Pero en nuestro caso nacional, esa crisis adquiere sin duda connotación estructural, porque estamos en prolongado ciclo de transición, y no de transición en un solo sentido, sino de transición pluridimensional. Es oportuno recordarlo, para no reincidir en los simplismos que caracterizan nuestro tratamiento de la historia patria. Esta transición es en verdad un enjambre en el tiempo. Estábamos en guerra, y no a partir de 1980, sino desde varios años antes, en plan de preguerra, y desde hacía muchísimo más tiempo en plan de anteguerra. Los salvadoreños vinimos construyendo la guerra por muchas décadas, y cuando se desató, ya todo estaba listo, no sólo para guerra sino también para la paz. Lo militar serviría de puente, y por eso no había victoria posible.

Vamos a nuestro tema. La honradez, sinónimo de probidad según el Diccionario de la Lengua Española, es “rectitud de ánimo, integridad en el obrar”. María Moliner, en su Diccionario de Uso del Español, precisa más los términos. Dice que honradez es “manera de obrar del que no roba, estafa o defrauda; manera de obrar del que no engaña; manera de obrar del que cumple escrupulosamente sus deberes profesionales”. Y en cuanto a probidad, la refiere a probo, es decir la persona “que cumple con sus deberes profesionales; que no comete en ellos fraudes ni inmoralidades”. Debemos entender, entonces, que la honradez tiene un radio de significación más amplio que la probidad. Y por ello consideramos que lo que, en términos generales, estamos necesitando en el país es un ejercicio integral de honradez.

En nuestro ambiente se han venido aposentando conceptos viciosos y prácticas perversas, especialmente en el campo de las funciones públicas. Frases que se dicen con ligera ironía, como aquella de “no me den, pónganme donde haya”, grafican lo que muchos piensan que debe ser el aprovechamiento del poder, en cualquier nivel en que se ejerza. El punto más delicado es que toda esa “filosofía” del aprovechamiento personal y de grupo, con sus diversas ramificaciones interesadas, ya ha tomado una especie de maligna carta de ciudadanía. La “viveza” se ha convertido en práctica que para muchos hasta es digna de admiración. No hay duda de que en este ámbito específico se dibuja y escenifica una de las más dramáticas muestras de la llamada crisis de valores que campea en el ambiente, y viene haciéndolo de manera cada vez más desembozada.

El tema de los valores se ha venido volviendo cada vez más etéreo en el ambiente, en la medida que los antivalores van tomando los espacios de la realidad. Para muchos, ahora, hablar de valores es sólo eso: hablar. Como si se tratara de una especie de lucidor discurso sin sustancia identificable en los hechos. Y es que los valores, como los principios, como las virtudes, funcionan en la vida o no funcionan en ninguna parte. Es posible incorporar al currículo de la educación formal asignaturas que se refieran a la moral y a los valores, y eso es necesario hacerlo de manera seria y persistente; pero la verdadera escuela está en el vivir cotidiano. Es ahí donde se producen los buenos o los malos ejemplos; donde se animan los comportamientos, sean edificantes o viciosos. Por eso el tema debe pasar de la palabra a la acción.

La honradez va de la mano de la responsabilidad y ésta va de la mano de la disciplina. Es en realidad una trenza de convicciones, actitudes y conductas que determinan el proceder integral del individuo, y que, por medio de esa sana función individual, impregnan benéficamente todo el cuerpo social. Y al darse ese vínculo íntimo entre honradez, responsabilidad y disciplina lo conducente es poner en práctica una estrategia educativa e inductiva que abarque todas esas expresiones y modalidades del ser actuante. Desde luego, tal educación y tal inducción deben darse desde el comienzo de la vida personal. Es decir, desde que se nace. Recordemos que las imágenes y las instrucciones iniciales son las que perduran con mayor capacidad inspiradora y determinante desde los pliegos más profundos de la psique.

Uno de los factores principales en lo que a la implantación y al despliegue de estos valores se refiere consiste en poner en claro que el comportamiento correcto y ajustado a la moralidad y a la legalidad produce beneficios legítimos mucho más potentes y permanentes que las ventajas ilegítimas resultantes del comportamiento incorrecto e inmoral. Recuerdo, al respecto, una frase constantemente repetida por aquel maestro insigne que fue don Rubén H. Dimas, unos de los fundadores, en 1924, del Colegio García Flamenco: “Jóvenes –nos decía--, nunca tomen para sí ni siquiera cinco centavos que no les pertenezcan, porque hacerlo es muy poco para enriquecerse pero mucho para mancharse”. La lección incansable sobre la honradez es el mejor servicio que se le puede hacer a la salud moral de la nación. Y ahora debe ser una cruzada del más largo alcance.