Por una parte, según el Diccionario de Uso del Español, de María Moliner, paz es “situación en que no hay guerra o lucha”; por otra, según el mismo Diccionario, paz es “situación de ánimo o estado en cualquier sitio o situación cuando no hay lucha o intranquilidad de ninguna clase”. En el sentido de la primera acepción se usa el término para significar que la guerra ha terminado por medio de un acuerdo, y a este se le llama acuerdo de paz. En el sentido de la segunda acepción bien podemos decir que en nuestro país no hay paz, ya que la lucha y la intranquilidad están presentes en nuestro día a día, aunque tal realidad ya no tenga formas de enfrentamiento armado, como ocurrió durante el conflicto bélico.

Nuestro Acuerdo de Paz vino a concluir una guerra interna, de profundas raíces en nuestra realidad nacional, y por ello no podía ser el simple desenlace de la lucha armada. Tenía que cumplir un rol constructor, a partir de las condiciones que detonaron el conflicto. Hubiera sido totalmente impráctico y aun contraproducente tratar de que el Acuerdo de Paz entrara a resolver problemas socioeconómicos de fondo: eso sería tarea del ejercicio democrático posterior. Pero sí tenía que contener las bases para reconfigurar el sistema político, cuya ineficacia y distorsiones fueron el factor detonador del conflicto bélico. Y fue así cómo el Acuerdo permitió que la izquierda política como tal, y sin subterfugios, se pudiera incorporar plena y legalmente al sistema, y cómo se le dio a dicho sistema el sello de civilidad que nunca había tenido en forma real y funcional.

Es evidente que el Acuerdo de Paz tuvo dos misiones integradas: ser la partida de defunción de la guerra y ser la partida de nacimiento de la paz. Esto ya lo hemos expresado como opinión propia cuantas veces ha sido oportuno, pero es necesario tenerlo siempre en cuenta, porque una de las fallas más visibles de nuestra manera tradicional de enfocar y concebir la realidad del país consiste en el aferramiento a la fragmentación y a la improvisación, dejando de lado lo que es de la esencia de cualquier proceso humano: el enlace continuo de causas y efectos. Por ejemplo: la guerra fue consecuencia de los errores estructurales históricos, y luego causa de su propia imposibilidad para resolverse militarmente. Tal imposibilidad causada por la naturaleza misma del conflicto generó como consecuencia la viabilidad de la solución política del mismo. Y así podríamos seguir.

Lo que queremos graficar es que, en el decurso de los hechos humanos, nada surge de la nada ni nada queda en el aire. Haber querido que las cosas tuvieran tal desconexión tampoco fue, en el país, una práctica inocente. Los intereses, de diversa índole, quisieran estar siempre en libertad de hacer lo que les conviene, y el sometimiento al criterio causal y consecuencial le va poniendo vallas a esa presunta libertad de acción. La verdadera libertad, la que se sostiene en las estructuras de la razón y hace posible la convivencia pacífica y democrática, no puede depender de los intereses de nadie. Eso nos lo ha venido comprobando la historia con rigurosa puntualidad; y ahora mismo hay toda una gama de pruebas abiertas, en los planos globales y nacionales, que nos lo hacen ver de manera inequívoca, siempre que nos dispongamos a verlas.

La paz salvadoreña se formalizó en un Acuerdo firmado por las partes que estaban guerreando entre sí de distintas maneras, pero en realidad es mucho más que un Acuerdo. Sus raíces se hunden en la misma realidad salvadoreña. Así como los salvadoreños fuimos construyendo a lo largo del tiempo las condiciones y las estructuras de la guerra, de manera paralela y más invisible íbamos configurando los dinamismos y las posibilidades de la paz. Tampoco es casual, entonces, que militarmente el fin de la guerra fuera “impecable”, como lo calificó la ONU, que acompañó tan vitalmente todo el proceso. Nada es casual. Y las dificultades posteriores tampoco lo son: constituyen la dilatada consecuencia de no haber hecho a tiempo lo que se tenía que hacer.

Y eso que se tenía y se tiene que hacer y continuar haciendo es precisamente el trabajo constructivo de la paz. Ya no como términos de otro Acuerdo, sino como ejercicio de compromisos y de esfuerzos en función de la sociedad pacífica y convivible que ahora es posible con las bases que tenemos. Imaginar que la paz puede venir a los hechos por sí misma, como un regalo del cielo, es una ilusión infantil, que muy fácilmente se vuelve infantiloide. Hay que trabajar duro y a diario para que la paz sea sinónimo de vida bien vivida para todos. Y la tarea hay que hacerla siempre, independientemente del desarrollo que se haya alcanzado. Los tiempos actuales nos enseñan que no hay nada seguro para siempre, salvo la necesidad de esforzarse para que la seguridad del progreso esté debidamente sustentada cada día.