Nuestro proceso democratizador viene siguiendo una ruta accidentada pero persistente; y lo primero que tendría que considerarse, al hacer un juicio de valor sobre lo que llevamos recorrido del mismo, es el hecho de que no hayamos sufrido regresiones significativas, ni haya signos de que podamos sufrirlas en el futuro. Lo que hay es mucha insatisfacción y aun mucha frustración porque las cosas no se van dando como se quisiera, dadas las condiciones de arranque de esta nueva etapa nacional. Pero esas sensaciones y sentimientos, que en sí resultan tan obstructores de un avance normal y tranquilo, deberían servir de estímulo para enderezar el rumbo.

Cada problema de los que enfrentamos en el día a día tiene sus propias raíces y da sus propios frutos; además, hay una problemática de base, que incide en la forma en que se pueden ir tratando y resolviendo los problemas específicos. Dicha problemática de base está centrada en las actitudes, en las percepciones, en la capacidad de ver las cosas con claridad y sin prejuicios y en la voluntad no sólo de hacer las cosas bien sino de hacerlas con criterio nacional, en función integrada y con una mira compartida: el servicio al bien común. Ahí están, sin duda, muchas de las claves de lo que sería un ejercicio saludable del quehacer democrático.

Existe un calendario político siempre en movimiento, que hay que respetar escrupulosamente como norma básica de conducta democrática; pero dicho calendario no puede ni debe sustituir al calendario de la evolución nacional, que no está marcado por fechas sino que funciona como una secuencia continua. Distinguir entre el calendario político y el calendario de la evolución es uno de los requisitos esenciales para que el proceso pueda ir moviéndose en forma coherente y consistente. Y en estos momentos, en los que la campaña presidencial va con creciente viento en popa, hacer ese sano distingo es más que oportuno.

La mayor parte de las dificultades que se presentan derivan de la falta de madurez democrática de nuestras fuerzas y liderazgos. Esto quedó perfectamente graficado en el conflicto que se desató hace algún tiempo entre la Asamblea Legislativa y la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia. Un conflicto que, visto desde fuera y sin los pasionismos que mostraron sus actores, fue completamente incongruente con una práctica sana de los pesos y contrapesos que la democracia trae naturalmente consigo. Tal incidente tan deplorable debería servir de lección para no volver a actuar en esa forma tan fuera de control en lo que venga.

La madurez democrática también tendría que hacerse manifiesta en las ofertas electorales que están por salir a la luz en el curso de la campaña que ya se encuentra en el terreno. Una de las áreas en las que menos espíritu innovador se ha puesto de manifiesto a lo largo de los decenios más recientes es la que corresponde al diseño y al desenvolvimiento de las campañas electorales, y muy en especial las presidenciales. Es como si en ese plano se quisiera detener el reloj, lo cual siempre conduce a equivocaciones irremediables.

La creciente presencia del sentimiento y de la opinión de la ciudadanía en el escenario de la realidad nacional debería ser el mejor estímulo para que los partidos, sus liderazgos y sus candidatos se interesen de veras en modernizar mensajes, consignas, propuestas y métodos de acción. De no hacerlo, pueden recibir sorpresas muy inquietantes en las urnas.