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  • Compromiso. Carlos Sandoval, además de ser promotor cultural y artista, da clases de payaso a jóvenes en riesgo de violencia. Su objetivo es elevar su autoestima.

  • M dasdasderada. Francid as asdasd asdsdl anonimato.

  • Dependiente. Carlos asegura ser adicto a los viajes y a las risas, por eso procura que Pizarrín no tenga descanso.

  • Galardonado. Pizarrín ha acumulado docenas de reconocimientos por su trayectoria.

Pizarrín discute con una mujer de pestañas grandes y colochas, como de avestruz. Ambos están acalorados. Se ven con el entrecejo fruncido y alegan sin parar. Quienes están presenciando la pelea que parece marital los ven con fijeza. La exaltación de la pareja se eleva hasta alcanzar los insultos.

- ¡Párpadoe, sobacoe mono!

- ¡Cabezae, ranchoe paja!

Los presentes carcajean. Pizarrín, el payaso que hace unas semanas fue condecorado como Distinguido Artista de El Salvador, ondea su cabellera rubia con aparente indignación ante el insulto que acaba de recibir. Hace muecas con su cara maquillada de rojo, negro y blanco, y se sacude el chaleco de puntos brillantes que trae puesto. “¡Callate, cintura de yegua!”, grita y ríe de una forma escandalosa que contagia a todos. El payaso tiene usurpado el cuerpo de Carlos Sandoval, el salvadoreño que lo creó hace 33 años.

Hoy Pizarrín no está en un escenario de circo, menos en un estudio de televisión de esos que dejó hace 12 años. Está en medio de un pasaje polvoriento, bajo el sol de las 11 de la mañana, en una colonia de Suchitoto. Ha puesto la canción “Los personajes”, esa que se volvió un himno del programa en el que fue conductor durante 17 años. Pero las docenas de niños que se han congregado para verlo la han pasado desapercibida. Quienes han cantado al unísono han sido los mayores de 20 años y parecen tan emocionados como los pequeños.

Más allá de Pizarrín, la vida de Carlos Sandoval ensambla a un asistente de cardiología, un sindicalista casi guerrillero, un viajero, un bailarín exótico y un aspirante a político. A pesar de haber nacido en el circo, no se consagró como payaso, sino hasta que su padre, su mayor obstáculo, cedió a su terquedad por inspirar risas. Ahora niega vivir bajo la sombra del programa que lo hizo famoso. Más bien, asegura continuar cosechando lo que sembró. Es uno de los payasos más recordados del país.

“¿Ya se va, papito? Salú, pues”, se despide Pizarrín. Ha sido coreado solo por los adultos. Acaba de terminar su presentación. Nadie, sin importar su edad, se ha resistido a sus bromas. La hora que ha durado su intervención ha puesto nostálgicos a varios.

Un joven alto y delgado, de unos 25 años, se cuela entre los niños alborotados y corre hacia el payaso. “¡Puya, Pizarrín, yo te veía todos los domingos! Nunca pensé que te iba a conocer en persona”, exclama. Se encorva para abrazarlo. Pizarrín corresponde al abrazo y responde un “gracias por el cariño, amigo”.

Pizarrín ha terminado sudado y con el maquillaje deteriorado. Se aleja de los niños renqueando. “Ay, este tobillo me sigue fregando”, dice en tono de broma, aunque el malestar es real. Se dio un doblón hace tres semanas, en una presentación que donó en Usulután. A su lado, lo acompañan su mujer, Analeyda, y dos de sus ocho hijos. Llegan a una casa donde les han permitido descansar un poco antes de la presentación de la tarde. Una vez dentro, Carlos guarda durante un rato a su personaje. Se quita la peluca y la boina y se desploma en una silla. Intenta ocultar su fatiga con una sonrisa. Sus 57 años parecen estarle cobrando esos derroches de energía. “Es que este payaso condenado hace que se me olvide todo: dolores, enfermedades, problemas familiares, económicos”, asegura.

Durante la presentación que acaba de realizar saltó, bailó y gritó con la misma intensidad de los niños que alegró. Esta mañana también ha donado su trabajo. Aunque lo han contratado para que amenice la caravana en honor de las fiestas patronales de Suchitoto, pidió que antes lo llevaran a una comunidad de los alrededores. Cuando no ejerce como promotor cultural de la Secretaría de Cultura de la Presidencia (SECULTURA), Carlos visita cantones y escuelas remotas. Trata de llegar a rincones que pasan desapercibidos o suelen ser olvidados. Es una tradición que comparte con su esposa y compañera de payasadas.

