La misma naturaleza de nuestra amplia comunidad nacional en el exterior viene haciendo cada vez más imperioso el hacer posible que nuestros compatriotas que viven y trabajan fuera de nuestros límites geográficos ejerzan su legítimo derecho a elegir autoridades en el país. Esto no es, pues, ni casual como demanda ni opcional para el sistema; se trata de normalizar una situación que se hace cada vez más notoria: que nuestra comunidad ciudadana, y por consiguiente nuestro electorado, ya no tienen barreras territoriales. Estamos en un mundo cada vez más abierto, y los salvadoreños somos expresión de esa presencia sin fronteras.

Las voces que demandan que haya una inequívoca definición tanto jurídica como administrativa al respecto vienen de los connacionales que están fuera así como de distintas entidades de dentro del país. Se trata, sin duda, de un reclamo íntimamente vinculado con la evolución misma de nuestra realidad y del proceso democrático que en ella se desenvuelve. Esto es parte de un ejercicio de voluntad ciudadana creciente, y que como tal expresa el sentir de amplios sectores nacionales, en el propósito de hacer que el Estado de Ciudadanía se articule debidamente con el Estado de Derecho. Es un signo más de la evolución que venimos experimentando, como sociedad y como institucionalidad, en el curso de la posguerra.

Los compatriotas organizados están urgiendo a la Asamblea Legislativa a que se pronuncie de inmediato en este punto que viene siendo postergado como tantos otros temas de palpitante interés nacional. Sin embargo, en el seno del cuerpo legislativo no se han disipado las reservas para lograr la aprobación necesaria, por razones de costo financiero y de seguridad del mecanismo de voto. En realidad, todo hace pensar que más que razones de esa índole lo que hay son angustias y recelos partidarios que se agudizan por la cercanía de los próximos comicios presidenciales, en los cuales nadie tiene nada seguro sobre los resultados. La implementación del voto en el exterior es compleja, y hay que cuidar todos los aspectos para que el esquema funcione satisfactoriamente desde el principio.

Si eso se logra, como es lo esperable, el sistema saldría beneficiado, porque la voluntad resultante de los comicios representaría, aunque fuera en un comienzo de forma más bien simbólica, lo que piensa y lo que siente la universalidad de la ciudadanía salvadoreña. Y eso, que nunca se ha dado en el curso de la posguerra, vendría a potenciar la solidez institucional que en tantos sentidos estamos necesitando para que la democracia vaya en incremento, como expresión expansiva de real convivencia nacional.

El aporte al país de los salvadoreños en el exterior es múltiple. En lo económico, lo que dicho aporte representa en lo que se refiere a mantener a flote nuestra economía nacional es decisivo. Es hora de que tal participación activa tenga expresión ciudadana plena. Tanto para los que estamos aquí como para los que están allá, el país es un imán de destino, de distintas formas pero con significación compartible.

Diversos acontecimientos recientes en los planos políticos y jurídicos ponen de manifiesto que la ciudadanía está cada vez más consciente de su papel y de su responsabilidad en el ejercicio de la democracia. El voto en el exterior vendría a ser otro endoso de dicha tendencia.