Caballo de escuela

Fue el primero en sentir aquel aire fúnebre al amanecer. Cuando vio caer a Fugaz supo que no se levantaría. Había sufrido toda la noche, y ya no se podía hacer nada por salvarlo. Entonces aquel caballo retinto que hasta hace unos días lucía en plenitud se revolcó unos segundos hasta morir. Y con su última respiración, dejó al domador de caballos con un rostro desencajado, mezcla entre desvelo y frustración.

Él había sido el primero en detectar ese cólico mortal a las 9 de la mañana del día anterior, y desde ese momento se encargó de caminar junto a Fugaz porque sabía que si el caballo se echaba sobre la tierra arenosa del rancho, sus intestinos se enrollarían y moriría al instante. Cuando llegó la noche, fue el domador quien decidió dejar al caballo lejos del tramo donde dormía, porque sabía que si Fugaz se quedaba ahí se golpearía contra las paredes hasta matarse, preso del dolor.                                                                                                                                        

Así que aquella muerte solo fue el punto final de una larga jornada para el domador. Tiempo en el que fue doctor y padre. Porque la relación que establece con los caballos es, en sus palabras, tan profunda que verlos morir es como despedirse para siempre de “un chero vergón”.

El domador de caballos enterró a Fugaz esa misma mañana.

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Han pasado tres días de la muerte de Fugaz, pero el domador de caballos– todavía se ve cansado. Son las 9 de la mañana y en Usulután hace calor. Acaba de terminar de bañar con una manguera a Máximo y Felipe, dos caballos pura sangre que juntos están valorados en $24,000. El domador le desenreda el cabello a Máximo después de mojarlo, el animal es un raza español blanco. El domador lo conoció hace dos años, en el rancho de Ilobasco donde trabajaba. Cuando lo vio por primera vez, este caballo con nombre de emperador romano era un chúcaro, un potro que no conocía de lazos ni monturas.

El domador cuenta –inyectando un tono de orgullo a sus palabras– cómo domó aquel chúcaro hasta convertirlo en este elegante caballo de escuela, por el cual un hombre ofreció $16,000 a su patrón, cuando lo exhibieron en las últimas fiestas julias en Santa Ana. "Lo que más se valora son los dos años que tiene aprendiendo pasos de escuela", –asegura el domador, mientras le da unas palmadas a la blanca nuca de Máximo.

El domador es un hombre de pocas palabras. Después de todo, en los caballos de escuela se premia la sobriedad sobre todas las formas. Los movimientos sutiles, los cambios de ritmo imperceptibles; reglas que al final aplican tanto al corcel como al jinete. Con ese sigilo propio de su profesión, el domador deja a Máximo secándose bajo el sol y camina con su 1.70 metros de estatura y su complexión delgada entre los establos de la hacienda. Lo hace con sus botas de cuero café, un fuete negro entre las manos –que por aquí llamarían chilillo– y unas espuelas de acero inoxidable que no tienen punta para no herir a los animales.

Porque domar caballos es de confianza más que de rudeza. Esa fue una de las primeras lecciones que el domador aprendió de su padre en los potreros de Nicaragua. Una visión que ha traído hasta El Salvador, donde según sus cálculos ha domado cerca de ochenta caballos de escuela en nueve años. Con su voz apagada dice que en estas tierras no hay una gran cultura equina, pero ha logrado sobrevivir, enseñándoles a hacer el reverencial saludo español a los caballos de directores policiales, ganaderos, comerciantes, diputados y personeros del Gobierno.

El domador lo reconoce:

Es que tener caballos de escuela es para la gente billetuda.


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Fugaz tenía nueve años y era una mezcla explosiva de las razas cuarto de milla e inglesa. Caballos hechos para la velocidad y con la suficiente aceleración como para correr 400 metros en menos de 15 segundos. Por lo que el retinto que había domado José era ideal para carreras como las de aquel 24 de abril de 2010, con apuestas de hasta $15,000.

Pensé en llevarlo, pero al final no se pudo, así que nos fuimos con unos cheros solo a ver las carreras –dice el domador de caballos. En eso estaban, esperando a los caballos al final de la pista de carreras cuando comenzó la balacera en la que hirieron a Narciso Ramírez, conocido popularmente como Chicho –alcalde de San Francisco Menéndez, Ahuachapán–, hecho en el que murieron tres hombres más. Entre los muertos estaba un comerciante al que todos conocían como Pedro Crespín Fuentes, pero que posteriormente sería identificado como Juan Peña González, un hondureño que era mencionado en los informes de la Policía Nacional Civil (PNC) acerca de tráfico de drogas y de personas.

