El presidente Obama obtuvo la victoria a través de una campaña populista decididamente centrada en el incremento de impuestos a los ricos hasta los niveles que existieron en la era Clinton, haciendo énfasis también en las intervenciones dirigidas por el Gobierno para salvar el sistema financiero y la industria automotriz.

A pesar de las predicciones de una carrera reñida y las preocupaciones acerca de ganar de nuevo en Ohio y Florida, el mapa del Colegio Electoral parecía inquietantemente similar a las últimas elecciones generales. Solo dos estados que apoyaron al presidente Obama en 2008 pasaron a la columna republicana en 2012 –Indiana y Carolina del Norte– y Obama ganó el voto popular por segunda vez.

La victoria de Obama no será el comienzo de una nueva era progresista en la política norteamericana, pero su triunfo demuestra que los estadounidenses prefieren en gran medida una visión moderada para el futuro más que una cruzada anti-gobierno como la del Partido Republicano.

Además de Obama, el otro gran ganador de las elecciones de aquel martes fue el líder de la mayoría de la Cámara de Representantes, John Boehner. Boehner es un moderado de corazón, quien fue rechazado por los freshmen del Tea Party cuando trató de llegar a un Gran Acuerdo sobre la reforma que permitiría la reducción del déficit durante el año 2011 bajo el presidente Obama.

Los resultados de las elecciones pasadas fueron sin duda un golpe decisivo a la ideología del Tea Party y deben proveer al señor Boehner la flexibilidad necesaria para finalmente llegar a la mesa de negociaciones.

El reto del presidente Obama y de Boehner será el de lograr un acuerdo que evite el “precipicio fiscal” de recortes de gastos y aumentos de impuestos establecido para enero de 2013. Ambos tienen ahora una obligación con el pueblo estadounidense para presentar una solución equilibrada que incluya nuevos ingresos fiscales (principalmente provenientes de los ricos), recortes de gastos y un enfoque responsable de la reforma de nuestro sistema de derechos –el Seguro Social, Medicare y Medicaid– sin caer en una “trampa de austeridad” como muchas naciones europeas.

Un Gran Acuerdo representaría un cambio para la política estadounidense que pondría a nuestra economía y a la red de seguridad social sobre una base sólida para las futuras generaciones. Con un plumazo estos dos hombres tienen la oportunidad de revitalizar la confianza de los inversionistas y demostrar al mundo que los últimos cuatro años de mal funcionamiento y disputas –simbolizados por la debacle de la Debt Ceiling de 2011– quedaron atrás.

Lo más importante es un Gran Acuerdo capaz de probar que nuestros políticos pueden coincidir y estar juntos para el beneficio de nuestro país, en lugar de participar en una guerra partidaria contraproducente.

Con esta elección presidencial, las posibilidades anteriores están más cerca de convertirse en realidad, y el futuro de Estados Unidos se vislumbra más esperanzador de lo que había sido durante los últimos años.