Vladimir Ílich Ulianov, conocido como Lenin, fue un genio. “Volodia (diminutivo de Vladimir) me da miedo –dijo la madre al padre–, es demasiado inteligente.” Entonces era un niño pequeño, de cabeza tan grande, que hacía perder equilibrio al frágil cuerpo. Su mamá habría experimentado además de miedo, pánico, terror, de haber imaginado los centenares de millones de vidas que, ya en favor o en contra de ellas, se sacrificaron por las ideas de su hijito.

Me parezco a Lenin en que cuando era un niño pequeño, mi cabeza era tan grande que me desbalanceaba, dificultándome aprender a caminar, lo cual logré hasta los 4 años. Pero el único temor que inspiraba a mi progenitora era que al caer me despedazara la “chocoya”.

Don Juan Carlos de Borbón-Parma fue elegido para sucederlo por Francisco Franco, quien desató la guerra civil, 1936-39, más cruel hasta entonces conocida y, al triunfar, estableció una férrea dictadura de 30 años. Saltándose a Don Juan, Conde de Barcelona, legítimo continuador de la dinastía real por él interrumpida, Franco hizo rey de España a Juan Carlos, de quien se temía fuese continuador del despotismo, en cambio volviéndose uno de los gobernantes más iluminados del siglo XX. Guio a su país para convertirlo de tiranía en democracia y de semi desarrollado, a gran potencia avanzada en todos los órdenes. Con Juan Carlos nos une algo sustancial: los dos nacimos en 1937.

John Fitzgerald Kennedy en apenas 1,000 días al frente del país más poderoso del mundo dejó en él una huella profunda e imborrable. Juventud, buen humor, simpatía magnética, inteligencia suprema, le daban una imagen que envidiaría cualquier político. Demostró claridad de ideas y energía tremendas, verbigracia al desafiar y vencer a los omnipotentes magnates del acero al interior; y, al exterior, saliendo victorioso de la crisis de los cohetes, que colocó a este planeta en su más peligroso riesgo de extinción, desde la crisis que acabó con los dinosaurios.

Con él mi semejanza tiene mayor complejidad. Su famosa consorte Jacqueline lo definió “un idealista sin ilusiones”. Yo también soy un idealista, pero iluso; de esos que alguien definió como “un simpático señor que cree que la humanidad puede ser mejor que los hombres”, solo que no soy simpático; tengo bastante capacidad innata para caer mal.

William Faulkner fue un escritor norteamericano, cuyas obras leí en mis años 20, en los bellísimos tomos de la colección Premio Nobel, que publicaba la Editorial Aguilar. No me parecí a él; solo quise emularlo.

Dejando de lado su gigantesca estatura literaria, inalcanzable incluso en sueños, quería imitarlo en que cuando ganó fama y riqueza, se retiró a su pueblo natal, para dedicarse exclusivamente a escribir, hasta su muerte. Sin fama y sin más riqueza que una jubilación, quería venirme a Berlín para ordenar mis escritos, hacer los otros que pudiera y entregarlos a la imprenta. Pero obtuve mi pensión antes de tiempo y la inflación la hizo más pequeña de lo que era. Por eso tendré que trabajar hasta donde las fuerzas me alcancen, sin perder, al contrario alimentando siempre, a la esperanza de poner mis pensamientos ahora por fortuna ya no solo en el papel, sino en los medios que abre la internet.