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La fiebre de los güiriseros

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Mineros artesanales –güiriseros– se han apoderado del cerro San Sebastián, en La Unión. Una antigua mina de oro que fue explotada por años y que aún guarda resquicios del dorado metal. Los hombres se sumergen en la oscuridad de sus entrañas y manipulan mercurio con tal de sacar las riquezas. Así se vive una nueva fiebre de oro en un rincón olvidado de El Salvador.

30 de Diciembre de 2012 a la(s) 6:0 / Una crónica de Sigfredo Ramírez

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Fotografías de Giovanni Lemus y Rony González

La mina es tan angosta que parece ser una madriguera. Lisandro Escobar tuvo que agacharse para pasar la entrada y ahora, casi 30 metros bajo tierra, la mina se hace aún más estrecha.

—Vamos a tener que arrastrarnos –me avisa Lisandro, mientras ilumina la inmensa oscuridad del túnel con la débil luz de su lámpara de mano.

Lisandro baja primero por la pendiente. Su respiración se acelera mientras se arrastra. Atrás queda la galería de madera que protege el principio del túnel. Ahora, el techo de la mina es una mezcla de lodo chicloso y rocas. Y cuando es mi turno de arrastrarme, recuerdo lo que me dijo un viejo minero hace dos días, cuando le pregunté sobre el oro que buscan en el cerro de San Sebastián.

“Cuando se encuentra el oro siempre se quiere más, y poco a poco el cerro te va ganando”, me dijo el minero. Pero es hasta ahora –mientras me arrastro en el suelo– que recuerdo sus palabras y suplico que no se hagan realidad. Que el cerro no gane y me deje soterrado adentro de este túnel artesanal con un leve olor a almendra. A tierra húmeda y almendra.

Y mientras me interno más en la oscuridad de la mina busco la lógica a la fiebre del oro que me ha traído hasta aquí. Al infernal subsuelo de un cerro en el cantón San Sebastián de Santa Rosa de Lima, en el oriente salvadoreño. El lugar donde 1,000 hombres –niños, jóvenes y adultos mayores– excavan como topos tratando de encontrar oro.

La mayoría son campesinos que no siembran en la estación seca. Jóvenes que no siguen en la escuela porque sus familias no pueden costearlo. Adultos que manipulan mercurio con tal de separar el oro de la tierra. Veteranos mineros que trabajaron para las compañías extranjeras que explotaron este cerro –una de las minas más importantes de Centroamérica de donde sacaron 32 toneladas de oro de 1904 a 1954–, y que ahora son tan pobres como siempre lo han sido.

—¿Qué los ata a este lugar infernal y que ya fue saqueado? –le pregunto a Lisandro en el estrecho túnel, mientras los dos sudamos copiosamente y respiramos el espeso aire viciado.

—Pues aquí buscamos lo único que nos queda: la suerte –dice el viejo minero entre el eco de sus palabras y la oscuridad que lo rodea.

***

Después de recorrer 173 kilómetros desde San Salvador, el automóvil se detiene en la gasolinera a la entrada de la pequeña ciudad de Santa Rosa de Lima. La lejanía está sobrevalorada en el país más pequeño del continente, pero para cualquier salvadoreño, Santa Rosa de Lima suena a lejanía.

A comercio de barata ropa panameña, anillos de oro, queso; a calor y lejanía.

Bajo la ventana del automóvil para preguntar a un empleado de la estación de servicio dónde encontrar el cantón y el cerro de San Sebastián.

—¿Busca las minas de oro? –me interroga el empleado con una bomba de gasolina en la mano.

—Sí, las minas de San Sebastián.

—Hay un desvío por una venta de carros usados, una calle de tierra que lo lleva directo allá –dice el hombre levantando el brazo para señalar la dirección de la ruta.

La mayoría de santarroseños saben dónde están las minas, y la fiebre de oro que hay entre los que viven en San Sebastián, entre los viejos mineros y sus nietos. La fiebre no ha traído a hombres de todo el país a buscar la dirección de las minas a esta gasolinera, pero es bien conocido que el cerro ha sido tomado por los güiriseros –mineros artesanales–, desde que el Gobierno negó los permisos de explotación minera a las compañías extranjeras.

