Ratzinger, evidentemente, nunca ha visitado Atiquizaya. Si lo hubiera hecho, entendería que el problema no es tan simple como guardar al buey y a la mula en sus respectivas cajas. No recuerdo la cifra exacta, pero durante mi adolescencia contemplé muchos nacimientos en Atiquizaya. Nacimientos de pueblo, algunos tan grandes que ocupaban la sala entera de la casa. La verdad, no imagino al papa, con sus zapatitos rojos Prada, entrando a la casa de la niña Elenita para decirle: “Me va guardando, pero ya, ese montón de ovejas, vacas, ruedas Chicago, vendedoras de tamales, siguanabas, mariachis, todos esos muñequitos de barro, y ese montón de pellejo y musgo que me le ha puesto junto al niño Dios”.

Se imaginan a la niña Elenita, ¿verdad?

Benedicto XVI decidió cargarse en su libro más reciente, “La infancia de Jesús”, al buey y a la mula de la representación del nacimiento de Jesús. Y ustedes dirán: ¿Qué diablos hago hablando de la Navidad? Pues sí, nunca lo hago (nomás para quejarme por la publicidad navideña en julio), pero esta vez haremos una excepción porque servirá para hablar de una actitud ante la vida que no puede pasar desapercibida. Hace dos semanas, en una tertulia en mi casa, me reuní con dos figuras, a las que llamaremos S1 y E1. Entre los tres coincidimos en el término: mentalidad de 1. De número 1, el principal, el único, cuya opinión es tan importante, y vital, que cierra cualquier debate.

Ante la imposibilidad científica de probarlo, ¿qué necesidad había de decir que la mula y el buey nunca existieron? Más fructífero hubiera sido que el papa se pronunciara por los bombardeos de Gaza, que coincidieron con el lanzamiento de su libro; pero no, Benedicto XVI prefirió meterse con las tradiciones y atentar contra la granja.

Pero, como bien dice E1, “así son los Unos”.

Unos hay por todos lados, en diferentes ocupaciones y sentados, en muchos casos y para nuestra desgracia, en puestos de poder. Se pueden distinguir muy fácilmente por los absolutos en la forma de expresarse. Sirvan de ejemplo “en el portal no había animales” o un caso criollo: “Les guste o no les guste”, este bulevar se llamará... Ya conocen el resto de la historia. “Típico de un Uno”, comentaría S1.

Este último caso es digno de estudio por lo superlativo del Uno. Después de una consulta del Ministerio de Obras Públicas, donde se escogió tres finalistas, el Uno decidió que no, que el nombre sería otro: Monseñor Romero. El día de la inauguración pronunció la ya famosa frase de Uno y recorrió la serpiente de cemento en un auto clásico. El mensaje fue muy importante: los mortales manejamos carros viejos; los Unos, clásicos. Opulencia para conmemorar a un hombre cuyo mensaje no podría estar más alejado. Después, las filas de gente queriendo probar la carretera.

El nombre de la carretera es lo de menos, lo que llama la atención de los Unos es su inagotable capacidad para intentar figurar. Es “porque yo lo decido”, “porque yo mando”. Igualito que el arzobispo.

Y ya entrados en gasto, ¿lo querían honrar? Ahí está el homicidio de Romero impune, sin ningún condenado de peso. Y así ha pasado por más de 32 años. ¿Lo querían honrar? Ya dejen de decir que esto o aquello lo hacen en su nombre. Es lo malo de los discursos, que aguantan con todo.

“Así son los Unos”, dirían E1 y S1, “nadie los cambia”.

PD1. No digan: “Qué bonito les quedó el bulevar”. Las calles son calles, cemento, arena, perros atropellados, pintura y poco más. Las calles sirven o no. El tráfico de las 7:30 de la mañana lo dirá.

PD2. Yo no pongo nacimientos ni árboles ni chibolas en mi casa, pero ya he visto varios esta temporada. En todos los que he visto hay bueyes y mulas contestarias. ¡Aguanten muchachos!