Existe una brecha bien marcada entre el sistema educativo de los países desarrollados y el de aquellos en vías de desarrollo como El Salvador. Todo parece indicar que mientras más se esfuerzan las universidades salvadoreñas en conocer y tratar de aplicar enfoques educativos nuevos y eficaces, más se van rezagando en la adquisición de nuevo conocimiento.

En El Salvador, el Ministerio de Educación (MINED) debe asegurar que las instituciones de educación superior realicen cambios sustanciales que procuren un nuevo ser humano, uno capaz de aceptar desafíos y hacer transformaciones a todo nivel, de tal forma que estas lleven a la sociedad actual y a las venideras a un estado de bienestar pleno.

Estos centros de estudio tienen, por otro lado, el compromiso de adherirse a nuevas formas de enseñanza que cumplan el cometido que el MINED se ha trazado. Para ello hacen uso de nuevos enfoques educativos, como por ejemplo, el de la Formación Basada en Competencias (FBC), el cual se centra en aspectos como la docencia, el aprendizaje y el proceso evaluativo; todo, desde una perspectiva más humana.

Por otro lado, nos encontramos con los educandos, futuros profesionales y ciudadanos de la vida, quienes deben desarrollar sus capacidades intelectuales y personales a través de un paradigma educativo que demanda de ellos una nueva visión del proceso de enseñanza-aprendizaje.

En virtud de lo señalado anteriormente, la FBC llena de muchas expectativas a todos los que conocen de ella. Sin embargo, por ser un método que constituye la construcción del saber humano, es, en esencia, complejo.

Este proceso de cambio me hace reflexionar en el entramado del comportamiento humano; y no queda más que preguntarme: ¿En dónde queda esta llamada mejora educativa a través de la FBC dentro de este gran show del juego mundial de poder existente de los homo-sapiens/homo-demens?

De pronto, los desatinos y contradicciones en cuanto al sentido de la vida se evidencian y con ello un profundo desaliento e incertidumbre se manifiesta: el homo-sapiens emerge. Este profundiza entonces en el sentido real de la educación y de la vida misma.

La educación salvadoreña necesita de orden. Es imperativo establecer el propósito último que las instituciones encargadas de promover la educación tienen, y, con ello, redireccionar el “uso” que se le da, para que el estudiante también redireccione su forma de pensar, de ser y de actuar.

En cuanto a esto, viene la pregunta obligada: ¿Pueden las autoridades universitarias lograr una redirección profunda en su pensamiento; es decir, un cambio total de paradigma? Yo diría que al menos deben tratar. Es una cuestión de principios y de valores morales y éticos.

Es así que el carácter de las instituciones de educación superior salvadoreña y de sus autoridades debe ser uno en función exclusiva de los educandos, de los ciudadanos actuales y futuros y de la humanidad misma.

Debe contener una racionalidad que permita un avance significativo en la construcción de un país en el que verdaderamente se pueda vivir.