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Tranquilidad. Cada vez más capitalinos llegan hasta Cayalá en busca de esparcimiento al aire libre. Para muchos, la vida en la ciudad de Guatemala se ha vuelto caótica.

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  • Tranquilidad. Cada vez más capitalinos llegan hasta Cayalá en busca de esparcimiento al aire libre. Para muchos, la vida en la ciudad de Guatemala se ha vuelto caótica.

  • Azaria. Centro de convenciones de Cayalá inspirado en el Partenón y en las gradas de la iglesia de Chichicastenango.

Tranquilidad. Cada vez más capitalinos llegan hasta Cayalá en busca de esparcimiento al aire libre. Para muchos, la vida en la ciudad de Guatemala se ha vuelto caótica.
Fotografías de Melvin Rivas

Todos tienen algo que decir de la nueva Ciudad Cayalá. Hay quienes dicen que es perfecta. Que Léon Krier –el urbanista que diseñó el pueblo de Poundbury para el príncipe de Gales– vino a Guatemala y la delineó para que algún día sea tan afamada como la Antigua. Dicen que es una ciudad de hermosos edificios de patio, amplios sectores peatonales, restaurantes gourmet, un edificio que parece sacado de la antigua Grecia, apartamentos de lujo y salidas de parqueo que emulan a las estaciones del metro de París.

Dicen que Cayalá es impoluta y que es la urbe mejor diseñada de todas en la región. Que pronto tendrá un hospital y un gran cinema. Dicen que es una ciudad construida para personas y no para los automóviles.

Hay otros que aseguran que Cayalá solo es una burbuja. Un espacio reservado para unos pocos ciudadanos y no para todos. Aseguran que segmenta a una urbe que ya está segmentada, como todas las capitales centroamericanas. Que es un modelo plástico como Disney World. Aseguran que solo es un reflejo de la crisis de inseguridad que vive el triángulo norte de la región y el deseo de aislarse. Que uno de los últimos pulmones de la ciudad de Guatemala se pudo preservar mejor y que no es congruente con el Plan de Ordenamiento Territorial. Dicen que las élites se mudarán a Cayalá y perderán interés –si alguna vez lo tuvieron– en rescatar el decadente centro de la capital de Guatemala. Cayalá es el tiro de gracia.

Como todo en la vida, cada quien tiene su opinión. Lo único seguro es que Cayalá está aquí. Y ahora, la ciudad se alcanza a ver por la ventana del vehículo mientras avanza por el bulevar Rafael Landívar. Desde la calle se observan sus edificios blancos de hasta cinco pisos y la calle adoquinada que la cruza. En el mercado inmobiliario guatemalteco se dice que Ciudad Cayalá es la nueva Cañada, en referencia al sector de la zona 14 donde vivieron los súper ricos en las últimas décadas. Todos quieren vivir aquí. Es un mediodía fresco en la zona 16 de la ciudad. Un agente de seguridad en la entrada indica el rumbo hacia el parqueo. Porque debajo de la ciudadela se extiende un inmenso estacionamiento subterráneo para guardar los vehículos de visitantes y residentes, y que estos salgan a caminar por sus calles. Parqueo por el que se paga $0.64 por tres horas.

Los edificios de estilo tradicional de Cayalá lucen tan perfectos como si fueran una maqueta gigante. El arquitecto guatemalteco Juan Pablo Rosales –uno de los profesionales que ideó el corazón de la ciudad– dice que para crear el concepto de las edificaciones solo respondieron a unas preguntas claves: ¿Cómo construirían una ciudad los españoles que poblaron la región en la época colonial? ¿Cómo sería si tuviéramos la oportunidad de empezar una ciudad desde cero?

El resultado es la utópica Cayalá.

