Y ha de ser muy lindo que la familia que en un tiempo constituyó nuestro máximo compromiso, nuestro esfuerzo, crianza, atenciones, desvelos, orientación, paciencia, etcétera, hasta forjarlos, graduarlos y casarlos (¡era nuestra obligación!), ha de ser muy bonito, repito, que en nuestro ocaso se muestren parte de nuestro entorno personal.

¡Ah!, y qué bien, qué suerte y qué bendición para algunos de nosotros, que por gracia de Dios tenemos, conservamos y desplegamos bastante bien un buen producto, conformado por experiencias, habilidades, destrezas, carácter, temperamento, dones y espíritu de superación, de colaboración, de servicio y de equipo, adaptándonos fácilmente a todo y a todos... y bajo ese paradigma, completar esa bendición con un trabajo o empleo que nos destaca como buenos trabajadores, como llevaderos, como accesibles, como consejeros, como confiables, como amigos...

¡Ah!, lo único que en realidad nos faltaría es la lozanía, la belleza y la chispa loca de la juventud... porque todo eso lo llevamos, sí, pero por dentro de los recuerdos, en el alma, con los matices que quedan de los desengaños, de los desenredos y de tantos casos o círculos cerrados en la vida, que a fuerza nos enseñaron a vivir.

¡Ni modo! Los que estamos ya viejos, gracias a Dios... ya ni llorar es bueno. Ahora somos el producto final de toda nuestra historia. Si los componentes fueron de buena fibra, seguro es que el Gran Arcano, el que todo lo resuelve con perfecta justicia, y según sus propósitos, nos dará una vejez feliz... Pero, si en la juventud nos dedicamos a atentar contra nuestro propio ser y contra indefensos, no sembramos y no servimos. Señores, ¿y qué queríamos? El alcoholismo, el tabaquismo, la drogadicción, los abortos, la prostitución, el ocultismo, los degeneres, dejar hijos abandonados, darle mala vida a la mujer, pagarle mal al marido, quitarle al prójimo sus cosas, andar solo de trinqueteros, etcétera.

Esas cosas, por lógica simple, no pueden generar una pacífica y feliz longevidad, porque entonces la Gran Justicia dejaría mucho que decir... Es ahí donde, para cuadrar correctamente cada caso, unos, o nos vamos de aquí prematuramente, o para quemar un poquito de nuestro karma, tenemos que pasar por el fuego de una vejez infeliz, con sus diversas ataduras como enfermedades, pobreza, soledad.

Con toda esta homilía, solamente he querido decir a los ancianos, que son felices, aun con sus propios achaques (¡porque de algo nos tenemos que morir!), que muchas felicidades y muchísimas gracias por la estela que han marcado en la vida.

Y a aquellos que sufren vicisitudes extremas, que al menos ahora sean valientes, recuerden, acepten y confiesen al Cielo sus errores. Si hay a quien pedir perdón, que lo hagan y que entreguen su sufrimiento al Señor como humilde ofrenda de arrepentimiento. Él solo eso espera para bendecirles.

La juventud debe meditar en esto, llevando sus vidas con moderación y con temor a Dios, sin excesos peligrosos y temerarios cuyos efectos se prolongan o saltan allá en la vejez.