Ahora creo que estamos volviendo a vicios de los viejos tiempos. Las lenguas y las voces deben ser libres, pero no irresponsables. Ese tipo de nuevo destape en el que estamos no me gusta. Es facineroso, castigador del buen periodismo, ofensivo, provocador y atolero.
Eso sí: si lo que medió entre su alejamiento de ARENA y la voluntad personal fue el dinero, los cuatro deberían ir a prisión. La política hay que limpiarla. Hay que lavarla con un buen detergente social.

Al corrupto y al corruptor debemos llevarlos a la cárcel, a empellones, y aplicarles una buena sanción.

Pero hay algo que no me gusta en todo esto: el papel desprendido y tan alejado del buen método de algunos medios de comunicación.

Que diputados de ARENA salieran a gritar, con todo lo que tenían en el galillo, que a los cuatro diputados disidentes los compraron es un hecho que registró correctamente el periodismo. De eso no me quejo. Eso sí: los periodistas debieron preguntar con insistencia si esas voces tenían pruebas de los sobornos.

Pero después de eso, los medios de comunicación debieron hacer un esfuerzo supremo, con todo lo que les exigía el buen método periodístico y la mayor dosis de ética, para probar si los sobornos se dieron o no. Si no consiguen probar esos sobornos, el periodismo debió decirlo y reconocerlo. Incluso pudo hasta advertir que no abandonará las investigaciones por la salud pública.

Puede y debe el periodismo hacer algo más: tomar la gravedad de la denuncia y pedirle, por ejemplo, a la Fiscalía General de la República que actúe en ese caso. Editorialmente debe exigirle a los partidos políticos que denuncien los sobornos ante esa fiscalía acompañadas, al menos, las posiciones de meros indicios.

Muchas veces a los periodistas se nos va la mano. Y eso no me gusta. Sobre todo cuando el hábito se convierte en tendencia. Y entonces muchos, incluso personas que respeto, lanzan, usando a los medios, acusaciones tan graves y ligeras que violan la honra de las personas.

Quizá esas personas no entienden que el periodismo no es instrumento para que los políticos vacíen su vejiga y se conviertan, algunos de ellos, en delincuentes verbales.

Aquí se ha peleado para que el ejercicio del periodismo se despenalice, pero nadie ha luchado para que se tenga una licencia para matarle el honor a cualquiera, para darle muerte civil a quien estorbe.

Hace unos 18 años, poco después de firmada la guerra civil, muchos personajes se sentaban en un estudio de televisión y gritaban que fulano de tal se había robado $200 millones que poseía en cuentas en India. Cuando le preguntaban por las pruebas, decía que no era su problema encontrarlas. Le endosaba esa exigencia a la Fiscalía General de la República. Yo escuchaba aquella voz horrorizado, sobre todo porque venía de un país donde ese tipo de afirmaciones habría provocado 1,000 demandas por dañar el honor ajeno.

Ahora creo que estamos volviendo a vicios de los viejos tiempos. Las lenguas y las voces deben ser libres, pero no irresponsables. Ese tipo de nuevo destape en el que estamos no me gusta. Es facineroso, castigador del buen periodismo, ofensivo, provocador y atolero.

Hagamos buen periodismo. Reproducir frases castigadoras y hasta punibles no es asunto de cobardes o valientes. Siempre debe ser un asunto del mejor juicio crítico, de saber que el arma que tenemos en el micrófono, en la cámara, en la computadora, está atada a la ley y al mejor desempeño ético.

A mí me pueden acusar de cualquier cosa, pude haberme equivocado en muchas cosas, pero jamás le atribuí una conducta socialmente desprendida a alguien sin tener pruebas. Mis mayores enemigos lo saben.

El periodismo no nació para linchar a nadie. Tampoco para aplaudir, como en plaza de torero, que a alguien le corten las orejas sin pruebas. La distancia en el periodismo entre la valentía y la cobardía no se puede medir jamás con el manoseo que hagamos de la verdad. Se es valiente cuando se dice lo que otros callan con un buen inventario de pruebas y un lustrado uso de la ética. Se es cobarde cuando se repite lo que otros quieren decir, escoltados por la venganza, las malas pasiones y el poder que nos rodea, la debilidad del personaje escaldado.