El vehículo era de los de trabajo de entonces, un Jeep Willis ya bastante troteado, como decía la señora entre los humeantes respiros de la cocina de leña. Estaba estacionado en su sitio de siempre: bajo un ala de la galera que daba al paredón ascendente. Y es que la casa se hallaba construida en un espacio que se le había ido rascando al pequeño cerro casi desnudo de vegetación arbórea: la tierra pedregosa sólo se avenía bien con los zacates silvestres, entre los que prevalecía aquel que era conocido en el ambiente con un nombre inesperadamente poético: Ilusión.

El señor se levantó con calma de su reposo nocturno, en el camastrón de resortes crujientes que compartía con la señora, casi siempre ambos de espaldas, con el recato espontáneo de otros tiempos. Afuera, el coloquio entre los aires intrépidos y las aves incansables hacía que la atmósfera estuviera en pertinaz vigilia. El Sol mostraba un abanico de irradiaciones entusiastas, como si conociera de antemano la tarea del día. A lo lejos, algún perro lanzaba ladridos al aire, que eran respondidos por los de la casa. Los ecos cruzados se iban dispersando entre el convivio de los cerros, que parecían una cadena de carros detenidos en cola hacia los horizontes.

Desayunó lo de siempre: un par de huevos revueltos, una cucharada de frijoles volteados y una chenga a punto de quemarse. Y después, tomando la chumpa de reír y llorar, se fue hacia el Jeep para coger camino hacia el norte. Iba solo, porque para hacer lo que tenía que hacer no necesitaba acompañamiento.

El paisaje iba volviéndose cada vez más silvestre, con la valla montañosa al fondo, en cuyas estribaciones aullaban por la noche los coyotes. Y, luego de cruzar el puente del gran río, la sensación de mundo distante del mundo se volvía aún más intensa y acogedora. Comenzaba el camino hacia arriba. En otros tiempos visitaba La Reina y Tejutla, para ver amigos que nunca salían de ahí. Hoy, era otro el propósito. La brisa, cada vez más fresca, entraba por las ventanas del Jeep, con los aromas propios del ambiente.

No tardó en estar en lo alto. Cruzó el pequeño túnel y siguió hacia adelante. El pueblito de La Palma estaba a muy poco, en su cerco de pinares. El Jeep dejó la carretera y se internó por un sendero casi intransitable. Cuando llegó a un claro, el conductor lo detuvo. Soledad total. Sólo el resoplido del viento entre los ramajes uniformes.

Salió del vehículo con la herramienta a mano. Y puso manos a la obra. En unos instantes, tenía lo que buscaba. Un abeto de tamaño manejable, que cabía bien en el vehículo. Lo acomodó y tomó rumbo de vuelta.

Al arribar a la casa, era ya pasado el mediodía. La señora salió a recibirlo:

—¿Hallaste el arbolito que necesitamos?

—Ahí viene. La Navidad está segura.

Los perros husmeaban el encargo, meneando las colas, en evidente señal de aprobación. El árbol parecía suspirar, resignado al destierro.

DOS SÍMBOLOS EN UNO

Entró en la tiendita de objetos minerales que estaba en la fila de los comercios turísticos de la calle principal de la aldea portuaria, que es uno de los íconos de la zona. Bar Harbor, Maine, en otoño crecido. Y se fue directamente a revisar la vitrina donde estaban ubicadas en pequeños depósitos las piedras virtuosas.

—¿Busca algo en especial? —le preguntó la dependienta rubia, cumpliendo su rito mercantil.

—Sí, algo de cuarzo rosa.

—Veamos —se afanó la dependienta, haciendo examen de lo que ahí había.

Luego de buscar, reconoció que esa piedra no estaba.

—Bueno, mil gracias —aceptó él, ya volviéndose para salir de la tienda.

Entonces, ella pareció tener una idea súbita:

—¡Un momento! Creo que hay algo de cuarzo rosa pero que ya es objeto procesado. Si me espera un instante, lo busco en la trastienda.