Mientras da sorbos a un vaso de gaseosa y ve a sus dos hijos engullir tortillas y queso, asegura que sueña con recorrer hasta el último cantón del país. “Mi papá me enseñó en el circo que la risa de un niño bien vale una aguantada de hambre. Cada vez que voy a darle alegría a los niños, pienso que voy a compartir con los herederos del reino de Dios. Para mí, eso es tener el reino de los cielos enfrente”, asegura. Recuerda que lo aprendió después de que su padre, el payaso Pelele, lo descubrió negándole la entrada a un niño que no tenía el colón para pagar por la función.

Se avergonzó y se sintió egoísta. Asegura que, después de ver cómo ese niño disfrutó más que cualquier otro espectador, le quedó claro que parte de ser payaso consiste en ofrendar alegría a quien lo necesite. Desde entonces viaja cada vez que sus finanzas lo permiten.

—Aunque no creás, me han recibido ancianos que han llorado porque he sido el primer payaso que han visto en su vida. Y he llegado donde niños que nunca habían probado ni una sopa instantánea, hasta que se las llevé.

Cuando Pizarrín no existía, Carlos Sandoval trabajó para el Instituto Salvadoreño del Seguro Social. Su padre estaba empeñado en que estudiara y se alejara de la vida del circo y lo motivó a que tomara un curso en la Universidad de El Salvador (UES). Ahí se capacitó para ser asistente de cardiología. Trabajó en el Instituto Salvadoreño del Seguro Social (ISSS) durante tres años. A finales de los setenta, entre la tensión por los inicios del conflicto armado, además de preparar instrumentos para realizar exámenes, apoyaba las iniciativas del sindicato de esa institución.

Por ese apoyo estuvo a punto de ser asesinado, así que decidió partir a México sin más pertenencias que su cédula y unas cuantas mudadas. Allá trabajó en circos como asistente de mantenimiento. Durante su viaje, amigos y vecinos lo creyeron muerto, pero no soportó estar lejos más de ocho meses. Regresó. Entonces tenía 24 años y ni siquiera concebía la idea de ser payaso. Cuando decidió retornar estaba decidido a tomar un fusil y luchar por sus ideales. Antes de enlistarse en la guerrilla, pasó por el circo Colonial, comandado por su padre. Quería saludarlo y despedirse.

Entonces estaba por iniciar una función. Había lleno total. El problema era que no estaba más que Frijolito –uno de sus amigos payasos– y la esposa de Prontito, ambos comediantes. El resto del elenco estaba retrasado. Se encontraba tomando decisiones para crear el Sindicato de Artistas Circenses de El Salvador. Eso los tenía demorados. La gente estaba impaciente. Para evitar que el circo de su padre quedara mal, pidió que lo pintaran y salió al escenario junto a un par de artistas que no habían ido a la reunión. Esas carcajadas y aplausos, asegura, lo hicieron cambiar de opinión.

—Iba a agarrar armas y defender al pueblo, pero me encontré con el arma de la sonrisa, que fue más fuerte que poder ofrendar mi sangre y mi vida.

Recuerda que cuando salió del escenario su padre estaba esperándolo, iracundo. Le dijo de mil maneras que no permitiría que fuera payaso. Le recalcó que se moriría de hambre, que sería rechazado, que la gente lo tomaría como un vago, que recibiría ultrajadas, que El Salvador no le reconocería nada, que sería olvidado. Testarudo, Carlos mantuvo firme su deseo de ser payaso.

“Entonces vas a tener que ser un personaje de calidad. Vas a tener que ser tanto o más bueno que tu padre”, lo sentenció José Sandoval, su padre, cuyo nombre artístico es Pelele. Días después, Pelele dirá que se lo imaginaba como doctor. “Es que era un joven bien inteligente. Le gustaba leer. Por eso yo quería verlo en otra carrera mejor pagada. Si los payasos siempre hemos aguantado hambre, pues”. El patriarca, con 113 años encima, también lo recordará como un niño inquieto y aficionado del fútbol.

Tras perder la batalla contra la obstinación de su hijo, le exigió que escogiera un nombre. A regañadientes, lideró una reunión de payasos para lanzarle una lluvia de posibles nombres. Pelele, Prontito –quien, años más tarde, se convirtió en uno de sus compañeros en el programa televisivo “Jardín infantil”-, Cocoliche, Bombazo, Facilito, y otros grandes del circo, escupieron todos los nombres que se les ocurrieron. Uno de ellos fue Pizarrín. Carlos, como todo asiduo a la lectura, fue a la biblioteca a buscar el significado de la palabra. Cuando supo que un pizarrín es un lápiz para escribir en pizarras de piedra, decidió quedarse con ese nombre.

