Esa institución trajo al país varios académicos internacionales de primera clase. Todos ellos comentaron un importante trabajo hecho por Arturo Cruz, un profesor del INCAE, quien, además, es uno de los intelectuales y analistas más importantes que tiene la región, aunque eso le disguste a algunos.

Un par de invitados dijeron ahí algunas verdades que acabaron en aplausos: que el país ya no está para irresponsabilidades, que se tardarán 87 años, y no 60, para duplicar el ingreso real per cápita, mientras los panameños lo harán en menos de una década.

Pero a los empresarios se les dijo algo más: que deben pagar más impuestos si quieren tener, en el país, una educación de alta calidad y servicios públicos de primera clase.

Daniel Zovatto, un inquieto y juicioso analista, les dijo a los hombres de negocios que ya no se escuden más en falsas justificaciones (que los funcionarios se roban el dinero o lo malgastan) para no pagar más impuestos. Muchas cosas más se dijeron en ese foro que crisparon a muchos.

Pero algo faltó en el análisis: la crisis del constitucionalismo en la región. La omisión me pareció no grave, sino gravísima: la verdad es que si algo no supimos prever ni oler en toda su dimensión los centroamericanos, son las crisis del constitucionalismo que estallaron en todas las naciones centroamericanas.

Creo que no puede existir un análisis regional sesudo, aplomado y serio sin meterle el escalpelo a ese tema. No logro entender por qué a muchos se les olvida que estas democracias nuestras son constitucionales y que por ahí debe arrancar el debate de su futuro.

Un golpe de estado en Honduras, el degollamiento de una sala constitucional entera en ese país, el intento del partido oficial en Costa Rica de silenciar y quitar del camino a magistrados constitucionales que les resultan incómodos son apenas parte de los problemas-muestra en ese tema.

Y eso sin mencionar a El Salvador, donde el país está desconcentrado, desde hace más de dos años, en medio de tiroteos verbales, refriegas y temblores en la clase política, porque a algunos no les gusta las sentencias de la Sala de lo Constitucional. Y aquí casi no hay políticos que se han alejado de la sedición, mientras se comienzan a saber “secretos” que paran pelos.

En Guatemala pasa lo mismo. Hace pocos días un magistrado dijo que el constitucionalismo en ese país tiene un “catarro” que se puede convertir en neumonía.

Sospecho que el único país que está feliz, y en paz, con su sala constitucional es Nicaragua, porque algunos magistrados son casi empleados de Daniel Ortega.

Si lo que pasa con el constitucionalismo centroamericano no es una crisis que es parte de la gobernabilidad democrática centroamericana, ya no sé qué es una crisis.

Lo que no entiendo es que, a pesar de eso, nadie se preocupa por hacer y convocar a uno de los más importantes debates que demandan los centroamericanos.

Toda la región debe examinar qué modelo constitucional quiere cada país, bajo un amplio debate que, lamentablemente, nadie convoca. Ni siquiera la institucionalidad nacida de la integración centroamericana se atreve a entrarle al asunto. Ya no sé si eso pasa porque esa institucionalidad la gobiernan los presidentes y entre ellos hay golpistas probados contra magistrados y salas constitucionales.

Las sociedades decadentes son tolerantes, autocomplacientes y barrocas para encubrir sus problemas más importantes. Quizá yo esté equivocado y la ausencia de debate no es más que un esfuerzo deliberado de las clases políticas por meter a las salas constitucionales de la región en jaulas sociales.

Talvez es de ilusos creer que parlamentos y partidos políticos le darán más armas a los constitucionalistas para que regulen el funcionamiento del poder. Pero al menos deberíamos intentar no caminar sobre la oscuridad y la ignorancia sobre lo que debemos hacer con nuestro constitucionalismo democrático. Que otros veten el resultado del análisis es otro cuento.