Ya casi se cumplen tres años de pura explotación artesanal y manipulación de mercurio.

El vehículo avanza hasta encontrar la venta de autos usados, que marca el inicio del irregular camino al cerro. La calle de tierra es angosta y se extiende al lado del río San Sebastián. Un delgado hilo de agua chocolatosa sin peces. El río tiene altas concentraciones de metales como aluminio, hierro, manganeso y cobre, lo que elimina cualquier forma de vida acuática. El investigador italiano Flaviano Bianchini analizó el agua en 2006 y planteó que la presencia de metales se debe en buena parte al drenaje ácido de la antigua mina de oro.

El manganeso, por ejemplo, es el responsable de que el río se tiña de un color rojo, como si fuera chile molido, durante los días de la estación seca. “¡Para los días de la Semana Santa, el río se pone como que es sopa de mondongo!”, me dirá un minero después. Los 3,700 habitantes de San Sebastián solo ven correr esa agua sin poder usarla y están condenados a comprar a $2 cada barril. Después de avanzar seis kilómetros por el camino, veo que el río inútil cruza casi por toda la comunidad minera.

Se ven pocas casas en el trayecto. El terreno es cada vez más irregular y comienza el ascenso al cerro. El vehículo se esfuerza bullicioso para avanzar por las cuestas más empinadas. A lo lejos, se comienza a dibujar un gran deslave en la parte frontal del cerro. Parece una cicatriz entre la vegetación que ha reverdecido con las primeras lluvias del año.

El camino lleva hasta allí. Pasando por las ruinas de una antigua trituradora de la compañía minera. El deslave está a pocos metros de distancia. Bajo del vehículo y camino hasta el lugar. El sol se ensaña con todos los que nos atrevemos estar a esta hora en San Sebastián. Me acerco al improvisado campamento donde se encuentra una veintena de hombres. Todos son mineros y el deslave es en realidad la boca de una mina con aliento a azufre.

***

El viejo güirisero me advierte que yo nunca me iría de este cerro si encontrara oro.

—Es como una adicción –me dice el viejo con los brazos cruzados, supersticioso.

—¿Y cuántas horas trabajan en la mina?

—Podemos trabajar hasta 24 horas seguidas si se sospecha que las rocas que se van sacando del túnel puedan tener oro –asegura el minero mientras los otros güiriseros solo lo escuchan.

—¿Se puede trabajar tanto tiempo?

—Adentro de la mina no existe el día ni la noche.

El minero y yo estamos sentados en el suelo del campamento, a pocos metros de la entrada a la mina Santa Elena, uno de los túneles con mayor actividad del cerro. Estamos esperando a que dos mineros que excavan en las profundidades salgan a la superficie. Ya pasaron media hora adentro del túnel que puede alcanzar temperaturas arriba de 40 grados centígrados. Todo este tiempo han sido auxiliados por un ruidoso ventilador, al que artesanalmente se le ha instalado un tubo que refresca el interior de la mina. El zumbido del aparato que funciona con gasolina molesta los oídos.

El campamento es un rancho sin paredes y techo de lámina. Los güiriseros más veteranos descansan en cuatro hamacas que cuelgan de las vigas. Los viejos son los guías de los trabajos de excavación, ellos trabajaron para la compañía minera en los setenta y ya conocen las entrañas del cerro.

Los jóvenes que están sentados en troncos son los que sacan la tierra y la roca de la mina. Y los niños que a esta hora merodean el campamento son los aguateros: bajan hasta las tiendas de San Sebastián y traen agua o botellas de gaseosa.

La minería en el cerro es un asunto exclusivo de hombres. Hombres que esperan su turno para entrar de dos en dos en la oscuridad de la mina. Hombres que se reparten el botín en partes iguales si sacan oro del túnel. Hombres que se llevan el lodo o las rocas con destellos de oro a los molinos de sus casas, donde machacan la tierra y manipulan mercurio para lograr separar el preciado metal del material mineral.

En la molienda artesanal, el desperdicio del mercurio es reciclado. Un método que se cataloga como el más contaminante de toda la minería artesanal, por parte del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente. Se contaminan el suelo, los sedimentos y los peces.

