Reventé morteros, tiré silbadores a través de tubos de PVC, se los tiré a mis vecinos, busqué cohetes no reventados y los tomé con las manos. Muchos de ellos fueron raspados en el cemento y luego su pólvora fue incendiada ante mis ojos impresionados, pero pese a mi irresponsabilidad nunca me quemé. De hecho no recuerdo que nadie cercano a mí se haya lastimado severamente con la pólvora.

Cuando lo pienso, supongo que los de mis tiempos eran cohetes menos sofisticados que los actuales. Pero también tengo muy presente que nunca estaba sola para reventar los morteritos y las estrellitas.

Si soy honesta no lo disfrutaba demasiado, me daba un poco de angustia el sonido estremecedor que cada uno hacía. Pero todo mundo lo hacía y no podías quedarte afuera.

Además de la sofisticación actual, veo en el pasado que siempre había un adulto supervisando nuestro quehacer y que las metralletas y los morteros grandes, los chespiritos y los volcancitos eran encendidos por uno de los hombres de la familia.

Cuando crecí las cosas no cambiaron mucho, salvo porque tuve permiso de manipular pólvora más compleja.

Las cosas han cambiado mucho ahora. La pólvora ya no me parece un juego de niños, menos cuando veo las imágenes de pequeños que han perdido uno, dos, tres de sus dedos por alguna explosión.

Casi siempre lo primero que pienso es en qué clase de artefacto estaba manipulando para que el daño fuera tan atroz y pienso también dónde estaban sus padres; 32 es la cifra oficial de quemados por pólvora durante esta temporada de 2012. En el período similar de 2011 había 15 víctimas menos.

Algo no estamos haciendo bien, sobre todo porque las lesiones también parecen ser más agudas.

La primera entidad responsable de que estos accidentes no pasen es la familia y parece estar fallando. Dicho eso, es necesario establecer un control eficaz para que estos casos dejen de crecer sin ninguna clase de control.

Ya hace algunos años hubo un intento para minimizar el impacto, prohibiendo la producción y distribución de varios tipos de artefactos que eran potencialmente peligrosos, sobre todo para los niños. Sin embargo, la medida no ha logrado reducir los accidentes. Los daños que un menor puede sufrir por un cohete son impresionantes. No solo implica un terrible dolor y una igualmente dolorosa recuperación, sino que puede significar que el accidente lo marque de por vida y lo inhabilite de alguna de sus funciones.

Necesitamos padres de familia más responsables para con sus hijos y la manipulación de pólvora. La mezcla de irresponsabilidad, alcohol y pólvora es terrible pero constante.

Particularmente creo que el sonido ensordecedor de los cohetes no le hace bien a la psiquis de nadie y menos de un niño. Pero también creo que antes de promover la prohibición total de la pólvora sería necesario establecer programas de apoyo y capacitación para los productores y vendedores de este material. De modo que no se queden en el aire dentro de su propia red de supervivencia.

Tras eso, el Gobierno, los diputados y todos los involucrados deberían evaluar de una manera consciente la posibilidad de prohibir la pólvora o limitar, aún más, los productos que se comercializan, en aras de reducir los accidentes.

Creo que tenemos suficientes problemas de Salud, Educación, Seguridad, como para comprar más cada año.