Los comicios de 1994 fueron los primeros en que participó el FMLN, y su fórmula presidencial civil hizo que hubiera necesidad de una segunda vuelta, porque ni ARENA ni el FMLN alcanzaron en la primera vuelta más del 50% de los sufragios. En las legislativas de 1997, el FMLN tuvo un importante avance en el voto, y eso hizo que, para las presidenciales de 1999, su dirigencia quisiera hacer valer dicho avance para presentar una fórmula al estilo “revolucionario”, con un ex comandante a la cabeza. Resultado: ARENA ganó en primera vuelta. En 2004 se repitió el esquema, esta vez con un comandante de prestancia histórica. Igual resultado: ARENA se alzó con el triunfo en primera vuelta.

Para las presidenciales de 2009 se produjeron condiciones que favorecieron la consumación de la alternancia. ARENA, que ya tenía dos décadas de estar a la cabeza del Ejecutivo, presentó una candidatura de debilidad calculada y el FMLN se animó a llevar a alguien de fuera de sus filas, con popularidad ganada en un destacado ejercicio periodístico. Resultado: ganó el FMLN y ARENA entró en crisis, resultante no sólo de la derrota objetiva en las urnas sino también, y principalmente, de las pasiones que venían fermentándose desde antes. La alternancia se dio sin ninguno de los anuncios apocalípticos que habían rodado durante la campaña, pero en forma relativa, porque el FMLN no se convirtió en partido de gobierno, sino sólo —y a medias— en partido en el gobierno. La alternancia partidaria quedó, pues, pendiente.

Así las cosas, la carrera hacia 2014 presenta más enigmas que certezas. La incertidumbre por el resultado electoral es lo común en la democracia, pero esta incertidumbre no es de la común: hay varios núcleos enigmáticos por descifrar, y eso es lo que de seguro irá marcando el ejercicio de los meses que vienen. Cada quien tiene su enigma, lo cual hace que todos sean presas de distintas formas de ansiedad. El FMLN vuelve a decantarse por figuras de su palestra histórica, con variantes. ARENA está apostándole a la popularidad de una figura probada, sin que se sepa aún cómo completará su fórmula. Y se han abierto las expectativas de una tercera fuerza, quizás con un ex Presidente a la cabeza, lo cual agregaría un nuevo enigma: ¿Hasta qué punto la sostenida popularidad por haber sido se puede convertir en votos para lo que se aspira a volver a ser?

En esta oportunidad está tomando cuerpo, además, otro fenómeno que no parece ser casual: lo que podríamos llamar la “municipalización” de las candidaturas presidenciales y vicepresidenciales. Dicho fenómeno deriva de un hecho real, que es parte viva de la experimentación democratizadora que se viene dando progresivamente en el ambiente: es en el ámbito municipal donde la ciudadanía representada está más cerca de los representantes que elige. La Presidencia, por la misma naturaleza de nuestro presidencialismo, es una figura a la vez imperial y fantasmal. Los diputados responden mucho más a sus partidos que a los electores. En las comunidades, en cambio, el vínculo es inmediato y cotidiano. No es de extrañar que en las municipalidades se elija y sobre todo se reelija mucho más por eficiencia que por ideología.

Hay que decir que no es lo mismo ser buen alcalde que ser buen presidente, porque son responsabilidades de dimensiones y con proyecciones diferentes; pero sin duda es más propio de la lógica democrática que se aprecie y se busque potenciar políticamente la popularidad resultante del ejercicio de una posición política que de cualquier otra fuente. La política debe funcionar conforme a sus componentes propios, para desempeñarse según su naturaleza. Y el hacerlo es un signo de avance madurador que hay que destacar. Es altamente sintomático al respecto que ARENA lleve a un alcalde exitoso y reelegido como candidato presidencial; que el FMLN lleve a un alcalde exitoso y multirreelegiso con candidato vicepresidencial y que la eventual tercera fuerza muy posiblemente lleve a un alcalde exitoso y también multirreelegido en su fórmula.

Transcurrida la primera alternancia, con todo y sus giros extravagantes y sus detalles excepcionales, la próxima elección presidencial hará seguramente que las distintas fuerzas partidarias se enfrenten a un desafío en el que tendrán que ser mucho más ellas mismas que nunca. La ambigüedad ideológica está llegando a su límite histórico. Ni ARENA ni el FMLN, que son las fuerzas que están en competencia constante porque así lo quiere el electorado, pueden seguir viviendo de imágenes que ya pertenecen al museo de lo vivido que no es revivible. Los partidos y sus candidatos tendrán que animarse a una creatividad propositiva sin precedentes, si no quieren recibir las reprimendas de una ciudadanía que ha venido dando todo de sí para mantener al régimen democrático no sólo con vida sino con reales potencialidades de futuro.