La exposición al químico provoca daños al sistema nervioso, el cerebro y los riñones. Los niños sufren de problemas en la habilidad de aprender, temblores, sordera, y pérdida de la memoria; cuando viven en un ambiente con partículas de mercurio. Los mineros de San Sebastián compran el mercurio –o azogue– en las farmacias del cercano Santa Rosa de Lima. Cada onza les cuesta alrededor de $8. La compran sin preguntas ni regulación.

Los güiriseros voltean a ver cuando uno de sus dos compañeros sale del túnel. El minero viene tan sudado como si se hubiera sumergido en un lago con la ropa puesta. Su pantalón y sus botas de hule están llenos de lodo. Abre bien los ojos clareado por la luz del sol.

—¡Está perro allá adentro! –refunfuña el minero al resto de sus compañeros.

Nadie le responde. El que acaba de salir de la profundidad de la mina es un hombre de piel tostada, tosco y grandulón llamado Guillermo Bonilla. El minero camina malhumorado por el campamento para desentumecer sus piernas. Se levanta la camisa y airea su barriga frente al resto de güiriseros. Guillermo habla y habla sin parar. A los pocos minutos cualquiera reconoce que él es líder de la cuadrilla de hombres que trabaja en la mina Santa Elena.

Los otros mineros lo aceptan tácitamente al escuchar en silencio su voz ronca y asentir a todo lo que dice. Guillermo se sienta en un trozo de madera en el centro del campamento y empieza a querer hablar por los demás. “No somos pendejos, este cerro es de todos los güiriseros, ya nadie quiere trabajar para las compañías, sino que queremos encontrar oro por nuestra cuenta, que la riqueza quede entre estas manos y sus familias”, dice Guillermo con su voz ronca.

Los mineros asienten. Todos vienen de una comunidad pobre donde ni siquiera hay clínica, agua potable, caminos pavimentados o empleos. Y sin la ayuda de nadie suben a este cerro y tratan de escapar de la pobreza cavando su propio inframundo. No tienen más que la arriesgada labor de buscar oro en la oscuridad. En esta esquina olvidada del país, pareciera que los güiriseros se dan fuerza formulándose la misma pregunta: ¿qué es lo que puedo perder?

***

Uno de los niños del campamento tiene hambre y sale a buscar su almuerzo. El pequeño sube por una vereda pedregosa rodeada de árboles de nance y marañón. El niño se entretiene bajando frutas, mientras sigo caminando. Las piedras sueltas del camino hacen que resbale. Unos 40 metros más arriba llego a un plan que parece ser el punto neurálgico del cerro.

Este es el sitio donde antes estaba parte de la maquinaria de la compañía minera. Pero este mediodía, lo único que encuentro es la silueta de un hombre que fuma un cigarrillo debajo de un árbol de marañón. Es el güirisero Alberto Lazo –delgado, alto, chele– y toma un descanso después del trabajo matutino. Ha hecho inmersión tras inmersión en una mina artesanal a pocos pasos de donde está parado.

Una mina que el mismo Alberto empezó de cero junto a su tío Florentín Lazo, y una pacotilla de adolescentes que son sus sobrinos. Los adultos traen a los jóvenes –algunos menores de edad– a las minas como quien lleva a un niño a pescar, o les enseñan cómo manipular el mercurio sin advertir de las consecuencias. Alberto y los muchachos han estado ampliando este túnel artesanal por los últimos 6 meses. Una de las 20 minas que existen en todo el cerro.

Al parecer todas empiezan de una corazonada. Excavan donde los viejos consideren que hay oro. Saludo a Alberto y lo acompaño hasta el pequeño rancho que han levantado como su austero campamento. En la sombra, Florentín –ojos pequeños, bigote ralo, 72 años– descansa acostado en un tronco. Dos jóvenes sin camisa lo acompañan.

Florentín luce cansado. El viejo toma gaseosa y cuenta que han pasado 6 meses en los que apenas han sacado $100 de la mina. Puros resquicios de oro entre las rocas. Insuficiente para cubrir todo el trabajo hecho y el riesgo de excavar sin casco ni otra protección. Nada que cubra el esfuerzo de meterse sin un ventilador que los refresque como en la mina Santa Elena.

—Nosotros estamos güiriseando a puro pulmón –dice Florentín acostado en el tronco.