Aquel día, los disparos venían desde donde comenzaba la pista de carreras, donde los dueños de los caballos estaban pendientes de que las salidas fueran al mismo tiempo para que nadie hiciera trampa. Pero un año después, el domador asegura que ni siquiera recuerda si los corceles alcanzaron a salir de la gatera, antes de comenzara la balacera. Cuando el zafarrancho se armó, el domador y sus amigos salieron corriendo hacía el interior de la finca y se tiraron al suelo. Casi todos los presentes en el lugar hicieron lo mismo. Para cuando los disparos cesaron, cada quien subió en el vehículo en el que había llegado y se largó tan rápido como pudo.

"Todos los que estaban allí se hicieron humo", –resume el domador de caballos.

Él asegura que nunca le enseñó pasos de escuela a un pura sangre que fuera propiedad de Chicho, y que solo lo conocía porque salía a desfilar con sus caballos cuando había algún festejo en el cantón Cara Sucia. Por lo que aquel día, lo que lo llevó a la hacienda Dos Potrillos –propiedad del mismo alcalde– fue su gusto por las carreras, más que una amistad con Chicho Ramírez.

Antes de ser domador fue jinete de caballos de carreras en Nicaragua. Compitió tanto en hipódromo como en pistas rectas desde los 12 a los 17 años. Y por esos quince segundos en los que podía morir si se caía del caballo le pagaban 10,000 córdobas –$450 al cambio actual.

-¿Y nunca montaste un toro en un jaripeo?

—-No, no me voy a morir por $20, porque eso les pagan en los jaripeos, son $20 más o menos-  –responde el domador, un tanto indignado.

Este trabajo como domador de caballos le permite al domador enviar unos dólares a Nicaragua. Mientras, asegura que Chicho sigue corriendo sus caballos pero ahora solo invita a sus amigos más cercanos. El domador vuelve al lado de Máximo para hacer una rutina de entrenamientos. Le coloca la montura sobre el lomo y le amarra su cola blanca para que no le estorbe al hacer los ejercicios.

Cuando se detiene para ponerle el freno en el hocico, el domador se queda mirando fijamente los ojos de Máximo y dice que por un efecto ocular los caballos ven a los hombres más grandes de lo que son. "—Ellos te respetan porque creen que sos un gigante", –asegura el domador. Pero cualquiera pensaría que él le tiene un mayor respeto a Máximo, porque los caballos de raza española son los Rolls Royce de los equinos pura sangre. Corceles dotados con extremidades más flexibles y ágiles que les permiten alcanzar una mayor elegancia en los pasos que les enseña el domador.

Por su genética privilegiada, especímenes blancos y fuertes como Máximo son tan codiciados como en su día lo fue la Condesa. Una yegua de pura sangre española que pasa sus días en un establo ubicado en el tramo de una finca sobre la carretera que conduce a la Costa del Sol, en el departamento de La Paz.

La Condesa es propiedad de Fredis Osmín Escobar, un comerciante de Pasaquina, La Unión, que fue acusado por las autoridades de pertenecer a la banda criminal Los Perrones, y que finalmente fue condenado a siete años de prisión por lavar $8.3 millones. Antes de cualquier imputación de la Fiscalía, Escobar se paseaba orgulloso por Pasaquina montado en la Condesa. Una yegua que para el domador podría ser montada por cualquiera que no conozca de caballos, por su carácter manso.

El domador cuenta que la Condesa parece un unicornio que ha perdido su cuerno. Es completamente blanca y parece estar aguardando por una montura real. Si se le quiere poner precio a este ejemplar del que habla el domador, se tiene que tomar en cuenta que la yegua llegó a estar valorada alrededor de los $20,000. Lo que cuesta una casa en los nuevos proyectos del Fondo Social para la Vivienda (FSV) en ciudades como San Miguel.

—"Valdría más dinero, pero como no agarra cría, eso le baja unos cuantos miles", –dice el domador. Él se jacta de conocer muy de cerca a la yegua. Todavía recuerda el día en que la pura sangre de Fredis Osmín Escobar llegó al rancho El Chaparral de Ilobasco –donde trabajaba– y se le encargó su adiestramiento. El domador fue el único que montó a la Condesa por un año, y esa yegua blanca llegó a estar considerada entre las mejores de El Salvador.

El grupo musical Tex Bronco hasta la menciona en el corrido que dedica a su dueño: “Hace sus propios rodeos / tiene sus propios caballos / monta su yegua Condesa / y tiene sus propios toros / y si alguien le pide trocas / se las consigue de rayo”.

