Este fenómeno tiene otra característica que no puede pasar inadvertida: su carácter abarcador. En otras épocas, parecía que la evolución tenía tratamientos diferentes para regiones y para países, con lo cual se daba la impresión de que el mundo iba moviéndose en distintas velocidades. Hoy, el primer signo mundializador consiste en que todos —los desarrollados y los subdesarrollados, los poderosos y los débiles, los ricos y los pobres— tenemos que enfrentar los desafíos de una realidad que no privilegia a nadie ni excluye a nadie. Desde luego, siempre hay grandes diferencias, y eso de seguro nunca dejará de ser así; pero están desapareciendo los pases de cortesía: la evolución demanda que todos compren su billete.

En el ámbito internacional, en estos precisos días se han dado acontecimientos que nos ponen a todos a la expectativa, y no porque sean hechos insospechados, sino porque traen consigo advertencias históricas que no es posible dejar de lado con un gesto de desdén. El caso de la falta de entendimiento partidario en Estados Unidos sobre el tema crucial de los recortes presupuestarios multibillonarios pone en evidencia que la política como instrumento de gestión está en crisis, y que se impone la necesidad de replantearse los criterios funcionales del juego democrático; y el hecho de que situaciones como ésta se den en un país con la arraigada tradición que al respecto tiene Estados Unidos viene a poner de manifiesto que nadie puede considerarse ajeno a las transformaciones que está demandando la dinámica actual.

Las instituciones más consolidadas y poderosas tampoco escapan a los retos transformadores de la evolución. Hace muy poco, se dio un hecho que llamó la atención de todo el mundo: la renuncia del Papa Benedicto XVI. No se había producido una decisión semejante desde hace 6 siglos, es decir, desde antes del descubrimiento de América. De inmediato, infinidad de especulaciones comenzaron a circular. Desde las más extravagantes y morbosas hasta las más sencillas y razonadoras. Pero el hecho es que tal renuncia abre una perspectiva novedosa. Y no sólo sobre quién será elegido para la sucesión, sino, especialmente, en referencia a lo que significará tal sucesión. Es de advertir que, más allá de la elección, la Iglesia ha entrado en fase transfiguradora. ¿Será eso lo que un Papa como Benedicto XVI, de brillante pensamiento conservador, ha querido decirnos?

América Latina está hoy en el centro de su propia historia, y ya presente como nunca antes en el mapamundi. Qué lejanos parecen los días en que no éramos más que traspatios de influencia de las llamadas entonces “grandes potencias”. Mal acostumbrados a soportar hegemonías extrañas, el tránsito ha querido reproducir la dependencia hegemónica, pero con sello propio, para decirlo de alguna manera. El surgimiento del chavismo socialista es una muestra de ello. La ilusión de un imperialismo autóctono, con vistosas vestimentas populistas. Hace unos pocos días, ha muerto Hugo Chávez, personaje de indudable y beligerante carisma. ¿Qué será ahora de su proyecto nacional y transnacional? Quizás el principal problema para tal proyecto sea que el caudillo puede heredarlo todo, menos su condición. Lección de siempre que hay que recordar siempre.

El Salvador es un pequeño pero muy elocuente muestrario sobre los movimientos tácticos y estratégicos de la evolución. Y es curioso que lo sea, porque nuestra sociedad, desde que surgió como tal a la vida independiente, ha venido usando todos los recursos imaginables para no hacerse cargo de la responsabilidad evolutiva. La evolución, pues, se ha manejado en forma casi clandestina. No es de extrañar, entonces, que la clandestinidad, en tantas variadas formas, haya sido una constante histórica en el país. A partir del fin de la guerra, la evolución se vuelve cada vez más visible, y eso asusta, confunde y encoleriza a tirios y a troyanos. Lo más revelador, sin embargo, es que los recursos y las estratagemas contra la evolución pueden cada vez menos. Y eso nos debería dar el aliento suficiente para encarar el futuro con esperanza.

¿Qué viene, en el país y en el mundo, de aquí en adelante? Dependerá de lo que hagamos con las realidades del fenómeno actual. Nada está escrito en piedra, nadie está en posesión del poder decisorio, hay una dispersión de buen augurio que podría derivar en un nuevo esquema de interacción universal. ¿Será posible que lleguemos a ello? Aunque pareciera una aspiración lírica, como dicen los que no entienden lo que significa la lírica, lo cierto es que deberíamos irnos acostumbrando a reconocer que la realidad es más imaginativa que la fantasía, como los acontecimientos históricos y científicos nos lo demuestran con recurrencia puntual. La aceleración histórica que vivimos no puede ser casual ni circunstancial: es el producto de la acumulación también histórica y de las energías que dicha acumulación tiene disponibles.