—¿Y cuánto tiempo pueden trabajar así?

—Solo unos 15 minutos.

El viejo minero hace una pausa. Toma un trago de gaseosa. Después me asegura que él sí extraña a las compañías mineras, los únicos que le han dado empleo formal en toda su vida. Dice que si un grupo de mineros encuentra oro el día de hoy, no lo compartirá con el resto de güiriseros. Mientras que la empresa tan siquiera les pagaba un salario pírrico de 40 colones semanales para sobrevivir junto a sus familias.

Los güiriseros de San Sebastián cuentan leyendas que de alguna forma sustentan las palabras de Florentín. Historias como la bonanza de los Torres. Un grupo de hermanos que se hicieron ricos con una mina artesanal en los años ochenta, cuando la compañía Commerce Group hizo una pausa en la extracción de oro y huyó de la guerra civil. Los Torres derrocharon todo el oro que encontraron. Lo malgastaron en licor, mujeres y en alquilar una avioneta que funcionaba como taxi aéreo entre Santa Rosa de Lima y San Miguel. La usaban para sobrevolar el cantón y el cerro que les había dado riqueza.

Al final de la locura, a los hermanos Torres no les quedó nada.

Los güiriseros dicen que la mina de los Torres está a pocos metros de la que excava Florentín, en la que todavía no ha encontrado nada. Este mediodía, Jesús Bonilla –un joven de 16 años con el rostro anguloso– saca muestras para ver si hay oro en unas piedras que encontró en la mina. Jesús machuca las rocas con un martillo hasta hacerlas polvo y lo echa en un cuerno de vaca cortado a la mitad. El joven disuelve el polvo de la roca con un poco de agua, y mece la mezcla suavemente. Unos pocos granitos de oro se dejan ver en el fondo del cuerno.

—¿Eso es oro? –le pregunto a Jesús quien sostiene el cacho con las dos manos y está acurrucado a un lado del campamento.

—Sí es oro, pero no es suficiente... el puro resquicio que hemos encontrado todo el año.

***

Un joven escuálido me guiará al interior del boquete artesanal que el grupo de Florentín Lazo ha abierto en el cerro. El muchacho se llama Melki y no sobrepasa un metro 70 de estatura. Florentín me da una lámpara recargable y me enseña dónde se enciende. Alberto me dice que deje mi celular porque se podría dañar por el ácido del túnel.

—¿Qué peligros hay adentro de la mina que están haciendo? –le pregunto al viejo Florentín.

—El problema es que la tierra está flojísima porque ya la revolvió la compañía minera, si no somos cuidadosos se puede venir abajo... pero entre a verla –me invita Florentín.

Entramos al túnel profundo con lámpara en mano. El camino principal de la mina armada con troncos de copinol es de casi 30 metros. Un olor ácido se mete en la nariz mientras avanzamos. La acústica de los pasos genera ansiedad. La presión se siente como si fuera una llave que achicara la cabeza. El calor es desesperante. La idea de un terremoto me hace pensar en correr a la salida del túnel.

La mina activa el sentido de supervivencia.

El túnel principal se acaba. A nuestros pies hay una escalera de madera de unos 5 metros de largo. Melki dice que lleva a la parte más profunda de la mina, después de recorrer unos intrincados pasajes que ellos mismos han construido. Los güiriseros comenzaron este túnel en enero de 2012. El mes en el que la cooperativa Minerales San Sebastián –dueña de 1.2 kilómetros cuadrados del cerro– presentó una denuncia al Ministerio de Economía (MINEC) por la fiebre de explotación artesanal que ha atraído a tantos mineros.

“En San Sebastián hay una explotación ilegal, los mineros artesanales no tienen los permisos del dueño del terreno y pueden estar dañando el medio ambiente. Se tiene que trabajar con los distintos ministerios y si las acciones no rinden frutos, nos puede llevar a poner una denuncia ante la fiscalía, porque el Estado es dueño de todos los minerales que hay en el territorio”, dirá Ricardo Salazar, director de Hidrocarburos y Minas del MINEC, unos días después.