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La primera escena al caminar por Cayalá parece sacada de una película. Es un nutrido grupo de europeos y norteamericanos platicando vivaces durante un cóctel de lujo. Las mujeres rubias llevan elegantes vestidos negros y platican con hombres altos de saco y corbata. Se escuchan sus carcajadas y su parloteo en inglés. El grupo está a la salida de un edificio que tiene unas inmensas columnas que recuerdan al Partenón griego. Un agente de la Policía guatemalteca mira la escena desde abajo, al pie de las escalinatas que llevan al edificio.

–Aquí, ellos son los que ponen las reglas –dice el agente, con su uniforme azul oscuro y un fusil de asalto de fabricación israelí que le cruza el pecho.

El policía se refiere a que la fuerza policial de Guatemala no puede ingresar a Cayalá sin una orden judicial. La nueva ciudad es un espacio abierto pero no deja de ser propiedad privada. Y el día de hoy, él y tres agentes del Grupo de Acción Rápida (GAR) han ingresado a Cayalá porque son los encargados de la seguridad de John Maxwell, un reconocido gurú que ha escrito más de 60 libros de liderazgo y que acaba de terminar su ponencia ante la élite empresarial guatemalteca. Maxwell está de visita y ya tiene una cita con el presidente de la República, Otto Pérez Molina. Pero ahora el conferencista disfruta de un pequeño cóctel.

El agente de la Policía está de pie a pocos metros de un auto deportivo porsche en el que se transporta John Maxwell. La pintura del vehículo es tan nítida que refleja como un espejo los edificios blancos de Cayalá. A esta hora hay mucha gente en las calles de la ciudad, pero la gran mayoría parece ser de la compañía de seguridad de Cayalá o guardaespaldas. Los hay de todos tipos: hay guardaespaldas que visten de saco y corbata, como si fueran del servicio secreto de Estados Unidos; hay guardaespaldas que llevan abrigos y hablan por radio; hay guardaespaldas que se conducen en patinetas motorizadas segway; y también hay vehículos que simulan tráfico en las calles, pero que en su interior transportan más guardaespaldas.

Cualquiera diría que este es un despliegue de seguridad innecesario, pero los últimos días han sido de violencia en la ciudad de Guatemala. Ayer, miércoles 30 de enero de 2013, 10 personas fueron asesinadas en el área metropolitana de la capital. Entre los fallecidos hubo dos policías y un custodio del sistema penitenciario que fueron emboscados y ametrallados mientras se conducían en su patrulla en la zona 5 de la ciudad. Además de una balacera entre policías y roba carros en la calzada Roosevelt, y que causó dos muertos.

En el noticiero del mediodía de Guate Visión, el ministro de Gobernación, Mauricio López Bonilla, hablaba enfático de declarar un estado de excepción que permita recuperar el control de varios sectores de la ciudad. “Vamos a capturar a los sicarios, vamos a entrar a las áreas que son santuarios de la delincuencia y les vamos a quitar las armas”, dice el funcionario, en pie de guerra contra la inseguridad. En Cayalá no se escucha nada de esta guerra. Aquí solo hay cuatro policías que esperan junto a un porsche.

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Los empresarios y funcionarios asistentes a la conferencia de John Maxwell comienzan a irse en sus camionetas BMW y Mercedes Benz. Sus escoltas de seguridad los siguen de inmediato. Cuando pasa el alboroto de los vehículos, Luisa Penedo camina por la calle principal de Cayalá. Ella –piel blanca, lentes, sonrisa amplia– es la encargada de las relaciones públicas de esta nueva ciudad de Guatemala. Entre sus tareas está acompañar a la prensa ante cualquier petición de información. Este jueves, Luisa Penedo acompaña a un periodista suizo que ha venido desde la ciudad de México.

–La noticia de una agencia internacional puso a Cayalá en el mapa –dice la encargada de relaciones públicas, mientras sostiene unos papeles.

