Como extranjera, soy una suerte de embajadora. Uno es El Salvador para un extraño, y lejos de las culpas que me acarrea que juzguen que mi país es quien soy yo, he desarrollado mi especial manera de explicar qué es El Salvador. Eso me ha llevado a recolectar datos breves cual notita de Wikipedia que me sirva para explicar cómo es un país. Y uno debe ser rápido y sobre todo simpático. No me sale ser corresponsal del Ministerio de Turismo, pero algo así. Lo malo en mi caso es que me la he pasado recolectando información, y la información puede llevar a la verdad, pero uno no puede disparar tanta amargura a los recién conocidos.

Lo primero es explicar que no tenemos salida al Atlántico. Y que no tenemos selva. Piense en la idea de Centroamérica y es una postal de Costa Rica con algún ave exótica o quizá de Guatemala y sus pirámides. Entonces la gente tiene bien por asumir que El Salvador, como los otros cuatro países centroamericanos, tiene selva y salida al Caribe. Uno dice: no, tenemos 2% de nuestros bosques (dato desactualizado seguramente); y no, somos Pacífico, digo, tenemos playas bonitas. ¿Bonitas como en Cancún?, pueden preguntar con buena fe. Respondo que no conozco Cancún.

Lo otro es explicar que uno “vosea”. No, no soy como argentina, debe uno explicar (un argentino llegó a decirme que si estaba voseando como burla hacía él). No. Explico que se vosea en toda Centroamérica, en el sur de Chiapas incluso. Lo mejor es toparse con algún sureño mexicano: vosea y puedo hablar de los tamales de chipilín, de decir bolo al borracho y decirle chuchos a los perros y no a los que se llaman Jesús.

Y es que si yo les preguntara a los salvadoreños ¿qué piensan de Nayarit? ¿De Chiapas? ¿De Baja California? Todos esos estados son más grandes que nuestro país. Y Centroamérica cabe cinco veces en territorio mexicano y hay casi el triple de mexicanos que centroamericanos. Uno entiende que no es ignorancia mal habida, en muchos casos. Es simplemente otra realidad. Una más grande.

Luego las conversaciones se ponen interesantes, porque la gente se intriga. ¿Cómo algo tan cerquita puede ser tan diferente? Porque yo, educada por novelas de Televisa y Chespirito, sé por lo menos cómo hablan los mexicanos. Uno ha oído el cantadito, pero nadie reconoce a ciencia cierta el acento salvadoreño. Uno lleva un poco más de ventaja. Y debo decir que sí he sentido que me da cierto poder. Incluso me he visto tentada a inventarme un país que no existe, el que me gustaría.

Pero ser embajadora puede ser muy sencillo. Uno puede encontrarse con mexicanos que saben mucho de El Salvador, que han estudiado sus procesos más que nosotros (créanme que los hay), otros que van a eventos sobre Roque Dalton, taxistas que tienen amigos salvadoreños, mexicanos que me han acompañado a dar donativos para las lluvias, otros que simplemente les importa qué pasa. Hay de todo. Y eso es el México que también quiero predicar.