Volvemos a la superficie después de unos 10 minutos en la mina. Pero el tiempo pareció más largo bajo tierra. Afuera, Florentín y Alberto están listos para entrar al túnel. El viejo minero tiene la esperanza de encontrar oro antes de que el invierno afloje más la tierra del cerro y no se pueda seguir trabajando en la mina.

—Bien dicen que la fe mueve montañas –bromea Florentín con una mueca de sonrisa.

***

Florentín Lazo y sus muchachos trabajan absortos en su mina a unos 30 metros de un misterioso contenedor que ha sido abandonado en el cerro. Un armatoste color amarillo chillón que resalta a la vista y tiene a los güiriseros asustados. El contenedor es lo único que la compañía norteamericana Commerce Group mantiene en este cerro quebrado que –según estimaciones de la Dirección de Hidrocarburos y Minas de 2005– guardaría 1.5 millones de onzas de oro en sus entrañas.

Después de entrar a la oscura mina con Melki, camino hasta el lugar para ver que el armazón está rodeado por una larga malla ciclón. Nadie se puede acercar al contenedor amarillo que está en el cerro. Aunque los mineros no hayan visto en su interior, asumen la sospecha de que guarda un químico letal ligado a la larga explotación minera del cerro.

—¡Ese contenedor tiene cianuro! –dicen los mineros de los distintos campamentos, haciendo eco al rumor que ya alarma a toda la gente del cantón.

El cianuro es un químico altamente tóxico que se utiliza en la minería a gran escala para extraer el oro del resto de material mineral. El cianuro llegó al cerro de San Sebastián por primera vez en 1904, de la mano del estadounidense Charles Butter y su compañía Butter Salvador Mine. La minera usó el químico para separar el oro de la tierra. Lo utilizaron década tras década.

Cuando las personas se exponen a leves cantidades de cianuro sufren mareos, dolores de cabeza, agitación y vómito. Si la exposición es alta pueden sufrir convulsiones, presión sanguínea baja, ritmo cardíaco lento, pérdida de la conciencia y fallas pulmonares. Los mineros artesanales de ahora no utilizan cianuro por su cuenta sino que solo mercurio.

Sin embargo, el rumor del contenedor con cianuro es tan fuerte que ha llegado hasta la ciudad de San Salvador, al despacho de Yanira Cortez, la procuradora adjunta para la Defensa del Medio Ambiente en la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos (PDDH).

“La verdad es que no sabemos qué hay en ese contenedor y nos preocupa, el 27 de abril enviamos un oficio al Ministerio de Medio Ambiente en el que pedimos información sobre eso, lo sellamos de urgente y les dimos 10 días hábiles para que respondieran, pero todavía no hemos recibido nada de ellos”, dirá Cortez, sentada frente a su escritorio.

LA PRENSA GRÁFICA realizó constantes solicitudes a las autoridades del Ministerio de Medio Ambiente para abordar el tema, pero no dieron respuesta sobre el contenido del contenedor. Y desde sus oficinas centrales en Estados Unidos, la minera Commerce Group aseguró que no estaba dispuesta a dar ninguna información sobre su proyecto minero en San Sebastián.

Aunque no se sepa si el contenedor que está en el cerro tiene cianuro en su interior, lo que sí arrojó el estudio de calidad de agua realizado por el italiano Flaviano Bianchini es que parte del agua del cantón San Sebastián está contaminada con el químico. Es la misma agua que es retenida en el antiguo dique de lixiviación que dejó la compañía minera.

El alarmante dato en el estudio no ha provocado reacción de las autoridades. La procuradora Cortez se queja de su labor: “Se han revocado los permisos de explotación minera en El Salvador desde 2006, pero ningún ministerio ordenó una investigación para determinar si hubo un daño ambiental por las minas que funcionaron por muchos años. ¿Cómo puede ser posible? ¿Por qué el Ministerio de Medio Ambiente no dedujo responsabilidades?”

Sin ninguna atención por parte de las autoridades, los habitantes de San Sebastián han estado solos. Son pocas las organizaciones que se han acercado a ayudar. Dentro de sus limitaciones, la parroquia de Santa Rosa de Lima construyó 56 tanques de captación de lluvia para tratar de solventar una crisis de agua extrema. Lo mínimo dentro del mar de violaciones a los derechos humanos que personifica esta comunidad.