El reportaje de la Associated Press (AP) avisaba de “una ciudad entre muros para los ricos de Guatemala”. Se informaba del “polémico” proyecto urbanístico y comparaba la opulencia de Cayalá con las marginales que se observan en la cima de algunos cerros, cuando se llega a la ciudad por la adyacente calzada La Paz. La nota de AP fue retomada por decenas de medios internacionales y hasta Ciudad Cayalá vinieron periodistas de CNN, Univisión, Televisa y Telemundo. Los medios estaban interesados en grabar cómo las familias de la clase alta se resguardaban de la vorágine de violencia que cercena al resto del país. Pero a esta hora no se ve mucho movimiento, las 14 manzanas construidas de la incipiente Ciudad Cayalá están sumergidas en un silencio hipnótico. Las únicas voces que se escuchan son las de un grupo de cinco asiáticos que le toman fotografías a las fachadas de un restaurante italiano.

Luisa Penedo avanza por la calle principal de Cayalá. Es un largo paseo comercial flanqueado por salones de belleza, peluquerías, tiendas de electrónica, pizzerías tradicionales, exclusivas boutiques, chocolaterías y la extravagante estatua de una cebra frente al café Saúl. Las fachadas de todos los negocios están pintadas de blanco para replicar a las paredes caladas de la época colonial. Los edificios en Cayalá están diseñados minuciosamente para que tengan el mismo lenguaje arquitectónico. Actualmente, solo se ha diseñado el 20% de un complejo que consta de 300 manzanas. El plan maestro de la ciudad fue desarrollado por el urbanista luxemburgués Léon Krier, conocido como el padre del neourbanismo.

A grandes rasgos, el neourbanismo es un planteamiento que retoma el modelo tradicional de las ciudades europeas. Una urbe que mezcle a las zonas residenciales de las distintas clases sociales, las oficinas, las tiendas, los parques y las escuelas. Una ciudadela bien pensada donde la gente pueda hacer su vida caminando y no depender del automóvil. “La teoría dice que las ciudades modernas no funcionan y ya colapsaron, que es ridículo dividir la ciudad: hacer suburbios por un lado, centros comerciales por otro, oficinas más lejos y conectar todo por carreteras; es un modelo antieconómico y antisocial”, dice Juan Pablo Rosales, uno de los arquitectos que diseñó Cayalá y que cursó una maestría en neourbanismo en la Universidad de Miami, Estados Unidos.

Ciudad Cayalá es neourbanista. Mientras Luisa Penedo camina por la calle principal explica que los segundos pisos de cada negocio son apartamentos rentados a profesores del cercano colegio americano. Estadounidenses que vienen con contratos de dos años a Guatemala. Pero quizás el rasgo más neourbanista de Cayalá es que no tiene muros, garitas ni portones. Los 25 arquitectos que diseñaron el proyecto de $200 millones eliminaron cualquier barrera de seguridad que afeara la ciudad. En lugar de levantar altos muros y coronarlos con alambre razor, el grupo Cayalá –propietario del complejo– adquirió una sofisticada red de cámaras de vigilancia de alta definición. Un equipo que, según la misma Sony, es uno de los mejores del mundo y cuenta con su propio centro de control. En Cayalá ya se planean pruebas de cámaras con la tecnología de reconocimiento facial.

–Aquí filman todo lo que uno hace –dice Luisa Penedo mientras llega a la plaza de Cayalá, un espacio abierto que dentro de unos días será el escenario del español Julio Iglesias.

Las cámaras se ven en casi todos los muros del paseo. Para Héctor Leal, gerente general de Cayalá –una especie de alcalde de la ciudad privada–, el no tener muros ni garitas es afrontar la inseguridad con un nuevo enfoque. “Nosotros siempre nos hemos vendido como el país de la eterna primavera, pero nunca la hemos vivido, pasamos encerrados en casa, oficinas y mall, esa ha sido nuestra respuesta a la inseguridad, pero inconscientemente estamos diciendo que no nos importa lo que le pase al vecino si estamos bien, y muchas veces ocurre lo contrario, se meten a robar a estas casas amuralladas y nadie se da cuenta de lo que pasa adentro, a la familia Leal le pasó un robo así en 2003, los delincuentes amarraron a la señora de la casa, una hija y la sirvienta y pasaron horas buscando joyas, nadie en la calle se daba cuenta de lo que ocurría, entonces notamos que teníamos que afrontar el problema de otra manera, dijimos que en Cayalá había que botar los muros y que nos importara lo que le pase al vecino, abramos las calles”.

