489. PRUEBA DE ESPUMA

Se fue acercando con sigilo, y llegó hasta el límite tantas veces anhelado. Entonces se arrodilló, como en el rincón de la capilla donde iba a conversar con los espíritus anuentes y amigables. Ya en esa posición, que siempre le había resultado cómoda, empezó a recoger en la mente las palabras que había ido almacenando para la ocasión. Ellas, que hasta aquel momento le habían demostrado una espontánea y circunspecta obediencia, hoy parecían querer jugar al vuelo esquivo. Cerró los ojos, para ver si así las hacía entrar en orden. Fue inútil. Entonces, hizo un gesto que tenía trasfondo heroico, al menos en su dimensión anímica. Se tendió sobre la espuma en movimiento y se dejó mover por ella. Estaba ahí, por vez primera, a la orilla del mar, su guía milenario. Era un reencuentro atávico y fervoroso. ¿Y por qué las palabras se comportaban como mariposillas traviesas?

490. FANTASÍA PARA DESVELADOS

La multitud de figuras invitadas va avanzando por la alfombra roja. Celebridades y aspirantes a celebridades. La noche deja flotar sus velos a la vez grises y fosforescentes. Teatro Kodak. “¿Pero cómo así, si la Kodak ya no existe?” “¡Hombre, estamos en el reino de la ilusión!” Los vestidos vaporosos o ajustados se mueven sobre la alfombra, en sus perchas sonrientes. “¿Perchas: cómo es eso? Se trata de personas vivas, y casi todas hermosísimas, para más”. “Ah, pero vuelvo a recordarlo: esta es la fábrica de sueños…” La suave marea va creciendo. “¿Marea? Metáfora pura, porque aquí lo que hay es un riachuelo de rostros conocidos, que aspiran a detenerse un instante sobre los pedruscos mojados del flash ocasional”. Y entonces todas las voces quedan envueltas por una nube de destellos crepitantes. La hora de saludar a los fantasmas ha sonado.

491. LISTA INCOMPLETA

Ahí, cada vez más cerca, se alza el colorido rugoso de los acantilados. Él está en cubierta, y siente los preparativos en marcha para atracar en el muelle que ya es visible a su derecha, en una bahía que parece dibujo. La maniobra se cumple. La nave está anclada y atada. La escalerilla, dispuesta para el desembarque. Todos van bajando con sus pertenencias de mano. Concluye la fila. Abajo, un miembro de la tripulación, con el tradicional uniforme blanco, lleva la cuenta de los que descienden. Pasados algunos minutos, lleva su informe a la superioridad: “Falta un pasajero”. Van a revisar la lista de pasaportes. Todos han sido entregados a tiempo. ¿Quién falta por desembarcar, entonces? Si alzaran la vista verían que allá, en la torre más alta de la nave, está posada un ave de extraña identidad, que cualquiera podría confundir con una forma humana…

492. ESE JUEGO DE VOCES

Todo lo que tenía enfrente era lejanía. Una lejanía nubosa, como de mar a punto de tormenta. Estaba acurrucado en el filo del acantilado, y cualquier ráfaga traviesa de viento vespertino podía lanzarlo al vacío. Los ojos entrecerrados se le perdían en la tupida red de arrugas. Respiraba con ansiedad, como si esperara algo que se hiciera rogar. Con los brazos sarmentosos cruzados sobre las rodillas escuálidas, era la imagen en el límite de sí misma, que habría hecho las delicias de un pintor de esperpentos. El Sol ya no era más que un reguero de babas exhaustas. La lejanía, el Sol y él, ¡qué trío de escombros anhelantes! Entonces oyó la voz clamorosa: “Tierra, tierra, tierra!” Se incorporó, movido por un resorte providencial. Y otra voz, ahora de custodia preventiva, le advertía: “¡No se vaya a resbalar, don Cristóbal, que ya está bien oscuro: volvamos al albergue!”

493. TERTULIA FAMILIAR

Se fueron ubicando alrededor de la clásica mesa. Las cinco figuras presentes parecían, de pronto, una imaginería giratoria. Se conocían, sabían perfectamente quiénes eran, pero de súbito aquella era una reunión de desconocidos. Y eso les hizo, sin duda, emprender la aventura del encuentro. Uno de ellos tomó la palabra. Y ahí empezó a moverse el carrusel inverosímil. La voz más joven surgía del cuerpo más anciano, y así se iban intercambiando papeles. Eso no sólo les animaba, sino que les divertía. Al final, aquella era una reunión de infantes imaginativos y risueños. Las carcajadas iban creciendo en círculos concéntricos. Pero la noche llegaba, y se hacía hora de volver a la vida común. Las cinco generaciones reunidas –tatarabuelo, bisabuelo, abuelo, padre, hijo– se dispersaron luego de los entrañables saludos. El tiempo hace lo que le da la gana.

494. HASTA PRONTO

La mansión la construyó un inmigrante que hizo fortuna, aunque nadie en el lugar supo nunca cuál era su verdadera identidad. No formó familia conocida, y todos lo consideraban un ermitaño amable. Pero sí tenía perros, caballos, conejos, guacamayas, garrobos… Algunos hormigueros, ciertos nidos de urracas y zanates… No había gente de servicio en la casa, y a más de alguno le llamaba la atención que no se necesitara, teniendo en cuenta la dimensión de las construcciones y la cantidad de habitantes que ahí se congregaban. Los años fluyen, y en algún momento el señor de aquella comunidad entró en crisis orgánica. Se oían pasos acercándose. Reunió a todos los suyos y les instruyó sobre el trance. Cuando llegaron las autoridades, avisadas por algún vecino, todo se hallaba en absoluto silencio. La mansión era un misterio abandonado.

495. REVELACIÓN A LA LUZ DEL DÍA

El niño está embebido en su juguete nuevo, que como todos los suyos es un dibujo en una hoja. Algo dice esa exclusividad obsesiva, pero nadie lo advierte. Mejor para él. Esta mañana, el niño parece curiosamente perplejo ante lo que acaba de resultarle de los trazos hechos con crayones de varios colores. Está solo en su pupitre esquinero, junto a la ventana por la que entra al sesgo la claridad solar. De pronto, el niño se levanta, toma su hoja dibujada y sale al jardín. El jardín es un lugar hirsuto, en el que abunda la maleza. En uno de los extremos hay un árbol grande, de fuertes ramas hospitalarias. El niño sube por el tronco, como un insecto trascendido. Y, ya arriba, agita la hoja, en la que está dibujada la Rosa de los Vientos con sus 32 rombos que apuntan al horizonte circular. Sí, será astronauta. El aire, la luz y ahora él lo saben para siempre.

496. OTRA HISTORIA DE AMOR

El buque blanco se halla estacionado en el pequeño muelle, como un caballero gentil. Su hoja de ruta indica que estará ahí sólo unas horas. Horas nocturnas, porque mañana zarpará hacia su nuevo destino: otro muelle, en otra isla, por unas cuantas horas. Las luces vecinas se reflejan temblorosas sobre el agua. Son los reflejos de la Luna, que se acercan a los costados del buque con intención de caricia. Si pudiéramos calar en lo que siente quizás entenderíamos su anhelo. La Luna también se enamora de súbito.