Es difícil saber hacia dónde se dirige un país endeudado hasta límites peligrosos, con graves desigualdades económicas y sociales.
Pocos días antes Ignacio Ellacuría, que estaba comenzando a planificar su retiro de la rectoría de la UCA, decía que junto con un buen grupo de intelectuales quería dedicarse a “pensar El Salvador”. La salida de la guerra era inminente, el acceso a la paz seguro –decía–, pero no se había trabajado ni pensado el futuro de El Salvador. Algo indispensable para cualquier país saliendo de una guerra fratricida. No es fácil pasar de la ceguera, el sectarismo y la cerrazón que la guerra impone a cada uno de los bandos en pugna, a una solidaridad de todos con todos y en beneficio de quienes quedaron más victimizados por la guerra y la pobreza. Si el futuro no se piensa, la dispersión y el sálvese quien pueda egoísta llega con demasiada facilidad.

Pensar El Salvador sigue siendo tarea para todos. Y más urgente de lo que parece. Es difícil saber hacia dónde se dirige un país endeudado hasta límites peligrosos, con graves desigualdades económicas y sociales, con poca confianza en las instituciones y escasa cohesión social, sin apenas crecimiento económico, con escasez de trabajo formal, con disminución de la capacidad adquisitiva de las mayorías, con altos índices de violencia, con bajos niveles educativos, dificultades en el campo de la salud y grave deterioro ecológico. Vayamos hacia donde vayamos, con estos problemas el desarrollo quedará lejos.

Pensar El Salvador en función de las grandes mayorías, como inteligentemente decía Ellacuría, permanece como reto. Hoy El Salvador sigue pensándose más en beneficio de una élite, talvez considerando que hay que dar una mayor porción de migajas y restos del banquete a esas dos terceras partes de la población que se debaten entre la franca dificultad de llegar al fin de mes y la pobreza real. Necesitamos crecimiento económico. Pero también resulta indispensable ofrecer verdaderas oportunidades a las grandes mayorías del país. Cuando solo el 40% de los jóvenes entre los veinte y los treinta años tienen bachillerato, por poner tan solo un ejemplo, algo está fallando en El Salvador. Si la brutalidad de una guerra puede eliminar a personas como Ellacuría, la inercia de los intereses de grupo, de derecha o de izquierda, puede condenar al fracaso y el dolor a toda una serie de generaciones. Recordar con seriedad a quienes dieron su vida por El Salvador debe ser siempre una llamada a la reflexión y a repensar El Salvador.