El domador conoce bien la letra de ese corrido, porque en algunos jaripeos, él se presentó montando con el grupo de música norteña mexicana. Es más, recuerda haberle comentado al propio Fredis Osmín Escobar sobre esa canción, una vez que fue a ver cómo iba la Condesa a Ilobasco. Mientras se sube en Máximo para comenzar sus ejercicios, el domador dice ser un profesional que se dedica estrictamente a su trabajo. Nunca le interesó indagar más sobre Escobar ni cómo había conseguido sus propiedades en La Unión, La Paz o San Salvador; ni sobre las decenas de vehículos a su nombre. Solo sabía que comercializaba ropa de vestir.

Dice que en el mundo en el que se maneja uno tiene que andar con cuidado, pero que afortunadamente no le ha tocado presenciar nada sospechoso ni comprometedor, salvo la balacera de Chicho. "A mí no me importa lo que hagan las personas, solo que me paguen la hechura del caballo", –zanja el domador, serio.

***

Máximo ya está en el ruedo junto a su domador. Un espacio abierto a unos pocos metros de donde enterraron a Fugaz hace tres días. El domador comienza la sesión con un calentamiento de trote, galope y paso cruzado que sirve para que el equino estire los músculos. Parte de lo que hacen en jaripeos o exhibiciones de destreza. Conducir al caballo de escuela por el campo abierto es muy parecido a manejar un carro. Se toma la rienda como si fuera el volante, mientras que con los pies se hacen los cambios de ritmo y velocidad.

El domador de caballos parece un ventrílocuo dando órdenes al caballo con las pequeñas espuelas que lleva ataviadas en las botas, sin que los demás se enteren. Y Máximo –quien comienza a sudar– pareciera esforzarse para complacer todos los designios del hombre sobre su lomo. Pero por excelente que sea el caballo, José asegura que trata de no encariñarse con él porque sabe que no es suyo, y que tarde o temprano pueden venderlo o él dejar de trabajar en ese rancho. La vida del domador ha sido una de viajes constantes en sus 32 años.

Comenzó como limpiador de cuadra y bañador de caballos en la escuela El Cortijo del Rosario, en Nicaragua, pero pronto lo mandaron a las caballerizas de la familia Domecq, en Andalucía, España. Los Domecq son una de las referencias más importantes en las corridas de toros, los caballos de escuela y el vino; de toda la península ibérica. El domador vivió seis meses bajo un modelo de escuela militar donde se levantaba en las frías madrugadas andaluzas para aprender los métodos más novedosos en amansar caballos y compartir con jinetes de toda Latinoamérica.

Con lo aprendido en España, el domador se fue a Costa Rica para trabajar en una hacienda exportadora de pura sangres de Alajuela. La posición estratégica de aquel rancho –cercana al aeropuerto internacional Juan Santamaría– hacía que tuviera a distinguidos clientes extranjeros, quienes aterrizaban en sus aviones privados para llevarse a los caballos de escuela. Eran personajes como el cantautor mexicano Joan Sebastian, quien aterrizó una noche dispuesto a cargar en su aeronave a los mejores caballos del lugar para exhibirlos en sus conciertos, donde cantaba rancheras montado a caballo.

-—Ese día se llevó como once caballos, de esos yo había entrenado siete- –dice el domador.

—-¿Y no te tomaste fotos con Joan Sebastian?

-Sí, nos tomábamos muchas con él, porque sabíamos que no cualquiera tenía esa posibilidad, llegaba de noche porque no quería ser visto.

Unos años después, el domador de caballos intentaría instalarse en la tierra de Joan Sebastian, llegando a un rancho en las afueras de Monterrey, México. Pero se sintió como un inmigrante aunque hablara español y usara bigote, y decidió volver a Centroamérica. Llegó a El Salvador en el año 2000 y no se ha ido. Solo regresa a Nicaragua durante los cuatro días que tiene libre al mes. Dice que ya está ambientado y que tiene “más cheros aquí que en Nicaragua”.

Al domador de caballos se le ha pegado el acento salvadoreño. Se nota cuando habla con los otros hombres del rancho, después de su entrenamiento con Máximo. Él nunca se sintió tan cerca de Nicaragua como en los departamentos del oriente de El Salvador, como San Miguel y Usulután. "Aquí hay un gran montón de nicaragüenses, casi todos trabajan en ganadería", –dice el domador, y agrega después de unos segundos de análisis que los salvadoreños ya no quieren trabajar.

Él no es el único que piensa así. Julio González –un joven nicaragüense de 20 años que es ayudante del domador de caballos– lleva cuatro meses de vivir en El Salvador, y cuando alguien le pregunta qué es lo que más le gusta de su nuevo hogar, dice que: “"Aquí sí hay trabajo, y en Nicaragua no"”. La actual residencia del domador ha sido tan buena que trajo a su hermano, quien doma caballos en un rancho de San Martín. Cuando al domador de caballos se le interroga si también piensa traer a sus hijos que viven en Nicaragua, dice que está esperando que salga del bachillerato y “si se quieren venir, que se vengan a aprender a domar caballos”.