Pero hay quienes opinan que el proyecto Cayalá no se puede catalogar como inclusivo. El arquitecto Alejandro Biguria apunta que el complejo puede carecer de muros y garitas pero tiene barreras virtuales que la dividen del resto de la ciudad de Guatemala. Sentado en su espaciosa oficina de la zona 9, el arquitecto dice que Ciudad Cayalá no toma en cuenta a las personas que viajan en el transporte público, y que solo pueden ir las que tienen para pagar por el estacionamiento. Un empleado del sector comercio tiene un sueldo promedio de $280 mensuales, según el Instituto Nacional de Estadísticas de Guatemala (INE).

–Cada desarrollador es libre de hacer su proyecto, pero solo el tiempo dirá si esta propuesta habla de ciudad de pocos o de ciudad de muchos, si esta zona que tiene las dimensiones del Central Park de Nueva York se logra integrar al resto de la ciudad de Guatemala o solo es para los que pueden pagar –dice Biguria, desde el laboratorio de arquitectura que regenta.

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Tres trabajadores de una compañía de tapetes esperan a que les abran la puerta en un edificio de apartamentos en Cayalá. Uno de los edificios que ya está comenzando a ser habitado en la pequeña ciudad. Una mujer delgada y de cabello castaño les abre la puerta del edificio. Los trabajadores entran cargando una larga alfombra roja para decorar el apartamento. Este es el edificio Durián de Cayalá. Un complejo de 39 apartamentos con jardines internos que se levanta en la parte posterior de la calle comercial.

La administradora de condominios, Ingrid Welches, es la encargada de que todo esté impecable en los edificios de lujo de Cayalá. Ella entra un poco después que los trabajadores que cargan la alfombra. Al ver el complejo desde adentro, el estilo vernáculo de la arquitectura hace pensar que se está en alguna ciudad española. Los jardines lucen impecables y verdes. En la información de bienes raíces de Durián de Cayalá se menciona que el complejo está diseñado para “familias de sector A y B+”, apartamentos con acabados suntuosos valorados entre $260,000 y $800,000. El edificio ya está completamente vendido.

Pero adquirir una propiedad en Durián de Cayalá es un lujo que solo se puede dar un sector reducido de la sociedad guatemalteca. Según un reportaje publicado en El Periódico sobre la desigualdad en la distribución de la riqueza en cuentas bancarias, solo hay 16,793 cuentas que acumulan ahorros superiores a $128,000. Lo que contrasta con las 11 millones de cuentas –el 90% del sistema financiero– con saldos menores a los $641.

El complejo Durián de Cayalá luce impecable esta tarde de viento. Son dos edificios con un sistema de construcción de marcos rígidos, cerramientos perimetrales y divisiones interiores de block. En el techo de tejas rojas hay paneles solares que obtienen la energía suficiente para el calentamiento del agua residencial. Debajo del complejo hay un amplio parqueo privado –con iluminación por sensores de movimiento– para los inquilinos. La administradora Ingrid Welches da un vistazo a Durián de Cayalá y se va caminando al otro edificio de apartamentos que está al cruzar una calle angosta de la ciudad.

El arquitecto Juan Pablo Rosales explicó que si uno compara el porcentaje de calles que hay en Ciudad Cayalá con el sector de San Benito, en San Salvador, el resultado sería el mismo. “Lo que cambia –explica Rosales– es que en San Benito las cuadras son grandes y las calles más anchas, por eso a nadie le gusta caminar, la gente se pierde en esa cuadrícula gigantesca, en cambio, las calles de Cayalá son más angostas y fomenta su uso peatonal”.

