de países cuentan con leyes que protegen razonablemente los derechos colectivos e individuales de los trabajadores y, en muchos casos, tienden a favorecer a priori al trabajador en las disputas con sus patronos. La lógica de la legislación laboral moderna es que en toda disputa de esa naturaleza el trabajador está en desventaja y, por consiguiente, el Estado debe respaldarlo.

Pero no solo han cambiado las leyes y las instituciones; también han evolucionado las actitudes de los ciudadanos y la mentalidad de los empleadores, aunque todavía se escuchan algunas voces que hacen eco de lo que la prensa estadounidense argumentaba en 1886. Como muestra, el 29 de abril de ese año el Philadelphia Telegram decía: “El elemento laboral ha sido picado por una especie de tarántula universal y se ha vuelto loco de remate: piensa precisamente en estos momentos en iniciar una huelga por el logro del sistema de ocho horas”.

Otras cosas también han cambiado. En las luchas previas a la huelga que originó la celebración del día internacional de los trabajadores, los protagonistas fueron los obreros industriales en las grandes ciudades de los países más desarrollados. Con la evolución de las sociedades y de los sistemas económicos, tuvo que ampliarse y diversificarse el movimiento original para incluir a otros sectores laborales.

En sociedades agrarias se constituyeron alianzas obrero-campesinas y se dio cabida a sectores considerados pequeño-burgueses, como los maestros de escuela, los intelectuales y los estudiantes universitarios. A medida que el Estado expandió sus alcances, el sector de empleados públicos también fue cobrando protagonismo. Desde hace varias décadas, el día internacional de los trabajadores no es ya una celebración de obreros exclusivamente, es el día de todos los trabajadores.

El 1.º de mayo no es tampoco ya una ocasión tan especial para mostrar colmillo. En nuestro país hay protestas callejeras frecuentemente; en algunos momentos hasta dos o tres veces en una misma semana. La amalgama de los que tienen algo o mucho de qué quejarse se ha visto incrementada por excombatientes de la Fuerza Armada y del FMLN, vendedores desalojados, sindicatos médicos, comunidades que no tienen agua o se sienten amenazadas por proyectos contaminantes de su medio ambiente, empresarios del transporte público, pensionados y otros muchos grupos.

Igual si el gobierno de turno es de izquierda o de derecha, las protestas callejeras siempre están a la orden del día. Lamentablemente, nos hemos acostumbrado a eso y el acostumbramiento ha vuelto irrelevantes las protestas. La saturación de luchas reivindicativas ha tenido un efecto contraproducente para los sectores que las impulsan.

Definitivamente es hora ya para un cambio significativo de mentalidad en todos los sectores, porque las constantes tensiones entre el gobierno, los empresarios, los políticos y los trabajadores nos han metido en una dinámica estéril y extremadamente desgastante. El grueso de la energía social se agota en pleitos, protestas y recriminaciones.

Es cierto parcialmente lo que muchos en el gobierno alegan, que el lento crecimiento económico tiene causas externas y remotas, que los problemas del país no empezaron hace cuatro años, que somos vulnerables por estar tan amarrados a la economía de Estados Unidos, la cual no termina de superar su propia crisis. Pero eso no le quita importancia a lo interno. En un clima tan viciado, del cual varios sectores son responsables en alguna medida, no puede haber trabajo digno para todos, ni futuro para El Salvador.