En 1979, Carlos inició su purgatorio para profesionalizar a Pizarrín. No había día sin que su padre lo aturdiera con regaños y consejos de que buscara un trabajo formal. Le ponía las tareas más difíciles del circo. Fue el encargado de limpieza, el mandadero, el que preparaba utilería. Trabaja por un colón al día. Luego de nueve meses de tormento lo dejaron parir oficialmente a Pizarrín. En el proceso decidió usar peluca rubia en honor de su padre –Pelele usaba una calva artificial de la que colgaban pelos rubios– y adoptó los pantalones cortos, las medias, el chaleco y la camisa.

Dentro de cuatro días, Roberto Funes, el payaso Cañonazo, definirá a Carlos como un artista copado de talento. Cañonazo es uno de los pocos payasos de antaño que siguen con vida , y fue uno de los tutores en la carrera de Pizarrín. Recordará que, por su voz ronca, a Carlos le costó encontrar el timbre idóneo para su personaje. También dirá que tuvo dificultades en el maquillaje –no quería rasurarse el mostacho– y que el andado lo tuvo que practicar mucho. También hará énfasis en que la risa de Pizarrín es una de las mejores y más contagiosas. “Cuando se juntaron, Prontito y Pizarrín formaron la mejor dupla de payasos que ha existido en El Salvador. No ha habido mejor pareja que ellos”, dirá sin vacilar.

Con Prontito como compañero de fórmula, y con Pelele como mentor, Pizarrín viajó dentro y fuera del país. Fue a Honduras, Nicaragua, Costa Rica, Colombia y Venezuela. En este último país, se encontró con que no existían los frijoles. “Se desesperó, estaba acostumbrado a comer puros frijoles, pero el cónsul (de El Salvador en Venezuela) nos hizo el favor y mandó a traerlos a otro país”, mencionará Pelele.

De regreso en El Salvador, compartió espectáculos con los cómicos de antaño Pánfilo a Puras Cachas y doña Terésfora. A pesar del conflicto armado, recorrió con ellos todos los rincones del país que pudo. Hizo circo durante cinco años, hasta septiembre de 1984. Lo invitaron a realizar un sketch en “Jardín infantil”, de Telecorporación Salvadoreña. Empezó su carrera en televisión con un chiste para niños.

La participación de Pizarrín cautivó a los realizadores del programa para niños. Le pidieron que no se desmaquillara y le entregaron un guion para un comercial de zapatos. Después de eso decidieron que se sumara a Prontito, Chirajito, Rojito y a Tío Periquito.

Luego de unos meses, Rojito salió del programa y solo quedaron cuatro, quienes recibieron el calificativo “los personajes”. Carlos asegura entre risas que los insultos eran una forma en la que se demostraban aprecio. Recuerda que, luego de que las cámaras se apagaban, él, Chirajito y Prontito, el primero de los personajes en fallecer -en agosto de 2000-, procuraban irse de juerga, a beber un par de cervezas. Departieron un sinfín de aventuras hasta que Prontito y Chirajito se disgustaron por problemas en el Sindicato de Artistas Circenses. Como consecuencia, no volvieron a hacer un sketch juntos –Prontito y Chirajito- y casi nunca estaba todo el elenco junto.

El terremoto del 10 de octubre de 1986 les dio más trabajo y los hizo volver a trabajar en equipo. Carlos asegura que además de las grabaciones para el programa tenían una programación para visitar los lugares más afectados por la catástrofe. Iban a comunidades donde no había quedado ni una sola casa en pie. Llegaban a sacarles sonrisas a quienes más habían perdido. De esa experiencia de llevar sus bromas a dondequiera que los enviaban fue que crearon la canción de los personajes.

—En una salida empezamos a cantar, chabacaneando. Al decir somos los personajes era más como decir somos cuatro majes que llevamos payasadas. Y nos reíamos. Periquito escribía. Dos o tres salidas después empezó el viejito a cantarla. Nos gustó —cuenta el origen del famoso estribillo de “Jardín infantil”.

Con los ojos húmedos, menciona que recordó esas experiencias con Salvador Vega, conocido como Tío Periquito, meses antes de que falleciera. Carlos lo llegó a visitar, le cantó y actuó las melodías con que Tío Periquito había llenado las mañanas de los domingos durante varias décadas. “Al viejo le gustó. Le vi la sonrisa. Movía su cabeza pequeña y redondita y tarareaba”, menciona con sus palabras empapadas de melancolía. De su rostro, aunque siga lleno de maquillaje cómico, se asoma una mueca de añoranza, aunque quiera disimularla con una sonrisa.

