Necesitamos visualizar políticamente el país, tal como éste es ahora mismo y como aspiramos que sea de aquí en adelante, para programar su integración y su desarrollo.
Cuando surgió el Estado salvadoreño, no hubo ningún impulso inicial dirigido a convertirnos en nación moderna y funcional. Durante todo el siglo XIX lo que se dio fue un reincidente caudillismo, que impedía mover la realidad nacional hacia los terrenos de la democratización, como hubiera sido deseable. Es de imaginar lo avanzado y estable que sería hoy nuestro esquema de vida si la democracia hubiera tenido impulsos visibles ya en aquellos tiempos. Por el contrario, el poder se fue volviendo cada vez más absorbente, y la carencia de los debidos controles institucionales generó prácticas de gobierno reñidas con el régimen de libertades que es indispensable para progresar de manera articulada y sostenida.

Es de hacer notar, para entendernos en las debidas perspectivas tanto cronológicas como de significado, que El Salvador no contó nunca con un sistema de partidos políticos ni siquiera incipiente, hasta comienzos de la década de los 60 del pasado siglo. Fue en aquel año cuando surgió el primer partido con identidad ideológica reconocible, que fue el Partido Demócrata Cristiano. Antes de eso, hubo algunas fuerzas en competencia, pero marcadas por el signo personalista, que heredaba formas obtusas del caudillismo tradicional. Fue necesario esperar a que el esquema formal autoritario entrara en fase de quebranto extremo a finales de los años 70 para que la democracia emergiera como única opción disponible.

Todo esto es historia que hay que tener presente como guía de orientación.

Al inicio de la posguerra, echó a andar una dinámica política nueva, sin precedentes. No era sólo que apareciera por primera vez en el escenario de la competencia legal una fuerza política de izquierda sin subterfugios encubridores: era que todo el escenario quedaba abierto para ir perfeccionando la competencia, lo cual no había ocurrido nunca. ARENA y el FMLN venían de las atmósferas y los espacios de la guerra, cada quien con su historia: el FMLN como guerrilla transfigurada en partido político de resultas del fin negociado del conflicto bélico; ARENA como el primer partido real de la derecha, que surgió cuando ésta se quedó sin instrumento al disolverse la alianza tradicional del poder en 1979. La historia, pues, los había hecho nacer al mismo tiempo, con evidentes destinos paralelos.

En 1992 dichas fuerzas ya no estaban en guerra: estaban en competencia. Y ya no eran válidos los simplismos mecánicos de la guerra: había que pasar a las estrategias imaginativas de la competencia. Del simplismo a la imaginación: ese era el tránsito común por hacer. Y desde luego no era un tránsito fácil ni cómodo.

Visto el fenómeno en forma más bien teórica, de seguro lo ideal hubiera sido que luego de 10 años de gestión ejecutiva de ARENA viniera la alternancia con el FMLN. Esto se hubiera podido cumplir perfectamente en 1999. Pero el FMLN se aferró a su condición de comandancia, y en las dos elecciones sucesivas de 1999 y 2004 presentó figuras relevantes de la antigua guerrilla. El electorado giró la vista. ARENA, en esas dos oportunidades, ganó realmente por estrabismo de su adversario.

En 2009 se produjo por fin la alternancia. Y ambos partidos políticos –fuertes como son, por obra del mejor gestor de la fuerza, que es la ciudadanía— quedaron confundidos, por distintos motivos de confusión: ARENA porque la derrota le desnudó su indefensión interna; el FMLN porque no había preparado una línea de acción desde el Gobierno. Así las cosas, llegamos a las vísperas de 2014.

Y el signo prevaleciente respecto de dichas elecciones es el signo de interrogación. ¿Quién va a ganar? No se sabe. ¿Qué va a pasar? De seguro nada que trastorne el proceso. En otras palabras: la incertidumbre ataña mucho más a los partidos políticos que a la realidad. Y dicha incertidumbre trae un reclamo, que es a la vez una tarea: las fuerzas políticas, todas, necesitan reciclaje. Un reciclaje que las ponga al día con el proceso.

A estas alturas, ningún partido de los presentes tiene ideario puesto al día. ¿Qué significa hoy la derecha de ARENA? ¿Qué significa hoy la izquierda del FMLN? ¿Qué postulan en concreto los otros partidos? Y lo mismo puede preguntarse en cuanto a visiones, proyecciones y proposiciones.

El lugar de refugio común es el activismo, que nunca se puede descartar, pero que es cada vez más insuficiente. Es importante, desde luego, que el gobierno, sea cual fuere su signo, se preocupe por atender necesidades inmediatas de los más necesitados, pero el eje de la gestión no puede ser ése. Necesitamos visualizar políticamente el país, tal como éste es ahora mismo y como aspiramos que sea de aquí en adelante, para programar su integración y su desarrollo. El no hacerlo es un vacío político existencial que se va volviendo hoyo negro. Punto de reflexión urgente, al cual no podemos ni debemos escapar.