Una democracia madura se fundamenta en ciudadanos activos y partidos sanos y fuertes, pero actualmente se tiene en tal desprestigio estos campos tan nobles, que se piensa que “la política es sucia” y “que los negocios son de los vivos”, pero ambas afirmaciones son falsas. Lo que hay son muchas noticias de pocos empresarios y políticos malos que deshonran la economía de libre mercado y la acción política. Si los ciudadanos normales y corrientes no se meten a ser políticos y voluntariado gremial, le dejarán el campo libre a los que viven de la política (clientelismo), a los mediocres, o a los populistas. Hay mucha gente buena trabajando ya, pero no son novedad.

Pienso que hay que animar a que más ciudadanos y empresarios (pequeños, medianos y grandes) se vuelvan agentes de cambio a favor del BIEN COMÚN, para que cuando se les llame a colaborar y participar en puesto de autoridad se entusiasmen a hacerlo desde la transparencia y los valores éticos.

Ser ciudadano activo requiere de fortaleza, definida esta como la virtud que predispone para hacer lo que es bueno a pesar de cualquier dificultad. Para ser fuertes necesitamos salvar barreras y superar miedos. Barreras como un exagerado deseo de ser aceptado, de pertenecer, de ser “uno más” de la mayoría. Muros como un temor incomprensible al “qué dirán” o la opinión pública. Ser fuertes implica vencer el temor a ser criticados o a ser menospreciados, o lo peor de todo, a ser ridiculizados.

Sabemos que hay cientos de héroes anónimos trabajando con miras altas desde las entrañas de la sociedad por lograr un mejor país. En ellos admiramos el temple para arriesgar su nombre, perder clientes en su empresa y ser criticado por tomar decisiones de dirigir una gremial, una organización, una cooperativa o un partido político de forma respetuosa. Tratan de aprender y ejercer un liderazgo basado en la confianza en quienes les rodean, porque “dirigir personas es el arte de las artes, ya que se dedica a organizar el talento” (J.J. Servan Shreiber).

Recuperemos el optimismo realista, sabiendo ser pacientes y perseverantes en conseguir objetivos claros y concretos para el largo plazo. Según Beatriz Muñoz-Seca Fernández (autora de “La calidad ha muerto, viva la calidad”), hay cuatro pequeños aspectos que hacen posible grandes cambios en el entorno: “1. Formar una metodología y control Estadístico de Procesos (CEP), que permita optimizar esfuerzos al centrarse en las pocas cuestiones que generan la mayor parte de los resultados. 2. Trabaje en equipo. Este sistema enriquece el cuestionamiento de las cosas. 3. Involucre a los mandos intermedios. Siguiendo el modelo japonés, su papel debería ser el de enseñar a mejorar, no el de mandar. 4. Ataque la calidad dentro de un enfoque integral. Para ello hay que conseguir que los directivos transmitan claridad de ideas y apoyen a sus dando ejemplo”. Recordemos: El temple de una persona se mide por los problemas que le toca enfrentar y cómo los resuelve.