“Sentí confianza. Esperaba que sucediera alguna novedad, pero no la hubo.”
David Munguía Payés
ministro de Justicia y Seguridad Pública
Se vistió con un pantalón de lona, una camisa celeste de mangas cortas, gafas oscuras y salió del despacho de prisa. El reloj con piezas de oro que llevaba en su muñeca derecha marcaba las 10:30 de la mañana. Su plan era estar a las 11 de la mañana frente a la fachada de un centro comercial de Soyapango. Antes de salir, David Munguía Payés, ministro de Justicia y Seguridad, explicó que viajaría de incógnito en bus hacia Soyapango. Su idea, según dijo, era comprobar el plan de seguridad en los buses que realizan militares y policías encubiertos. “Por eso llevo el Rólex para ver si alguien se anima”, agregó.
La camioneta negra en que suele transportarse lo esperaba en el parqueo del ministerio. El viaje estaba programado para que el funcionario llegara hasta la terminal de oriente en el vehículo y luego abordara el bus. Antes de subir a la camioneta, el ministro dio órdenes al personal para asegurarse de que nadie estropeara su plan de pasar de incógnito. “No vamos a llegar con el vehículo hasta la parada de buses. Busquemos un lugar separado, nos bajamos y luego caminamos. Tampoco vamos a ir todos juntos”, les dijo Munguía Payés.
Tres de sus guardaespaldas viajaban vestidos de civil dentro de dos vehículos que custodiaron el viaje del ministro en la alameda Juan Pablo II. Dentro de la camioneta, Munguía Payés quiso asegurarse de que podía pasar inadvertido ante los pasajeros del bus que escogería al azar. “¿Alguien tiene un par de lentes oscuros, de esos que trajeron aquellos de Irak?”, preguntó. El conductor hizo una llamada y arregló el asunto.
Diez minutos después, la camioneta rodeó, por órdenes del ministro, una gasolinera que se ubica cerca de la pasarela de la terminal de oriente. En ese sitio, el ministro bajó del carro, se puso las nuevas gafas sobre las que llevaba y caminó hasta la parada de buses con una moneda de $0.25 en la mano derecha.
La seguridad estaba cerca. Los tres guardias encubiertos caminaban a unos metros de él; el resto, a bordo de los vehículos polarizados, se estacionaron en las inmediaciones.
Munguía Payés abordó un bus de la ruta 29-F, pagó su pasaje y se sentó cerca de la salida. Los agentes encubiertos y un colaborador personal se dispersaron en el bus. Nadie pareció reconocerlo, pero una mujer notó algo inusual: “Cuánto hombre se subió en esta parada, me huele mal”, le dijo con desconfianza a un joven que viajaba junto a ella.
Un indigente que aseguró tener cualidades de solista cantaba en el centro del bus, mientras el ministro cruzaba un par de palabras con una joven que viajaba a su lado.
Antes de llegar al centro comercial, uno de los encubiertos alertó por celular a la seguridad que lo esperaba en Soyapango. Ahí, un ejército de camarógrafos quería hacer la toma de Munguía Payés bajando de la unidad. “Sentí un poco de confianza en la gente. Esperaba que sucediera alguna novedad, pero no la hubo”, dijo el ministro frente a las cámaras de televisión.