Una semana después del viaje a las minas, el sacerdote Lorenzo Cruz –un hombre delgado, moreno y serio– me atiende en su oficina al lado de la iglesia de Santa Rosa de Lima. Un templo flanqueado por ventas de sombreros y puestos donde los comerciantes compran un gramo del oro que sacan los güiriseros a $40. Un gramo es del tamaño de una canica.

Al llegar a la oficina, el sacerdote me presenta a un hombre que lleva un sombrero de ala ancha y dice llamarse Gustavo Blanco, un líder comunal de San Sebastián. Blanco pinta el panorama en el que han vivido siempre: “La comunidad está intoxicada y a nadie le importa, yo puedo hacer una lista de los vecinos que murieron de insuficiencia renal, cáncer, de los pulmones. Tenemos 5 niños que sufren síndrome de Guillain-Barré en una comunidad tan pequeña. Mi papá fue minero y murió de insuficiencia renal. Mi papá murió en la casa... por eso no está en ninguna estadística”.

***

El veterano minero está encabronado. Han pasado dos días desde la primera vez que vine a la mina Santa Elena y el motor del ventilador sigue rugiendo. Pero eso no es lo que molesta al viejo minero, sino que dos güiriseros de su cuadrilla bebieron licor anoche y sudan la resaca en medio del campamento a las afueras de la mina.

—¿Y estos qué pueden hacer así? ¡A estorbar vinieron! –rezonga el viejo minero, dirigiéndose hacia el grandulón Guillermo Bonilla.

Guillermo mueve la cabeza de izquierda a derecha para mostrar su desaprobación. Los dos güiriseros salen disparados a la tienda para buscar con qué aplacar su sed. El campamento está tranquilo esta mañana. Un grupo de jóvenes revisa unas piedras para cerciorarse por última vez si no tienen oro.

—¡Bichos, eso no tiene nada! –les grita Guillermo, un poco tosco.

Subo por el cerro para buscar un güirisero que haya encontrado el preciado metal en las profundidades del cerro. Camino por senderos estrechos topándome con más minas y más hombres que han venido a excavar su fortuna. Muchos vinieron aquí porque escucharon que unos jóvenes hallaron oro en la mina 300 Miguel. Al principio no lo creyeron, pero después vieron a esos mismos jóvenes comprar las motos con las que ahora suben al cerro.

—Fue una bonanza de unos $70,000 después de 8 meses sin ganar nada, las ganancias nos la repartimos entre 16 mineros –me dijo uno de los güiriseros que está en la 300 Miguel.

No todos corren con tanta suerte. Cerca de la cima del cerro veo a un grupo de ancianos que ha hecho una mina en la pared del cerro. Parece un nido de chiltota. Me acerco a ellos para preguntarles si han encontrado oro por estos días. Heriberto Salazar –un hombre de piel blanca, arrugas en el rostro, 69 años– me dice que sí. Rápido saca un pañuelo de su pantalón en el que guarda una pequeña canica plateada.

—¿Por qué el material parece de plata si es oro? –le pregunto al güirisero.

—Es que todavía está forrada de mercurio, la chibola se tiene que quemar en el comal para que el químico se evapore y tenga el color doradito –me dice Heriberto.

—¿Y por qué no la vende?

—Estoy esperando que los precios suban más allá en Santa Rosa de Lima.

Lisandro Escobar, uno de los compañeros de Heriberto, me dice que han pasado aquí casi 3 años y han obtenido poco oro. Así que hay que vender al mejor precio posible lo que se saca. En estos tres años, Lisandro asegura haber visto a decenas de hombres que se desaniman y se van con las manos vacías del cerro.

Pero siempre hay nuevos güiriseros que llegan a probar suerte. Los niños llegan curiosos a ver qué hacen los mayores en el cerro. Los jóvenes siguen buscando un hilo de oro entre las rocas que les dé suficiente dinero como para construir una casa. Los viejos se acercan en busca de una fortuna de la que no gozaron en su precaria juventud en el cantón San Sebastián. Lisandro me asegura: “Cuando se encuentra el oro siempre se quiere más, y poco a poco el cerro te va ganando”.

—¿Usted no quiere entrar en la mina? –me pregunta sonriente Lisandro, dejando ver sus dientes con coronas de oro.



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