A los jóvenes hay que abrirles nuevos espacios políticos. Pero no usarlos como preservativo de sabores. No creamos aquello que en el reino de las intrigas, en el reino del poder, el castrado es rey. El castrado siempre será tal.
El rito verbal de mi amigo no llegaba más allá de un regaño hacia su propia generación. Rezongaba porque en el país no hay un solo líder político importante, de primera línea, de menos de cuarenta años.

Me dio algunos nombres de personajes, jóvenes, que, a su criterio, se oxidaron o se desinflaron como globos salpicados por un alfiler.

Le di la razón con algunos nombres. Le dije que a algunos jóvenes que conocía los silenció su propia boca. Otros no entendieron que el papel que les dieron sus veteranos mentores eran trampas de fe que los hundirían en ciénagas.

Como mi amigo insistía en el tema, le conté de casos de jóvenes, a mi juicio muy valiosos, quienes mostraban una enorme energía para redireccionar la historia. Al final solo fueron usados por sus falsos líderes para sacarle dinero a terceros. Sus manipuladores vendieron las falsas ideas para cambiar el país que jamás tuvieron, y usaron a jóvenes talentosos, para hacer creer que movilizaban más gente que Messi en un partido de fútbol, o más pensamiento puro que Einstein.

El problema, en el fondo, no es solo que los liderazgos políticos salvadoreños se están envejeciendo. El problema no es tampoco que gente que pasa de los sesenta años no quiera abrir espacios a nuevas ideas y acciones.

El problema mayor es que las relaciones entre los viejos caudillos con los nuevos liderazgos no han sido prudentes: los viejos han sabido vivir con el otro, han sabido vivir sin el otro pero no con el otro.

De muchas maneras, los viejos políticos que dominan los partidos políticos (adobados ahora con candidatos presidenciales de casi sesenta años) no quieren apartarse de las viejas ideas para arreglar los viejos problemas. No muestran una pizca para entender que los viejos problemas necesitan ideas, interpretaciones y soluciones nuevas.

Tampoco los viejos cacicazgos quieren entender –al menos eso creo yo– que las ideas se estudian a través de la historia. No es la historia la que se estudia a través de las ideas.

La historia debe interpretarse diferente. Los jóvenes saben hacerlo. Ellos saben que, modernamente, hay que temer más a nuestros propios errores que a los planes de quienes creíamos, y teníamos, como enemigos.

Ahora hay que reinterpretar todo. Ahora tenemos hasta una izquierda empresarial. Antes no la teníamos. Y no creo que eso sea malo para un país que, cada hora, se juega el pellejo para alejarse del hambre. Quizá la izquierda se dio cuenta de que necesitaba menos predicadores y más ingenieros sociales. Talvez eso contribuya para que la izquierda salga de su antigua fortaleza ideológica.

Es cierto: esa izquierda empresarial lo han creado los viejos líderes que hicieron la guerra. Pero, entonces, los liderazgos jóvenes deben saber si el capitalismo siempre suena a neoliberal y lo neoliberal a demoniaco o si aquí hemos inventado un nuevo capitalismo con el dinero de Hugo Chávez.

El padrón salvadoreño heredará, este año, 400 mil nuevos y jóvenes votantes. Mi amigo tiene razón: el problema es que no hay, entre ellos, un solo líder que apenas sobrepase los treinta años. Churchill o Roosevelt marcaron generaciones enteras, aun viejos. Pero eso ocurrió en otra época. Churchill jamás envió un correo electrónico y Roosevelt nunca miró una fotografía de Marte.

A los jóvenes hay que abrirles nuevos espacios políticos. Pero no usarlos como preservativo de sabores. No creamos aquello que en el reino de las intrigas, en el reino del poder, el castrado es rey. El castrado siempre será tal. Si no admitimos eso como tal, los perdedores seremos todos.