455. DEPRESIÓN TROPICAL

Había llovido con intensidad obsesiva durante tres días seguidos, y las corrientes de agua venían bravas; pero los habitantes parecían no querer advertirlo, y no porque los retumbos no fueran angustiosos, sino porque dejar los escasos haberes se les hacía como quedar desnudos y desvalidos para siempre. Pero el agua cayente y fluyente no mostraba piedad, llevándose de encuentro lo que hallaba al paso. En una de aquellas casuchas, la pareja joven, que aún no tenía familia, se animó por fin a asomarse al paso de la tromba. Las maderas temblaban. Estaban paralizados. Necesitaban un argumento superior, urgente. Sí, el mugido imperioso y a la vez lastimero podía ser esa señal. Fueron entonces corriendo a desatar a la vaquita escuálida, que les acompañaría hacia el terreno más alto, desde donde verían pasar la tromba que lo arrasaba todo.

456. AL AIRE LIBRE

“Uno más”, se dijo, mientras dejaba el volumen sobre la pequeña repisa, ya superpoblada de presencias semejantes. Aquel lugarcito casi escondido era “su biblioteca”. Las paredes altas y estrechas estaban tapizadas de estantes, del piso hasta el cielo falso. Y en ese instante reparó en el nombre: cielo falso. Impropio para un lugar como aquel, en el que los destellos y las cenizas de la sabiduría leída representaban una concentración incomparable. ¡Ah, pero eso no era todo! El libro que acababa de agregar a su rebosante aglomeración tenía que ver también con el cielo. Uno de esos libros de motivación hoy tan en boga: “El verdadero cielo está en nosotros”. ¿Cuál era, pues, la realidad, su realidad? Ni uno ni otro. Ni el cielo de madera ni el cielo de ilusión. Salió de inmediato al aire. ¡Qué resplandor más vivo y envolvente! El cielo prometido.

457. UN CASO MÁS

Era el día en que llegaban a limpiar la fuente, desalojando por unos momentos a los peces ornamentales para poder cambiar el agua. Un par de días antes, uno de los plecostomus amaneció muerto, entre la curiosa expectación de las carpas chinas, con las que los plecos comparten el hábitat. Deceso misterioso. El señor que hace la limpieza mira de pronto hacia arriba, justamente encima de la fuente, hacia la copa del cocotero cargado de racimos de cocos ya maduros. Y lanza su teoría: “Un coco cayó en el agua y golpeó al pleco”. Las carpas aletean a su estilo: la explicación es inverosímil, porque el pleco vive pegado a las paredes de la fuente donde las ligeras algas verdes le sirven de particular alimento, y no hay coco desprendido que lo alcance. ¿Entonces? Como tantas muertes en el ambiente, ésta quedará impune. ¡Vaya, pues!

458. JUNTO A LA PISCINA

Al chisporroteo de las malas lenguas, que nunca faltan, se corrió la bola de que era más fogosa que JLo, que vive la vida loca en la era posMarcAnthony. Y eso la ponía en otro plano, aun en la pequeña comunidad de retirados en que vivía. Retirados con comodidades, los más de ellos extranjeros que querían gozar de las lumbres suculentas del clima tropical. ¿Qué hacía ella en ese ambiente, que parecía dedicado a la placidez de la vida sin sobresaltos? Bueno, ni tanta placidez, porque por ahí se murmuraba de clandestinajes ocasionales. Así, aquel día en la piscina común, mientras le solicitaba un coctel a uno de los meseros, se percató de que dos señores miraban en su dirección: uno, el más joven de los residentes; otro, el mayor. A ella, alcanzativa por experiencia como era, ya le revoloteaba la pregunta: ¿Cuál de los dos la miraba a ella y cuál al infinito?

459. UNA HISTORIA COMÚN

Era chiquitín como Ben Stiller, gesticulador como Robin Williams, pelicano como Steve Martin. Pero no tenía ninguna otra característica de actor de cine, aun de aquéllos que, como los mencionados, tampoco tuvieran nada que ver con Robert Taylor, Charlton Heston o George Clooney. Por el contrario, él era el hombre común. Bueno, salvo por aquel murmullo que le nacía del interior cuando una dama desconocida estaba casualmente a su lado. Entonces, se le activaba una especie de motorcito entusiasta, que ronroneaba como en vísperas del orgasmo anhelado. Y ese día, sin decir agua va, hubo efecto. La dama era una potranca fina y estaba evidentemente en celo. Él la miró a los ojos y ella sonrió, sin dejarle margen al enigma. Y así empezó la historia, que algún especialista sin imaginación ubicaría en el capítulo morboso de la zoofilia.

460. OTRA VEZ EN LA RUE DU CHÂTEAU

Llegó ante el edificio que tenía el número marcado en una corroída placa de bronce: 118. A su derecha, y junto al edificio, estaba la misma panadería de entonces: “Au pain d´autrefois”. Y enfrente, al otro lado de la calle, la misma tienda de cosas del hogar: “Couleurs et menage”. Sí, todo como entonces, salvo un detalle que dependía sin duda de las condiciones de la atmósfera: en aquellos días de diciembre, la niebla lo envolvía todo a cada instante; hoy, durante la misma época del año, el sol radiante era la presencia indiscutible. Efecto mágico, que le movió a él la voluntad hacia un terreno vecino: el de la comunicación virtual avanzada. En el hotel Lutecia, donde se hospedaba, allá en el Boulevard Raspail, se conectó. Clima de París. La página estaba en blanco. ¡Ah, caramba, no era el cambio climático sino el efecto invernadero de la nostalgia!

461. FIDELIDAD PROFÉTICA

El árbol solitario que coronaba el cerro más cercano se le había convertido en una especie de maestro silencioso. Lo observaba cada mañana y cada tarde desde su rústica ventana; y lo sentía como tener a un profeta a la mano. Un día, unos desconocidos empezaron a talarlo. Él sintió como si estuvieran atacando a muerte a su propio padre. Buscó entonces el instantáneo recurso de defensa. Ahí, en el armario, estaba la escopeta de su padre biológico, a quien él jamás quiso acompañar en sus excursiones de caza. Tomó el arma que nunca antes había tomado, y que ya parecía inútil. Estaba cargada, como si aguardara el momento de ser útil de veras. Volvió al balcón, y desde ahí apuntó. La distancia hacía inviable el tiro, pero de todos modos lo realizó, en cadena. Los taladores fueron escapando, aterrados, uno tras otro. ¡Misión cumplida, maestro!

462. ESCENA MUNDIALISTA

El bus va traqueteando por la calle que quedó aún más intransitable después de la depresión tropical 12-E. Un par de cuadras antes se han subido ese par de cipotes con planta de escolares de suburbio. Uno de ellos hasta lleva una mochila con cuadernos. De pronto uno de los cipotes se incorpora y saca el arma de la misma mochila. Apunta y ordena como un experto. El otro se prepara para recogerlo todo. Pero en ese instante llega el bache salvador. El bus se desquicia y uno de los pasajeros desarma al asaltante con una patada espectacular. El grito es unánime: ¡Gooool de Messi!