Ingrid Welches entra al edificio de Granada de Cayalá. En ambos edificios se mantiene un apartamento para que las personas interesadas lleguen a verlo. La mayoría de clientes potenciales se acercan los domingos después de asistir a la misa en la ermita de Cayalá. Un lugar temporal para celebrar la liturgia. Dentro de poco tiempo, en la pequeña urbe se comenzará a edificar la iglesia Santa María Reina de la Familia, el primer templo tradicional construido en el nuevo siglo. La iglesia estará a cargo de la orden del Opus Dei. La primera piedra de la construcción se colocó el pasado 27 de enero de 2013.

Los desarrolladores dicen que –como en los tiempos coloniales– la iglesia será el centro de la vida en la ciudad. La historia de Guatemala tiene una gran influencia arquitectónica en los edificios de Cayalá. Según Pedro Godoy, arquitecto que diseñó la iglesia, la nueva urbe está inspirada en la Antigua Guatemala, en el centro capitalino, en los mayas, y en los emblemáticos graderíos de la iglesia de Chichicastenango. Son postales típicas de toda Guatemala. A Cayalá solo parece faltarle el icónico rostro y los refajos de colores de los indígenas.

La administradora de Cayalá entra a un apartamento que tiene 278 metros cuadrados. El interior del recinto está amueblado y luce un piso extremadamente limpio. La responsable de tanta pulcritud y orden es Olivia Hernández, una mujer de temperamento cálido que va ataviada con el típico traje de empleada doméstica color azul profundo y delantal blanco. Doña Olivia lleva puestas unas botitas celestes sobre sus zapatos, para no ensuciar el piso mientras camina por el lujoso apartamento que se muestra a los futuros inquilinos.

Ingrid Welches hace un recorrido por el recinto mientras la empleada doméstica se queda en la cocina. Hay una leve música de ambiente como si estuvieran en un ascensor. Olivia lleva cinco meses trabajando en Cayalá después de ser cocinera en un gran hotel en la ciudad de Guatemala. Trabajó entre ollas y sartenes por más de una década. Ahora, dice que todavía se está acostumbrando a su nuevo empleo.

–Yo digo que ya tengo cintura de tanto trapear –dice Olivia, taciturna.

Ciudad Cayalá ha generado alrededor de 2,500 fuentes de empleo. Puestos laborales en la construcción o los 50 guardias de seguridad que se ubican a lo largo del paseo. Jóvenes que en su mayoría no sobrepasan los 25 años de edad y que visten de saco y una corbata con pequeños rombos de color negro. La mayor parte del tiempo, los jóvenes lucen serios, un tanto aburridos, y con una apariencia imberbe como si se acabaran de graduar del colegio o del bachillerato. Algunos de ellos vienen de lugares tan lejanos como el departamento de Jutiapa, fronterizo con El Salvador. “Hace poco fui a Las Chinamas en busca de trabajo, pero solo nos pagaban $6 como ayudante de albañil, así que mejor me vine a Ciudad Cayalá a ser seguridad”, dijo uno de ellos, antes de entrar al apartamento donde Olivia Hernández se la pasa limpiando el piso.

Doña Olivia no viene desde tan lejos. Ella vive en un barrio popular de la capital conocido como Boca del Monte. Un recorrido que se puede hacer en media hora de distancia, pero que para ella se convierten en tres largas horas por el caótico tráfico capitalino, y porque le toca trasbordar tres autobuses para llegar hasta Ciudad Cayalá. Para ella es como vivir y trabajar entre dos mundos opuestos.

–Para mí esto es lindo, caminar sin miedo de que me van a robar y que los edificios sean tan preciosos –dice Olivia, enfática.

– ¿Cómo vive ese cambio de ambiente?

