Reconocer la complejidad del ejercicio democrático constituye la primera responsabilidad de cuantos se animan a lanzarse a la competencia en dicho campo. Los que crean que entrar al ruedo democrático es cuestión de voluntad a secas están demostrando con ello que no tienen una comprensión real del compromiso que asumen, y por ello vemos tantos intentos fallidos y tantas aspiraciones frustradas. La democracia es función que requiere no sólo de impulsos decididos, sino también de habilidades comprobadas. Los que se lanzan por lanzarse acaban trastabillando sin rumbo.

Estamos ya en plena campaña presidencial, y eso nos pone a todos en actitud de expectativa. En esta oportunidad, hay elementos que no se han dado en los eventos de elección presidencial anteriores. Hay que destacar, en primer lugar, que la decisión 2014 será la primera de este tipo luego de que se produjera el primer ejercicio de alternancia política al más alto nivel en el país. Esto pone al proceso en una dimensión diferente. Y eso mismo evita que la campaña actual se convierta en un juego catastrofista, como fue la de 2009: gane quien gane, ya no hay cómo envolver la decisión en un halo apocalíptico. Dicho dato es, en sí mismo, un signo modernizador. Por otra parte, el hecho de que surja la candidatura de Elías Antonio Saca incorpora un elemento triangular sin precedentes.

Todo indica, pues, que la competencia real será en esta oportunidad entre tres opciones, y ello parece conducir casi seguramente hacia una segunda vuelta. No se ha dado segunda vuelta desde 1994, cuando los competidores fueron Armando Calderón Sol por ARENA y Rubén Ignacio Zamora por el FMLN. Los diversos factores que están hoy sobre el tapete deberían servir de estímulo inmediato para generar una nueva dinámica competitiva, comenzando por las actitudes de los candidatos en disputa. Dichas actitudes han venido siendo tradicionalmente artesanales, como si ganar voluntades no fuera más que una pesca mecánica. Los tiempos cambian, las rutinas se desgastan, la ciudadanía evoluciona. Y si las estrategias políticas no se ajustan a las condiciones presentes, sus resultados no sólo se vuelven imprevisibles sino que pueden llegar a ser contraproducentes.

Novedades como estas nunca se dan el aire: hay un escenario cambiante derivado de la misma dinámica del proceso democrático. Y dicha dinámica está exigiendo, cada vez con más fuerza presionante, que se dé un giro modernizador tanto en el mensaje de los candidatos como en los planteamientos programáticos y en la configuración de las perspectivas. En otras palabras, hay que poner al activismo en el puesto que le corresponde y hacer que la proyección y la planificación asuman sus roles decisivos. Lo que la realidad nacional ya no admite es que la política activa siga viviendo a salto de mata, como si el presente fuera el reino del inmediatismo y el futuro careciera de asideros en el presente. Y electoralmente hablando, no basta con la estrategia para llegar, hay que tener estrategia para avanzar.

El país está necesitando con urgencia la construcción de un entendimiento nacional que ponga en perspectiva real la compleja y diversa problemática que nos aqueja. Esta necesidad viene estando sobre el tapete prácticamente desde el inicio de la posguerra, cuando el escenario democrático nacional entró en fase de normalidad competitiva; y cada Administración que llega recibe el encargo con apremio creciente. A estas alturas, la falta de dicho entendimiento de base tiene a la realidad en situación de ahogo, como cuando el agua ha llegado al cuello y sigue subiendo. Es claro, y sólo los que se niegan a reconocerlo no lo ven, que todas las presuntas salidas alternativas han dado de sí, y que únicamente el aplicarse de veras a la puesta en marcha de las condiciones que conduzcan cuanto antes a un acuerdo de nación puede hacer funcionar el sistema.

La primera tarea de la nueva Administración, que entrará en funciones en junio de 2014, consistirá sin duda en darle vida a ese acuerdo nacional impostergable. Y esto tendría que estarse dibujando de inmediato en los planteamientos básicos de los respectivos partidos y sus candidatos. Hasta el momento, no hay ninguna señal de que las estrategias partidarias vayan por esa ruta, lo cual debería motivar a los sectores ciudadanos a hacerlo sentir como una demanda que está muy por encima de las fidelidades ideológicas y de los posicionamientos políticos. Los partidos y sus candidatos tienen que ejercer su propia función educativa y constructiva, y no ser meros disparadores de promesas impulsivas y ocurrentes. Veremos, en los próximos días, semanas y meses, cuánto de ello se hará efectivo esta vez.