Sé que hace tres años quiso ocupar su puesto actual. No lo logró. Antes de eso, pidió un empujón para ser magistrado de la Corte Suprema de Justicia, aunque sin éxito. Diría que siempre llegó a finalista y eso es, por sí mismo, un mérito del nuevo fiscal.

Luis Antonio Martínez llegó a ser fiscal general después de casi tres meses de nebulosos encuentros políticos de radioteatro. Como siempre ocurre aquí con ese tipo de nombramientos, cuando hay choque de trenes entre ARENA y el FMLN, siempre el ungido con aceites saudíes es un tercero. Los otros acaban con la ropa hecha jirones y hasta satanizados.

Las probabilidades de que el nombre de Martínez surgiera de un entendimiento cumbre entre Alfredo Cristiani y José Luis Merino (eso dejó a los partidos pequeños mirando hacia el ciprés navideño) son altísimas. Eso, sin embargo, no es pecado ni manantial de mitologías y chambres.

Yo no creo, no obstante, que el nuevo funcionario pueda ganar la guerra contra la violencia. Puede ser una figura clave para ganar batallas (eso no puede hacerlo solo), pero no la guerra. Si el nuevo fiscal dice que ganará la guerra, tendremos que meterlo en un sanatorio.

Si pretendemos exigirle al fiscal que gane la guerra, al pobre abogado lo estaremos quemando en la hoguera, a lo Juana de Arco, dentro de tres meses.

Este fiscal debe ser sensato. La gente le exigirá más de lo que puede conseguir. Muchos querrán que mande a la cárcel a los corruptos. Otros dirán que acabe con la galería de los peores delincuentes. Sobran quienes piensan que debe salir a decirle al país entero que no renunciará a ejercer la acción penal en los pretendidos “santuarios” de pandillas. En fin, trabajo le sobrará al nuevo fiscal.

La sensatez y el sentido común debe ser comida diaria para él. El mayor problema que tendrá es que, hacia donde volvamos la cara, encontramos toda clase de atroces violaciones a derechos y figuras penales.

Ese fiscal llega a su puesto en un momento en que se le coloca el rótulo de arenero, mientras un obispo y un exguerrillero se dan durísimo en la calle para mantener un pacto que, a trocha y mocha, nos muestra resultados inéditos que nada tienen que ver con aplicación dura de las sanciones penales.

El secreto posiblemente pasará por el hecho de que el fiscal se siente con el ministro de Seguridad y que ambos guarden los martillos y puñales políticos, si es que realmente los tienen.

Este fiscal tendrá que ser, además, muy mediático. Eso no significa que debe ser esclavo del periodismo o del periodista. El problema es que si dentro de seis meses el fiscal poco o nada hace contra la violencia o el crimen organizado, y si no le demuestra al país lo que logra, pronto empezarán las voces a decir que salió como cohete soplado. En algún momento tendrá que pensar como un gobernante: si lo que hago no aparece en los medios, mis obras simplemente no existen. Así de dura es la realidad en una democracia donde lo que coexisten son las verdades, aunque sean contradictorias.

Honestamente, yo no quisiera estar en el pellejo del fiscal. El Faro querrá que echen a la cárcel a los del cartel de Texis. Otros diarios pedirán que se active el poder coercitivo del Estado en los casos que cada uno de ellos han denunciado. Unos querrán políticos en la cárcel. Otros sospecharán hasta de las monjas. En fin, habrá tantos retos juntos que tendrá que convertir la psiquiatría en una rama del estudio de los fiscales. Y tendrán que empezar por examinar el dolor humano y el susto. Por ahí empieza la cosa. Termina, como en la biblia, con el apocalipsis.

Estoy convencido de que a este fiscal, como a todos sus predecesores, lo que le toca y les ha tocado es perseguir a quienes no logran entenderse y están obligados a vivir juntos. Cuando los hombres cohabitan sin entenderse, se hacen daño y terminan destruyéndose. Esa es, en el fondo, la mejor explicación de la violencia. Al fiscal le corresponde perseguir a quienes se destruyen. A otros nos corresponde contribuir para que los seres humanos nos entendamos.