–Pues ya le digo, yo salgo de un lugar tan lujoso, tan precioso, y voy a… mi colonia.

– ¿No le dan ganas de quedarse?

–Sí, ¡Ala, que bonitas cosas hay! Algunas veces veo los vestidos que tienen en las tiendas, los trastes de cocina, me da vergüenza preguntar cuanto valen. Yo me digo a mí misma: mis fuerzas no dan para eso.

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Ciudad Cayalá es como un apacible sueño. Son las 4 de la tarde de un día de semana, y en medio de la plaza de Cayalá hay dos hombres bajitos que venden algodones de azúcar a 10 quetzales. Tres niñas rubias de unos seis años corren por una escalinata para llegar hasta un carrusel de caballitos. Una pareja de novios se abrazan cariñosos por las ráfagas de viento que recorren el paseo de la ciudad. Unos hombres beben sorbos de café y platican entre risas. Los altos edificios de la ciudad de Guatemala se ven lejanos y un tanto bucólicos.

Este espacio es un contraste con el resto de la capital. A esta hora, cuando miles de personas salen de sus trabajos y se dirigen a sus hogares para cenar, los bulevares de la metrópoli más grande de Centroamérica se desbordan de automóviles. El ruido es ensordecedor: los frenazos de los vehículos, miles de motocicletas, los largos bocinazos de los conductores hastiados. Y en cada esquina de la ciudad hay un policía de tránsito con chaleco fluorescente que parece al borde de la locura frente a tal cantidad de vehículos.

Aunque Cayalá y la ciudad de Guatemala luzcan tan lejanas y opuestas, arquitectos y urbanistas saben que las dos se afectaran para bien o para mal. Aislarse no es una opción. La inseguridad de Guatemala ya llegó al estacionamiento de Cayalá, y se reportaron los primeros hurtos en un área del parqueo que todavía no había sido dotada de cámaras de vigilancia. Además de que también se atisban efectos para la misma capital de Guatemala.

Aurelio Hernández, representante del Colegio de Arquitectos de Guatemala y quien trabajó en la urbanización Jacarandas de Cayalá, aseguró que la nueva ciudad no es lo más sano, desde el aspecto medio ambiental, porque se acabó con una reserva natural, pero que es un proyecto válido. “Cayalá es una de las zonas con más plusvalía del área metropolitana, las propiedades rondan el 400% y en la ciudad manda el mercado, todo es válido si al final es rentable, nos guste o no nos guste”, dijo Hernández, mientras daba sorbos a una taza de café, en el colegio de arquitectos en la colonia El Maestro, de la zona 15.

Cayalá se vende como uno de los lugares más exclusivos de Centroamérica junto a proyectos como el rascacielos de Punta Pacífica, en el istmo de Panamá, o la Metropolitan Tower en La Sabana de San José, Costa Rica. Los arquitectos están atentos a la influencia que puede tener el neourbanismo en las ciudades de la región. Herbeth Granillo –del Colegio de Arquitectos de El Salvador– dice que estas “ciudades burbujas” solo son el resultado de la grave crisis de convivencia en los sistemas de asentamientos humanos de la región.

–Nuestras sociedades están en declive y al final de cuentas el capital crea la ciudad, cuando ya no sirve solo la mueven de lado –aseguró Granillo, en una tarde calurosa en San Salvador.

Para Carlos Ferrufino, jefe del departamento de organización del espacio de la Universidad José Simeón Cañas (UCA), el problema del neourbanismo es que solo se aplica a enclaves de la ciudad y no a la urbe en su totalidad. “Este modelo tuvo éxito en la edificación de ciudades para jubilados en Florida, pero lo complicado es su aplicación en sociedades con clases sociales tan marcadas como las latinoamericanas, yo quiero tener mi sentido de comunidad, pero solo con los que son iguales que yo, una comunidad cerrada que da paso a la exclusión”, explicó Ferrufino.