Él sonrió, sacando a relucir su antigua índole bromista:

—Está bien, pero con una condición: que me permita ir con usted a la trastienda.

Ella hizo un gesto de aceptación comprometida, porque nadie le había pedido semejante cosa.

Cruzaron una puertecilla de madera con borde metálico y al otro lado lo que se abría era un espacio muy parecido a un sótano, aunque estaba evidentemente al nivel del suelo.

Ella se dirigió hacia un estante donde había cajas puestas en orden. Fue repasando las viñetas y al fin dio con la que buscaba.

—Aquí está –dijo, destapando la caja, haciendo visible lo que estaba adentro.

Era la escena de la Natividad en cinco figuras adivinables, porque estaban apenas insinuadas: la Virgen, San José, el Niño y dos ovejas. Todo en cuarzo rosa.

Él salió de la tienda con el pequeño envoltorio inesperado. No sólo era la piedra del amor sino el Amor encarnado. ¿Qué mejor tesoro para su regreso al hogar, muchas tierras y mares hacia el sur?

EL MAR ESTÁ DE ACUERDO

La nubosidad llena el cielo. Ahí, muy cerca, hay un jardincito enmontado en cuyo centro una estatua de bronce parece saludar al Sol que está detrás de las nubes. El muelle próximo, de cuartones engrapados, espera la embarcación siguiente, que aún no es visible en el horizonte, un horizonte que parece abrigado por los brazos de vegetación multicolor, tan propia de las estancias otoñales. Y el agua inquieta, cuando se da contra las estructuras del muelle, hace saltar escupitajos de espuma sobre cualquiera que vaya pasando. En este instante, él.

Camina apenas, cargando sobre la espalda un bulto notoriamente pesado. La embarcación asoma entonces, bordeando con jadeo aflictivo un mogote de casas encimadas al borde del agua. Es una barcaza de aspecto deplorable, como si, en expresión coloquial aplicable a los caballos desahuciados, “ya estuviera pa’l tigre”. Atraca, con diversidad de crujidos. Atan amarras y alguien salta hacia el muelle.

—Ya llegamos. Puede subir.

—¿No hay más pasajeros?

—No. Sólo usted. ¡Fausto, hay que ayudarle al señor con su equipaje! ¿No lleva más?

—No.

Fausto es un joven fornido y malencarado. Toma el bulto de tela gruesa y se apresta a introducirlo en la nave. Pero en el momento en que va a dar el paso hacia adentro, un movimiento del agua retira de súbito la superficie flotante. Pierde pie, y el estirón hace que suelte el bulto, que rueda a unos milímetros del borde del muelle. Cae al agua, y ahí se queda flotando.

—¡Sáquenmelo, por favor! —suplica el pasajero, con el tono angustiado de las grandes pérdidas inminentes.

El mismo Fausto hace la maniobra para alcanzar el bulto, cuya recuperación le exige un esfuerzo considerable.

Ya con el bulto a sus pies, el pasajero se arrodilla a revisar el contenido. Va sacando pieza por pieza, todas de material pesado. Nada presenta ni el mínimo deterioro. El capitán, o como sea que se le llame al que da las órdenes, muestra de pronto su desconcierto ante lo ocurrido:

—¿Cómo sería que con todo ese peso el saco no se hundió? ¿Y cómo es que las figuras que estaban adentro no presentan ningún rastro de humedad?

El pasajero levanta la vista, sin dejar de estar arrodillado:

—Este es el nacimiento que mis abuelos ponían todas las Navidades en la casita que tenían en este lugar, donde yo pasé mi infancia. Yo he venido a recogerlo, para que no se pierda en el abandono en que ahora está todo. Y lo que ha sucedido me confirma que he cumplido con la voluntad de ellos, que eran tan creyentes y devotos… Si pudiera, me llevaría también la estatua de bronce, pero ese es otro pisto…

—Ummmm… Hay que ponerlo todo en el saco, para que nos podamos ir. Ya es tarde.