El domador tiene mucho trabajo en El Salvador. Domó caballos en El Chaparral de Ilobasco por ocho años. A este lugar le llevaron a la Condesa de Fredis Osmín Escobar; al caballo Brillante y la yegua Joya, ambos de Ricardo Menesses, ex director de la PNC, de quien lo último que supo fue que los había vendido para irse como asesor policial a Estados Unidos. Mientras que en el terreno de la política, el domador cuenta entre sus conocidos a Horacio Ríos, ex diputado de la Asamblea Legislativa, y a quien dice le ha domado un par de caballos españoles.

-Él, Horacio, siempre fue buena onda con nosotros, siempre nos trató bien- –afirma el domador.

En su periodo en la Asamblea Legislativa, Ríos era conocido como el diputado vaquero por su afición a los jaripeos, la ganadería y los caballos de escuela. Las últimas noticias del ex congresista lo vinculaban al asesinato de tres diputados salvadoreños y su motorista en Guatemala, una hipótesis que al final de cuentas se descartó durante el juicio en julio de 2010.

Entre tanta demanda por caballos de escuela, a finales de 2009, el domador se fue de Ilobasco en busca de un nuevo empleo y comenzó a tocar puertas. Fue donde todas las personas que había conocido en el mundo equino del país, y se atrevió a hablarle al que hasta hoy tiene los mejores pura sangre.

-¿Quién tiene los mejores caballos de escuela de El Salvador?

—-Un señor que se llama Gerardo Cáceres, que creo que trabaja en el Gobierno...- –responde.

—-Esos caballos que son mejores que la Condesa ¿cuánto cuestan?

-Pues exactamente no sé, pero algunos tienen que costar más de $20,000.

En los jaripeos se decía que la familia Cáceres tenía una caballeriza con aproximadamente 40 caballos españoles. José probó suerte una vez que se encontró por casualidad con Gerardo Cáceres, y este lo invitó a la finca Las Marías en Los Planes de Renderos para que le hiciera una demostración de sus capacidades como domador de caballos.

El día establecido, el domador se montó en un pura sangre español llamado Aldebarán y mostró lo que sabía hacer. El caballo ejecutó el saludo español, el piafe, el pasaje y otros pasos de escuela. Al final de la presentación, un Gerardo Cáceres complacido le dijo que el trabajo era suyo, pero tiempo después consiguió uno mejor, en el rancho donde todavía trabaja.

Los potros españoles de los Cáceres rara vez se ven en el país, pero en Guatemala son asiduos participantes de competencias donde a los potrillos no solo se les examinan sus pasos, sino el tamaño de sus orejas, el grosor de sus extremidades o la forma de su cabeza, para premiar al representante más hermoso de su raza. Gana el más perfecto.

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El trabajo con Máximo ha terminado y el domador de caballos sale de los tramos. Son cerca de las 11 de la mañana y decide ir a ver los 65 potros y yeguas chúcaras en otra parte de la hacienda. La mayoría son un cruce de razas conocido como azteca, mezcla entre un caballo cuarto de milla con una yegua española.

Máximo se queda esperando su próxima comida. Mantener un caballo es términos económicos es caro. El animal hace tres comidas al día, lo que equivale a gastar cerca de $25 en concentrado especial cada semana, casi lo mismo que gana un trabajador del sector agropecuario en el mismo periodo –$26.25– para mantener a toda su familia. El domador se monta en una pick up que lo lleva hasta el potrero, que queda a diez minutos. El paisaje solo dibuja una verde planicie donde pastan unas cuantas vacas.

Al llegar al lugar donde están los equinos, todo parece apacible y los caballos se ven dispersos sobre el terreno. Casi todos los chúcaros son menores de tres años y no saben qué es que los monten. Corren solos, toman agua cuando quieren y el resto del día se la pasan pastando en manada. El domador de caballos dice que su misión será convertir a decenas de esos potros salvajes en caballos de escuela. Sabe que los potros que se presentan frente a él tienen buena sangre.

Algunos son hijos de Máximo, el caballo blanco que montó toda la mañana, y otros son descendientes del Fugaz, aquel caballo de carrera que se desesperaba cuando salía al campo y no corría a sus anchas. Otros potros serán vendidos de primera mano y quizás alguna de estas yeguas llegué a ser tan elegante, mansa y de buena escuela como la Condesa. Esa es la meta y la esperanza del domador. Más allá de a quiénes pertenezcan, su objetivo es entablar con estos animales un vínculo tan íntimo como el que tuvo con Fugaz, “su chero vergón”.