Novedad de inicio. Y la respuesta esperable: desconfianzas y resistencias. Desde un inicio optamos por darle a ese experimento el beneficio de la confianza, que es mucho más acompañante que el beneficio de la duda. A estas alturas, hay dos datos contrastantes que hay que ponderar: la tregua continúa viva a pesar de todas sus insuficiencias; y está ahí, pero no ha logrado pasar a un plano de evidencia incuestionable, como sería necesario. Entonces, salta a la vista que algo fundamental falta por hacer para darle verdadera vitalidad al experimento.

Ese algo fundamental es una estrategia de sostén y de avance, ya que quedarse en el simple desenvolvimiento de los hechos es apostarle a lo que siempre le hemos apostado, con los efectos de impredictibilidad que tanto han venido socavando el desenvolvimiento de nuestro proceso evolutivo. Ya es tiempo de que los promotores de esta iniciativa que merece atención y acompañamiento se propongan generar un plan de trabajo que sea capaz de mover voluntades y de institucionalizar propósitos. Hay un punto que es de seguro el más delicado: el estar en tratos con agrupaciones que han delinquido y siguen delinquiendo. Por eso la solidez del proyecto debe ser lo suficientemente convincente para que las desconfianzas y las reticencias que es normal que se hagan presentes puedan irse moviendo hacia un plano positivo.

Hay otro ámbito problemático en el que se concentran buena parte de las inquietudes y las angustias nacionales desde hace ya bastante tiempo: el de la dinámica económica, que más que dinámica viene siendo modorra. Desde 1995, se dio una especie de descalcificación creciente de nuestras energías de desarrollo. No supimos potenciar el impulso de crecimiento que surgió al concluir el conflicto bélico, y la falta de audacia bien articulada ha venido pesando cada vez más en tan decisiva temática. Hoy estamos, en este campo, cada vez más apremiados por la realidad. Hay buenas plataformas, como el Asocio para el Crecimiento y como el inminente FOMILENIO II, que son eso, plataformas, de las cuales hay que hacer despegar los vehículos de desarrollo pertinentes. Y sin la debida planificación tal imperativo no podrá concretarse.

Pero no sólo en los ámbitos de las problemáticas más palpitantes hay falta de planificación y de programación adecuadas a la naturaleza y al apremio de los correspondientes desafíos. En el plano de la educación, por ejemplo, hace ya mucho que está presente la necesidad de un rediseño integral del sistema, para adecuarlo a las exigencias de los tiempos. Desde los años sesenta, cuando se dio aquella famosa “Reforma educativa” que fue al final de cuentas mucho ruido y pocas nueces, el esquema reformista se ha venido repitiendo sin que nada cambie de fondo. A estas alturas, los perfiles de lo que se pretende lograr con el proceso educativo son cada vez más borrosos y los dizque experimentos de modernización van y vienen con desgaste acumulado. Entretanto, el mundo cambia, la realidad transita y nos vamos quedando al margen.

A estas alturas del juego histórico, los salvadoreños vivimos en una especie de puente colgante entre lo que la realidad nos demanda hacer y los agobios provocados por las resistencias a hacerlo. Alrededor, en nuestro mismo vecindario, hay países que funcionan con bastante más efectividad, sin tener en su haber las experiencias que deberían servirnos para ejercer liderazgos de progreso. La trillada pero provocativa pregunta nos es aplicable de inmediato: ¿Qué nos pasa? Habría que sentarse a meditarlo en serio, porque no hay ninguna razón válida para seguir en este laberinto anímico que no lleva a ninguna parte. Es cierto que tenemos limitaciones estructurales, pero también tenemos opciones disponibles. Hacer recuento de las mismas y establecer el orden de prioridades debería ser el primer paso.

Estamos en campaña presidencial. Escenario propicio para reclamar compromisos y monitorear voluntades. De entrada, habría que hacerles ver a los partidos y a los candidatos que los esquemas manidos ya no son valederos. Por ejemplo, eso de ir a hacer “consultas” ciudadanas para estructurar planes de gobierno ya es inoperante. Se sabe hasta la saciedad lo que la gente quiere y necesita; y eso habría que balancearlo con lo que el proceso nacional hace impostergable. No es un catálogo de menudencias lo que hay que presentar, sino un manual de ejecución basado en líneas de trabajo bien definidas. Y, además, incorporar la práctica real y verificable de valores en la gestión y desde ella. Ningún tipo de inercia es justificable ahora mismo; la creatividad debe ser la regla de oro en cualquier ejercicio por venir.