Ese es el término que utilizó Rahm Emanuel –exrepresentante de Estados Unidos, jefe de personal de la Casa Blanca y ahora, alcalde de Chicago– para describir el tema de la inmigración.

El presidente George W. Bush inició en septiembre de 2001 las actuales conversaciones tendientes a arreglar las arcanas leyes de inmigración del país.

En los últimos 10 o 12 años, la reforma migratoria ha figurado tan abajo en la lista de prioridades del Congreso que casi quedó fuera de ella. El Congreso volvió a examinar el asunto en 2006 y 2007, pero el líder demócrata Harry Reid causó el fracaso del debate.

Ahora el presidente Obama y una coalición formada por legisladores de ambos partidos y ambas cámaras parecen tener una prisa enorme por aprobar la reforma migratoria.

El representante Luis Gutiérrez, demócrata por Illinois, expresó a Soledad O'Brien, de CNN, que espera que la legislación se apruebe para el Día del Trabajo. Así pues, tras evitar el asunto durante más de una década, los legisladores quieren llegar a un acuerdo en solo unos meses. Los grupos que abogan por la reforma se están movilizando a fin de juntar apoyo para un plan del Senado que parece prometedor.

Como todo buen acuerdo, fue atacado inmediatamente por la extrema derecha por ir demasiado lejos y por la extrema izquierda por no ir demasiado lejos. Propuesto por un grupo de ocho senadores de ambos partidos, el plan modificaría el actual sistema con cuatro medidas: crearía un camino hacia la ciudadanía para los inmigrantes ilegales; haría más eficiente el proceso de inmigración legal, con énfasis en la retención de los inmigrantes altamente especializados; incrementaría las restricciones y castigos para los empleadores, a fin de impedir la contratación de inmigrantes ilegales; y lanzaría un programa de trabajadores temporales invitados.

En la Cámara, otro grupo de legisladores de ambos partidos –entre los que se encuentra el representante Paul Ryan, republicano por Wisconsin– está trabajando en una legislación similar.

En un discurso del martes en Las Vegas, Obama elogió el plan del Senado. Aún así, se dice que su deseo es que el camino a la ciudadanía sea más rápido y fácil.

Los republicanos no se avendrán a ese camino rápido porque su resultado sería que más gente obtuviera la ciudadanía y no tienen interés alguno en registrar electores para el otro bando.

Aún así, el juego ha cambiado totalmente. ¿Seguro? Como dije antes, algo no huele bien.

La narrativa aceptada es que ambos partidos repentinamente decidieron abocarse a este asunto para cortejar a los electores latinos, que apoyan la reforma migratoria integral.

Tonterías. Los demócratas no tienen nada que perder y los republicanos tienen poco que ganar.

Obama no le debe nada a los latinos. En su primer periodo, su gobierno deportó más de 1.5 millones de personas –en su mayoría, latinos– y los electores latinos aún ayudaron a reelegirlo con el 71 por ciento de sus votos. Se nos conforma fácilmente.

Pero este quizás no sea un juego nuevo, después de todo. Podría ser el juego de siempre, en el que ambos partidos cumplen con todas las formalidades y no llegan a nada. Pero se les reconoce el mérito de haberlo intentado.

El juego es el siguiente: Pedir la luna y las estrellas. El otro campo objeta. El acuerdo se derrumba. Bueno, tratamos. Nos vemos dentro de 10 años. De esta manera se evita antagonizar a la parte del electorado que no quiere una reforma migratoria y se puede explicar a los electores que sí quieren la reforma que la culpa fue del otro bando y por eso no se logró nada.

¿Por qué soy tan escéptico? Por experiencia. Ninguno de los dos partidos ha actuado de buena fe en esta cuestión durante más de una década. ¿Por qué empezar ahora?

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© 2013, The Washington Post Writers Group