Luego de muchos meses de sospechosos ocultamientos y de especulaciones interminables, se anunció por fin el deceso de Hugo Chávez, que en octubre pasado, y ya en condiciones de supervivencia artificial, había sido reelegido en la Presidencia de Venezuela, cargo del que ya no pudo tomar posesión el pasado 10 de enero porque sus condiciones físicas se lo hicieron imposible. De seguro desde que se le operó el cáncer por primera vez, en 2011, nunca volvió a estar en condiciones de desempeñar su cargo, que siempre ejerció con una vertiginosidad autodestructiva; pero la obsesión de estar al mando unida al despliegue de intereses que operaban a su alrededor hicieron que el artificio de su continuidad prevaleciera sobre todo.

Chávez fue la encarnación de una mezcla explosiva al máximo: el populismo llevado a todos los extremos en el vehículo de una inmensa riqueza petrolera puesta al servicio de esa arrebatada fantasía personal. En andas del llamado Socialismo del Siglo XXI, el mesianismo chavista quiso erigirse en poder continental. Así nació el ALBA, con todas sus ramificaciones, alimentadas por la chequera del petróleo venezolano. Fue toda una imaginería puesta al servicio de un presunto liderazgo histórico, que tomó la figura de Bolívar como emblema seductor.

Ahora, con la ausencia del líder y de su carisma populista y rompedor, se tendrán que empezar a ver las consecuencias reales de todo ese montaje, que no tiene posibilidades de mantenimiento en el tiempo. Como en todos los populismos en acción, queda muchísima gente ilusionada por lo que han recibido y por lo que esperan seguir recibiendo; pero al no existir un proyecto político consistente y funcional, lo que de seguro se acabará por imponer es la lucha de las fuerzas que ese mismo populismo ha desatado, especialmente en las altas esferas del poder. La corrupción y la ineficacia están presentes, y lucharán a muerte por prevalecer.

Toda la experiencia vivida –por Venezuela y por la región latinoamericana a raíz de lo ocurrido desde que Hugo Chávez tomó el poder, hace casi 15 años– es un cúmulo de lecciones que nuestros pueblos deben reconocer, asimilar y poner en práctica. El fenómeno Chávez no surgió de la nada: la ceguera y la irresponsabilidad de los liderazgos tradicionales le fueron abriendo espacios a ese experimento que hoy inicia su progresiva desactivación. El populismo, en cualquiera de sus expresiones, solo encuentra cabida cuando las distorsiones políticas, económicas y sociales le abren paso. Y eso hay que tenerlo presente para hacer que nuestras democracias latinoamericanas entren en fase de madurez verdaderamente modernizadora, en función del progreso efectivo para todos.

Este es momento de reflexión con perspectiva y no de júbilos obscenos. Es indudable, y todos los signos nacionales, regionales y globales lo evidencian en cadena, que nos encontramos en una intensa y decisiva coyuntura histórica, a partir de la cual muchas cosas tendrán que salir potenciadas o corregidas. Nuestra América Latina necesita definir su rumbo hacia los horizontes del desarrollo integral e integrado. Esa es la línea insoslayable del futuro.

Hay que estar atentos a lo que suceda en los días y en los meses que vienen, porque todo nos afecta a todos, para bien y para mal. La historia no descansa, y menos en estos tiempos. Los ciudadanos de esta época tenemos que ponernos a ritmo con la historia.