Porque no se puede llamar tal a la casi única medida aplicada al efecto por las autoridades: los a la vez inocentes y molestos retenes, que si bien dan buenos resultados al atrapar, así sea esporádica y momentáneamente, a choferes borrachos, o ilegales del transporte, por casualidad delincuentes, no sirven ni de lejos a prevenir y reprimir los peligros que producen los abusos en las vías, a los cuales han venido a sumarse los faros halógenos.

A primera impresión el calificativo derivaría del halo que generan, principal fastidio e inseguridad que crean. Pero no, su etimología es de un complejo químico que quizás entre en juego para producirlos. En cualquier caso, a quien de noche se enfrenta contra ellos, lo deslumbran y sitúan en riesgo.

Aunque desconozco cuáles ventajas proporcionan a sus usuarios, todo indica que es solo la de sentirse muy machos. Se emparejan con las antes denominadas “luces de cortesía” y en este caso debieran nominarse focos de mala educación, muestras de la cultura de los desconsiderados. Así, el portador exhibe, aun de día, que tiene el pisto para comprarse esos cuatro ofensivos reflectores. En este país donde los derechos se atienden solo cuando se exigen con hechos, igual que a los automotores que ocupan toda la acera, obligando al peatón a quien está destinada, a exponerse a los peligros de la calle, es de darles una lección rayándolos con una llave; igualmente, al halogenófilo es de sancionarlo no bajando las propias luces, cuando las suyas incomodan.

En estos días una demostración de valentía en defender de facto sus libertades constitucionales, el derecho al trabajo, la están dando los llamados vendedores ambulantes, que debieran adjetivarse vendedores de la calle, en la que están constreñidos por sus necesidades insoslayables, a ganarse el sustento diario.

El recuerdo más lejano que guardo del problema es de 1957, como he mencionado varias veces, cuando en el “desfile bufo” que inauguraba las clases universitarias, venía caricaturizado con “choriceros”, hoy decorosamente rebautizados “agentes metropolitanos”, blandiendo garrotes; y vendedoras embarazadas, huyéndoles con canastos y trebejes de madera.

Entiendo que el asunto viene desde bastante atrás, pero según reportaje de este diario, es con Napoleón Duarte que los alcaldes capitalinos chocan masivamente contra los mini comerciantes de las vías. Los episodios de violencia de aquellos contra estos han sido recurrentes, pero los que, quizás por su cercanía, parecen más brutales, son los de Quijano. Causan repugnancia hasta la náusea, las feroces acometidas contra gente humilde, no importan las causas ni los fines.

Es de preguntarse si la fuerza descomedida se emplea sin juicio ni condena para frenar una infracción, por qué los agentes edilicios no destruyen con hachas y derriban con bulldózers los buses que matan y maltratan gente, contaminan el ambiente, afean la ciudad y obstaculizan la circulación libre de los ciudadanos, de peor forma que los micro empresarios perjudican a los almacenes formales y los transeúntes.

La respuesta es evidente y vergonzosa: los buseros tienen abundante plata e influencias. Los vendedores no, por cuanto se les acuse de apoyarse en mafias o aprovechados.

Es como preguntarse por qué las rastras se permiten todo tipo de prepotencia y delitos. Sencillo: el privilegio de pocos a economizarse costos prima sobre la seguridad de todos.