—¿Pizarrín vive a la sombra de “Jardín infantil”?

—No. Yo le llamaría más vivir bajo la cosecha de “Jardín infantil”. Las sombras ya no están. Yo vivo bajo mi propia sombra, ahora cosecho lo que sembré como personaje. Vivo bajo lo que sembramos, cómo tratamos a los niños, qué hicimos de bueno, qué es lo que más les gustó.

Además de experiencia, “Jardín infantil” significó el mejor momento económico de Pizarrín. Desde que inició en el programa, en 1984, lo buscaron con mayor frecuencia para amenizar fiestas. Aunque no lo tiene del todo claro, asegura que Pizarrín ha animado más de 1,600 fiestas desde que inició su carrera. Sin embargo, la fiesta que le quedó muy marcada fue una despedida de soltera, en un diciembre de finales de los ochenta.

Aceptó porque ese mes había sido de vacas flacas y tenía deudas familiares que saldar. Contó chistes e hizo parodias. Lo cuestionaron sobre su desempeño sexual y lo obligaron a bailar. Asegura entre risas que satirizó cada uno de sus pasos, que todas las presentes disfrutaron de sus proezas como comediante. Después de ese diciembre, volvió a ser el Pizarrín para niños.

Tras dos horas de descanso, Pizarrín volvió a tomar el cuerpo de Carlos Sandoval. Desfiló por las calles de Suchitoto. Bailó, tiró dulces, se dejó fotografiar con otros niños y adultos. Hizo más divertido el inicio de las fiestas del pueblo.

Un día después, no habrá ningún rastro de Pizarrín en Suchitoto. Carlos está ahora sentado detrás de un escritorio en la Casa de la Cultura de Cojutepeque, donde es promotor cultural. Su tobillo izquierdo está más hinchado. Durante la caravana, se dio un doblón que empeoró su lesión. “Si voy a que me lo soben, voy a tener que dejar las presentaciones por un rato, pero Pizarrín tiene más trabajo”, dice.

Su esposa, Analeyda, ha cuidado que su tobillo no empeore. Le da antiinflamatorios y lo venda. “Es la mejor compañera que me ha podido dar Dios. Es mi complemento”, afirma. Le adjudica un don especial para economizar, una maternidad abnegada y una creatividad artística amplia.

La conoció en 1982, cuando apenas era una niña de 14 años en el circo Coreto, que estaba instalado en un predio polvoriento de Soyapango. Ella hacía gimnasia y, según él, era el objeto de deseo de la mayoría de trabajadores circenses. Pizarrín entonces tenía 27 años. En un principio, asegura haber decidido cortejarla para alejarla del resto. Pero terminó enamorándose. “Bien me hubieran metido preso por ella, pero yo la quise para formar una vida”, se justifica.

Analeyda, por su parte, dirá en unos días que Pizarrín le robó su primer beso en un apagón después de una función. Decidió irse con él aun en contra de su padre, el dueño del circo, y aceptó ser la madrastra de tres hijos que Pizarrín tuvo con una pareja anterior. Cuando hicieron los primeros espectáculos juntos, Pizarrín la presentó como su esposa. Analeyda recuerda que una religiosa le entregó una Biblia a Pizarrín y lo condenó por estar con una adolescente. A pesar de que recibieron muchas críticas por su relación, Analeyda no cedió. Tuvo su primera hija a los 16, fecha en la que también se casó por lo civil. A los 17 se casaron por la Iglesia católica y luego procrearon otros cuatro hijos.

“Carlos siempre ha sido un hombre muy respetuoso, atento y detallista. Es de los que resuelven los problemas hablando. Ha sido cariñoso con sus hijos y siempre ha tratado de guardar tiempo para ellos”, dirá luego de afrimar que no se arrepiente de haber dejado el circo para formar un hogar con Carlos. Ahora viven con sus tres últimos hijos en ese pedazo de Soyapango donde se dieron el primer beso. Ese predio baldío se convirtió en la residencial donde tienen su casa.

Dentro de dos años, cuando cumplan 30 de matrimonio, Carlos y Analeyda planean renovar sus votos nupciales. Esperan celebrarlo con uno de los viajes que realizan desde 2000. Carlos reconoce que las contrataciones de Pizarrín han sido afectadas desde su salida de la televisión. No tiene tanta demanda de presentaciones y sus clientes regatean más que antes. Por eso, y al igual que muchos otros artistas salvadoreños, lo que mantiene la economía de su familia a flote son las presentaciones que realiza en Estados Unidos.

