Las deformaciones heredadas se hacen cada vez más visibles, y las inconsistencias derivadas de querer continuar aferrados a tales deformaciones se vuelven cada vez más dramáticas. Ejemplo vivo y educativo de ello ha sido el desenlace del llamado “conflicto de poderes” entre la Asamblea Legislativa y la Sala de lo Constitucional: en definitiva, los rebeldes tuvieron que recular, como se dice en lenguaje coloquial, empujados por la fuerza de la lógica democrática en acción.

Un poco menos de un año antes de que se abran las urnas en la mañana del 2 de febrero de 2014, los candidatos de los dos partidos más fuertes y el de una coalición de fuerzas aún no definida del todo están sobre el terreno, y hablan ya de hacer debates públicos para que la población compare. Los debates son útiles y se practican como parte del esquema funcional de las competencias democráticas en todas partes, pero lo primero debe ser que se conozca, en forma individualizada, lo que piensan y lo que proponen en concreto aquéllos que se han lanzado a ganarse la confianza ciudadana de cara a la gestión gubernamental que se avecina. Por el momento, los candidatos andan “de la ceca a la meca”, en su ejercicio de contacto directo con la gente de las distintas comunidades, de seguro midiendo, en primer lugar, la consistencia de su “voto seguro”.

Hay que entender, porque es una realidad expuesta reiteradamente por la experiencia, que el éxito numérico en una disputa electoral por la Presidencia de la República requiere la conjunción de dos componentes inexcusables: el llamado “voto duro” y el voto no comprometido de antemano. No es casual que los partidos anden siempre tratando de preservar su “voto duro”, que es el que consideran “seguro”. Si lo pierden, van camino de la irrelevancia. Es lo que les pasó a partidos que, en el pasado, tuvieron fuerza para ganar elecciones presidenciales. En este momento, los dos partidos con “voto duro” suficiente y probado en elecciones sucesivas son el FMLN y ARENA. En ambos casos, se trata de fidelidades que provienen, en buena medida, de los tiempos del conflicto bélico, cuando ambas formaciones surgieron a la vida.

Pero, como se sabe, no basta el “voto seguro” para ganar una elección presidencial: se requiere el acompañamiento del voto “no comprometido” con líneas políticas. Y, en estos momentos, no cabe duda de que la batalla principal se dará en el ámbito de ese voto no comprometido. EL FMLN está apostando a ganar el voto de los beneficiados con los programas de asistencia gubernamental y de aporte del ALBA. ARENA, por lo que se percibe, aún no tiene entera claridad de cómo conquistará el voto no comprometido. En realidad, las condiciones del momento histórico, político y estratégico que vivimos en el país, y más ampliamente en el mundo interactivo en formación, imposibilitan el tener de antemano cálculos seguros. Antes, era mucho más fácil ganar voluntades, sobre todo en los sectores más vulnerables. Hoy, ni siquiera esos sectores son conquista fácil.

Como decimos en el título de esta columna, lo que parece ser la clave en este momento es la conexión directa y funcional entre ciudadanos y ofertantes. Y este tipo de conexión no parte de las palabras ni mucho menos de los discursos, sino de las corrientes de confianza que se establecen en el plano emocional. Cuando se trata de este tipo de elecciones, tan intensamente personalizadas, lo que mueve es la convicción profunda, como en el caso de todas las adhesiones sentimentales. Y por ello, llevarán ventaja los que tengan capacidad y voluntad de “hacer clic” convincente con los sentimientos y con las aspiraciones de aquellos a los que se dirige su mensaje. Lo más importante, por eso, no es andar consultando, sino andar comunicándose. Y comunicándose en plan de acercamiento propio, respecto de lo propio. De ahí que enfrascarse en las críticas a los adversarios sea una actitud contraproducente, venga de quien viniere.

Los distintos candidatos deben ver directamente a los ojos al ciudadano cuya confianza buscan ganar. Esto desde luego es una imagen simbólica: ver a los ojos, es decir dirigirse directamente al ciudadano, no como masa, sino como individuo. La habilidad deberá estar, entonces, no en el discurso preparado para quedar bien, sino en mensaje que convenza de que las cosas se harán bien. En otras palabras, la competencia política tiene que ir subiendo a un nivel profesional, en vez que quedarse en los escalones artesanales donde ha estado rezagada. Estamos hoy ante un reclamo de operatividad que exige, en primer término, mucha capacidad creativa. Y no creatividad publicitaria, sino de inspiración y de conectividad.