Desafortunadamente, en nuestro país esa ha sido, tradicionalmente, la actitud imperante, y tal hecho deformador no se ha dado porque sí: la falta de una dinámica educadora y ordenadora del poder está en la base de esa viciosa tendencia a hacer lo que les conviene al poder y al poderoso en un momento determinado, dejando lo que no les conviene en el limbo de lo desatendido, disimulado u olvidado. Esta es otra de las consecuencias nocivas de no haberle apostado, desde temprano en nuestra vida republicana, a un ejercicio de democratización real, que pusiera los contrapesos y balances tan necesarios para una saludable vivencia colectiva.

Llegó la opción democrática a hacerse inevitable, allá a comienzos de los años 80 del pasado siglo, y no nos cansaremos de repetir que dicha opción se tomó por necesidad, no por convicción. Tener presente este sello de origen nos permite entender muchas de las veleidades, resistencias y estratagemas que nos han venido apareciendo en el curso de la ruta, durante los ya más de 30 años transcurridos. Hay que reconocer y destacar, entonces, que muy buena parte de nuestra problemática actual es hija del descuido crónico, de la improvisación tozuda y de la insensibilidad recurrente. Lo que se impone, entonces, como función nacional de urgencia inmediata es replantearnos, todos, la forma de ver el país, los métodos para diagnosticarlo y las vías para ir haciendo realidad los esfuerzos evolutivos que el proceso mismo nos va trayendo en su transcurso.

En las administraciones gubernamentales más recientes, el tema de “lo social” vino cobrando relieve. Esto es un signo de que nos movemos hacia los terrenos en que las tareas por hacer ya no son ocultables. Pero la clave no está en sacar a luz cuestiones para airearlas con propósitos políticos, sino en asumir la responsabilidad de llegar a las entrañas de los problemas para, desde ahí, trabajar en serio en los tratamientos adecuados y en las soluciones factibles. “Lo social” es un entramado de cuestiones palpitantes, que arrancan del abandono sistemático en que ha estado el destino individual dentro de nuestras prácticas como comunidad nacional. En palabras más sencillas: la suerte del ser humano concreto, con nombre y apellido, nunca ha merecido el reconocimiento y la atención que se merece, y por eso ahora estamos como estamos.

La tarea de humanización en todos los órdenes es vital para que el país salga de veras hacia adelante. Hay que humanizar la familia, el Estado, las organizaciones sociales, el sistema educativo, las prácticas económicas, el comportamiento de la ciudadanía. Los efectos de la deshumanización persistente se nos vienen como un bumerán imparable. Es lo que pasa, a nivel global, con los fenómenos climáticos: la desatención y el abuso indiscriminados han hecho que la Naturaleza nos devuelva el guante, y a qué costo.

En El Salvador, ninguna política podrá ser efectiva de veras si no se parte de esa humanización integral que no puede hacerse, desde luego, por decreto, sino que tiene que concretarse en una nueva filosofía de país, en la que el ser humano se halle en el centro, irradiando hacia todo lo demás.

Temas específicos como la educación y la seguridad requieren justamente de ese componente humanista, no en las declaraciones sino en las formas de abordaje. La educación nacional viene dando tumbos desde hace décadas. Las llamadas Reformas Educativas se han quedado en el camino, por falta de creatividad integral. Ninguna reforma de ese tipo se sostiene si no toma en cuenta las condiciones de vida en que habrá de funcionar. Y en cuanto al tema de la seguridad, parece que se empieza a atisbar un principio de renovación de los enfoques, con lo que está pasando en la cuestión específica de las pandillas. Es la realidad haciendo su labor esclarecedora, dificultosa y erizada. Y ya que no hemos querido atender a tiempo las señales de la realidad, esta nos las devuelve convertidas en reclamos inapelables.

Por supuesto que también hay un montón de tareas más puntuales que están ahí, aguardando turno. El ordenamiento territorial efectivo y verificable es una de ellas. La efectividad inequívoca de los mecanismos de transparencia, sobre todo en los distintos ámbitos públicos, es otra. La reforma política, que comienza por una regulación legal suficiente y eficaz de los partidos políticos, se suma a la lista. Y así podríamos seguir en la enumeración al menudeo. Pero lo que en esencia quisiéramos dejar señalado es que este proceso de modernización democratizadora en el que nos hallamos venturosamente inmersos no puede ser despachado con medidas de ocasión, por lucidoras que parezcan.

Lo que se necesita es replanteamiento de fondo en relación con la problemática nacional en su conjunto, para, a partir de ahí, hacer visible la obra del futuro.