Nos ha costado mucho entender que no hay riqueza en un país sin el esfuerzo de los empresarios. Pero tampoco la hay sin un gobierno que aplique, y defina, políticas públicas que nos ayuden a producir esa riqueza.
Aunque a algunos no les gusta que se regalen las cosas por ortodoxia económica, la paz social significa acordarse de quienes nacieron con poco, o nada a su favor. Acostumbrarse a ver a los ancianos pedir dinero en las esquinas de las calles es convertirlos en verbos inmóviles, en una vergüenza para todos.

Lo segundo que más aprecio es la embestida social de la primera dama, Vanda Pignato, para proteger y dignificar a mujeres y jóvenes. En ese tema se ha creado una nueva cultura que nació cuando los ideales agonizaban. Con solo poner un pie en Ciudad Mujer vale la pena repetir a Erich From: “Cada vez tengo más razones para el pesimismo, pero más motivos para la esperanza”.

Sin mucho aspaviento, con una convicción enorme, la primera dama nos ha mostrado de qué lado se puede colocar la acción del Estado para que nadie crea que la democracia es un lujo para ricos.

Hay un tercer eslabón en mis preferencias de fin de año: las obras públicas que Gerson Martínez ha regado por todo el país, con una marca de honradez y eficiencia pocas veces vista.

Gerson es otro de los funcionarios que le ha hecho una contribución al país: ha juntado cosas pequeñas y grandes que son como milagros cotidianos.

Podría agregar un cuarto éxito en un tema en el que nací como incrédulo, crecí con la duda pero ahora debo reconocer que, con hostias o sin hostias, mucho cambió: la tregua entre pandillas.

No importa cómo se dé ese milagro. Lo que importa es que si en asuntos de seguridad no se hacía nada, el país entero iba camino al sanatorio. Pero, más que todo eso, hace algunos días me senté, como tres horas, con todos los jefes policiales del país a hablar sobre la misión y hasta de las ingratitudes del periodismo.

En ellos encontré la mejor arma de todas: la inmensa voluntad que tienen para repetir aquella frase que hace muchos años le escuché a Omar Torrijos, cuando me salían las primeras babas por el periodismo: “De pie o muertos, pero nunca de rodillas”. Y eso pasa también por avalar entendimientos.

Lo que no me gusta de este gobierno es su fracaso en asuntos económicos. Esa asignatura troncal la ha perdido el gobierno con malas notas. Estamos en el sótano del desempeño de las economías centroamericanas, en buena parte por los estornudos estériles, y por el hecho de que lo único que hemos visto, durante todo el año, es al gobierno y a los empresarios agarrados de las greñas.

Eso ha paralizado la construcción de un sendero hacia el progreso y la producción. Nos ha costado mucho entender que no hay riqueza en un país sin el esfuerzo de los empresarios. Pero tampoco la hay sin un gobierno que aplique, y defina, políticas públicas que nos ayuden a producir esa riqueza.

Ese divorcio entre la empresa privada y el gobierno nos está costando más caro de lo que muchos creen.

La economía está mal, el desempleo es creciente, los que están produciendo lo están haciendo bajo una intensa zozobra, la inversión es raquítica y las condiciones estructurales para producir no cambian. Para peor, las finanzas públicas se despeñaron en un abismo.

El gobierno debe cuidarse también de no ser apreciado como “mecha corta” o prepotente. Hay algo de eso que tampoco me termina de gustar en el comportamiento de algunos funcionarios. Talvez se olvidan que la memoria más corta de los ciudadanos siempre es fuente de alimento o de veneno. El poder debe enseñar a la gente a respetarlo. El poder es autoridad pero jamás autoridad envenenada por lo que creo ser.