Sin embargo, hay otras voces que creen que el neourbanismo es la respuesta a todos los males que sufren las ciudades de Centroamérica. El arquitecto Juan Pablo Rosales asegura que el neourbanismo puede revitalizar los centros históricos de las viejas capitales de la región, acosadas por el caos y la violencia. Actualmente, Rosales trabaja en un plan maestro de neourbanismo que se planea construir paralelo a la ciudad de Antigua Guatemala.

La idea es crear una ciudadela gemela para que los negocios se muevan allí, y dejen el casco histórico de la ciudad colonial para ser habitado por la gente. “El neourbanismo es una gran oportunidad para embellecer nuestras ciudades, Cayalá solo es el principio de una urbe que algún día va a ser un destino turístico, como el barrio de La Recoleta en Buenos Aires, soy un idealista y creo en ello, no es innovar sino que volver a los orígenes… y ahorita ya estamos coqueteando con un posible cliente para hacer un proyecto de estos en la ciudad de San Salvador”.

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Noche de viernes en Cayalá. Las discotecas de la pequeña ciudad se comienzan a preparar para recibir a cientos de jóvenes sedientos de fiesta. Las chicas caminan agarradas de las manos para no caer si se resbalan en sus tacones. Los muchachos avanzan abrigados y bulliciosos en grupos numerosos. Algunos de ellos son seguidos de cerca por sus guardaespaldas. Las decenas de agentes de seguridad de Ciudad Cayalá siguen en sus puestos. De vez en cuando toman sus radios para avisar de cada movimiento. Algunos de ellos tratan de lucir un tanto encubiertos pero son demasiado obvios.

Hace un frío que hace tiritar a cualquiera. Este es el momento de más vida en Ciudad Cayalá. Los negocios y restaurantes lucen llenos de clientes. En el salón de belleza The Hyve hay un joven y tímido estilista salvadoreño que arregla el cabello de una mujer delgada y elegante. La administradora del salón, María Mercedes Goicolea, entra al negocio en este instante. Lleva su cartera al hombro y dice que ha tenido un día ocupado. María Mercedes es una mujer de piel blanca, cabello impecable y sonrisa franca.

Por estos días, no oculta el idilio que vive con su negocio en Ciudad Cayalá. Hace siete meses adquirió el salón de belleza y dice que nunca había estado tan feliz. Ella es dura con los críticos del complejo neourbanista de la zona 16. “No es posible que sea vea de forma negativa a una buena iniciativa de la empresa privada, que se vea desde un punto de vista clasista, hay que construir y no destruir”, dice María Mercedes, mientras en el salón de belleza suena una secadora de mano.

La dueña de The Hyve está segura del éxito de Ciudad Cayalá. Dice que el vínculo esperado con el resto de la comunidad ya se está formando en el complejo. Que los vecinos de los apartamentos bajan de los pisos superiores y se están conociendo. Es más, María Mercedes sale del salón para saludar al dueño del negocio de al lado. Es un guatemalteco descendiente de chinos llamado Jacobo Sánchez. La tienda del comerciante se especializa en traer té y recuerdos desde el continente asiático. Los muros están llenos de espadas y gatos que mueven de arriba abajo su pata izquierda en señal de buena suerte.

Jacobo ofrece una taza de té y se sienta en una de las bancas de Ciudad Cayalá. Dice que vino aquí solo porque le prometieron seguridad. Los desarrolladores lo sedujeron diciéndole que este es uno de los pocos lugares en la ciudad de Guatemala donde se puede caminar sin temor a ser víctima de delincuentes. Y a Jacobo Sánchez ya le intentaron robar dos veces a punta de pistola, mientras manejaba en su vehículo cerca de la zona Viva. Ya nunca se quiere volver a arriesgar. “Nos dijeron que en Cayalá íbamos a estar seguros, y por el momento han cumplido”, dice Sánchez mientras bebe de su vaso de té.