Sentada en el sillón tapizado de tela color rosa, dejaba pasar los minutos de la sesión, envuelta en su bata verde. La larga cabellera lisa y oscura le enmarcaba el rostro ancho, de ojos negros intensos, larga nariz en filo y boca pequeña y encarnada. Como no podía moverse ni hablar mientras el trabajo estuviera en curso, inevitablemente tenía que dedicarse a pensar. Y en el silencio, las imágenes parecían animarse a asomar a su antojo. Por ejemplo aquella, en el primer día de su presencia en el estudio:

—¿Su nombre?

—Loreta.

—Ah, Laurette.

—Como usted guste, señor.

Y el señor era un hombre casi cincuentón, obsesionado por las imágenes dobles o triples. Él la observó con detenimiento, como si quisiera calar su ánimo. Eso a ella le animó la voluntad. Significaba que él no la quería como objeto inanimado, sino como un ser de alma y carne. Sonrió antes de confirmar su aceptación:

—Estoy para serle útil a su inspiración, maestro.

Pero no sería tan simple. El arte es una duplicidad perpetua. Ella, ahí, sentada en su sillón, sabía que siempre era objeto de una doble contemplación: la del señor, Henri, que la tenía ahí para reproducirla en el lienzo con sonrisa cómplice, y la de Jean, el hijo de Henri, que hubiera querido tenerla aquí, para gozarla hasta las lágrimas.

El maestro pintor hizo descansar los pinceles y dijo su frase de cajón:

—Hemos terminado. El trabajo queda inconcluso.

Por el ventanal entraban los resplandores de la tarde que también, como todos los días, quedaría inconclusa. París, en los alrededores, hacía lo propio con la luz y con el aire. El maestro sonrió. La modelo se puso pensativa. El cuadro, por supuesto, estaba a medio hacer.

—Continuamos mañana –dijo el maestro, sobándose entre sí las manos fatigadas.

—Estaré aquí a la hora –respondió Laurette, sacudiendo la melena de lisas guedejas oscuras, para volver al mundo real.

—Algún día, esta será reconocida como una obra maestra. Los contemporáneos de hoy, que quisieran ignorarnos, tendrán que bajar la cabeza ante los contemporáneos de mañana, que estarán dispuestos a obsequiarnos burbujas de gloria… Quizás vayamos juntos al Museo Metropolitano de Nueva York, por ejemplo, invitados por el destino itinerante…

Laurette fue entonces la sonriente.

—¿Y si queda inconclusa cuando usted deje de pintarla? –le preguntó, para provocarle al maestro la respuesta imaginativa.

—¡Quedará! Esa es la magia del arte verdadero: ser y no ser al mismo tiempo.

Laurette se fue alejando hacia la puerta. Henri Matisse se quedó solo en el estudio. París, indiferente, seguía su rutina de transición entre el verano y el otoño. Vendría pronto la noche: ese mundo que nos convierte a todos en fantasmas provistos de linternas.

AQUELLA MAÑANA EN SANTA MÓNICA

Eran las primeras horas del día, y la ciudad estaba ya bien despierta. Dicen que es la ciudad que nunca duerme, pero en verdad sólo es la ciudad que despierta cuando se necesita. Y aquel amanecer, ¿cómo despuntaba? En balde acudir a las noticias meteorológicas, que son las más veleidosas de todas, lo cual ya es bastante decir. Se quedó pensativo. Y en ese instante un pájaro desconocido aleteó junto a la ventana de su habitación en el piso 11. ¡Ah, era el mensaje!

Se vistió lo más rápido que pudo, se colocó el abrigo liviano que usaba en los días de otoño benigno y sí se enrolló la bufanda de lana, por si alguna ráfaga se salía de programa. En el mostrador de entrada estaba John, el portero que había iniciado turno a las 11 de la noche anterior:

—Buenos días, señor. Qué temprano sale esta mañana.

—Buenos días, John. Y no voy a ninguna parte en especial: sólo a caminar por ahí.

—Feliz paseo, entonces.

—Gracias. Hasta pronto.

Salió a la calle, y la primera sensación climática que tuvo fue de frío intenso. Desde luego, no era una sensación compatible con las ondas de aire físico, que más bien parecían propias de la transición entre el verano y el otoño. Iba ya caminando por la calle 79, y ahí, a unos pasos estaban las gradas y las puertas del templo más cercano: Santa Mónica. Y entonces lo embargó de súbito la sensación contraria: la del calorcito que surge de una chimenea encendida. Iba a cruzar la 1.ª Avenida rumbo al templo cuando sintió que una mano lo detenía por el brazo, sin violencia pero con firmeza. Se volvió, sorprendido pero no asustado:

—¿Tú?

—Ah, me reconoces. Pensé que podrías haberte olvidado de que existo…

Sonrió. El comentario parecía una provocación benévola, al estilo de la persona que lo externaba. Se apartaron para dejar paso a los transeúntes, que cruzaban la avenida mientras el hombrecito de blanco brillaba en el marquito orientador de los movimientos de los peatones. Estaban junto a la vitrina del Vitamin Shoppe.

—Curioso, ¿verdad? –dijo, mirando hacia adentro, el hombre que iba haciendo su camino cuando el otro lo detuvo.

—¿Qué?

—Que estemos en atmósfera vitamínica.

—Jajá. ¡Ingenioso!

—Y que estemos aquí, ahora mismo, es una especie de restauración compartida.

—Te sale el poeta, amigo mío.

—Bueno, es signo de integridad moral. Quizás ni siquiera sea necesario que pasemos por Santa Mónica. Aunque un instante de silencio espiritual es como una taza de elíxir milagroso…

—Vamos, entonces. Además es lo que nos invitó a hacer esta mañana el Espíritu Santo. Yo, que soy tu ángel de la guarda, recibí ese mismo mensaje. Hay que sanear el tiempo perdido.

SALIDA FÁCIL

Tenía varias noches de dormir a medias, como si el estrés mantuviera al sueño en condición de rehén. Y eso hizo que aquella noche prefiriera dejar pasar las horas en una de las tabernas del entorno, en vez de estar dando vueltas entre las colchas percudidas. El lugarcito era de mala muerte, como todos los disponibles. Fue a ubicarse en el extremo de la barra, como hacen casi todos los solitarios. Y pidió un trago de aguardiente barato, a pesar de la protesta reiterada de los tejidos gástricos.

Inesperadamente, fue a sentarse a su lado aquel siniestro personaje que no era la primera vez que lo abordaba en condiciones semejantes.

—Hola –le dijo el recién llegado, como si fueran conocidos de confianza.

—Hola –le respondió él, queriendo hacer las funciones de eco, para ver si el efecto se disolvía.

—Estás solo y eso te crea conflicto.

—Mejor solo que mal acompañado.

—Entonces, me voy.

—¡Un momento! Algo has venido a decirme. ¡Mejor soltámelo de una vez!

El otro era justamente eso: su otro yo. Y estaba ahí para rescatarlo del insomnio crónico que le producía vivir rodeado de escombros de sí mismo.

—Toma –le dijo, extendiéndole algo que se parecía al comprobante prechequeado de un pasaje aéreo.

—¿Y esto qué es?

—Tu salvoconducto. Te podés ir esta misma tarde. Vuelo directo. La Nada está más cerca de lo que imaginamos.