“Ahorramos o hasta fiamos para los boletos de avión. Allá regalamos una presentación al consulado de El Salvador al que vamos y luego vienen las contrataciones de los espectadores”, asegura. Pizarrín ha viajado a diferentes estados, ha participado en caravanas, en obras de caridad y ha figurado en los medios de comunicación latinos de cada localidad. Algunos periódicos lo han nombrado como el Bozo –el irreverente y famoso payaso mexicano– de El Salvador, y siempre lo presentan como la tradición salvadoreña de la diversión infantil.

Cuando llega, organiza juegos tradicionales como chibolas y capirucho. También prepara intervenciones cómicas en las que hace recordar a los presentes lugares, comidas y tradiciones de la cultura salvadoreña. “Después de eso surgen la contrataciones”, agrega.

Carlos tiene un manojo de cartas de agradecimiento. Le han sido entregadas por los representantes de diferentes consulados de El Salvador, entre los que destacan los establecidos en Boston, Maryland, Las Vegas y Nueva York. En esos viajes ha encontrado salvadoreños interesados en mandar ayudas. Carlos se compromete a canalizarlas. Así, llega a los lugares solicitados por los compatriotas benefactores. Luego dice que remite facturas y fotografías para comprobar que ha entregado la ayuda que se comprometió hacer llegar. Pizarrín es un embajador de la risa.

A Pizarrín no le gustan los políticos. “Es que esos hijos de p... solo para güeviar son buenos. Apoyan al que les dé más”, dice en referencia de los mismos funcionarios que le entregaron la condecoración de Distinguido Artista de El Salvador.

A propósito, Pizarrín ríe cuando recuerda el discurso de aceptación del reconocimiento en medio de la protocolaria Asamblea Legislativa. Dice que aprovechó para decirles sus “verdades”. Con sutileza les llamó payasos, desatentos de su trabajo e hijos de… “la patria”.

—Ese discurso sale del mal pensar, del mal sentir de la población salvadoreña. Estamos ávidos de que (los políticos) trabajen para el país, no para un grupo, no para una cúpula, no para un color.

Asegura que a Sigfrido Ochoa Pérez –el diputado que hace pocas semanas fue expulsado del partido ARENA– le dejó claro lo anterior: “No le digo mi coronel, porque yo no lo he comprado”. También recuerda que Edwin Zamora –diputado de ARENA– lo buscó y le agradeció el discurso. “Quiero felicitarte por la puteada que nos has dado, la merecemos y nadie se había atrevido a decírnoslo en la cara”, asegura que le dijo.

A Pizarrín le molesta que la Asamblea Legislativa sea comparada con un circo. Alega que los artistas circenses alegran y procuran la diversión familiar, y que, en cambio, los diputados que integran el poder legislativo suelen brindar todo tipo de sinsabores. Esa es la razón por la que le interesaría aspirar a algún cargo político. “Primero quiero tener bien presente lo que quiero hacer, algo que de verdad haga crecer al país”, enfatiza.

Después de medio día de trabajo en oficina, Carlos está por darle paso a Pizarrín. Tiene una presentación en Osatlán, Usulután. Se sienta frente a una mesa plástica. Saca de un cofre pequeño y rosado las pinturas con las que se maquillará. Se pone una camisa blanca, y sus pantalones cortos y chaleco azules. Empieza a darle color a su cara redonda, a la vez que regurgita más recuerdos.

Destaca que su risa la copió de una mujer regordeta que llegó a ver uno de sus primeros espectáculos. También menciona que tras la muerte de Prontito, él y Chirajito bromeaban con el siguiente en la lista de la muerte, hasta que su compañero de payasadas se fue con ella. Y asegura que el mismo público le recuerda que “ya solo Pizarrín falta”. A pesar de ser el menor de los personajes, ya está acercándose a los 60 y dice que no le tiene miedo a la muerte.

Pizarrín juraría que está preparado para enfrentarla. Ha dicho que quiere que lo entierren desnudo, así como vino al mundo. No quiere pintura en su rostro, y no le molestaría que los asistentes a su funeral beban o jueguen cartas. Quiere que durante la vela y el entierro solo suene música de Dios. Más que lloriqueos, quisiera que alguien se atreviera a darle un “¿Ya se va, papito? Salú, pues”.