El Salvador - Mayo 28, 2017

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Pude escribir la historia porque no me tocó recoger muertos

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Además de escritora, Vanessa Núñez Handal es abogada, editora y profesora universitaria. Su segunda novela, “Dios tenía miedo”, esboza las vivencias de la burguesía durante la guerra civil. Esta salvadoreña también se pronuncia a favor de la libertad de pensamiento.

21 de Abril de 2013 a la(s) 6:0 / Una entrevista de Ronald Portillo

Fotografías de Giovanni Lemus

Pega un sorbo a su capuchino humeante. Reconoce que ese sabor cautivó tanto su adolescencia que decidió describirlo en su libro más reciente, “Dios tenía miedo”, que habla sobre cómo vivieron la guerra civil salvadoreña las familias acomodadas de la época. Desde su mesa, en una exclusiva tienda de chocolates de la Zona Rosa, en San Salvador, recuerda que lo más cerca que estuvo de empuñar un arma fue cuando recogió varias granadas desparramadas en el patio de su casa de Antiguo Cuscatlán. Era la ofensiva de 1989 y unos soldados habían entrado, atiborrados de armas, a través de los árboles que había en el patio. Las granadas se esparcieron cuando su portador, quien también llevaba una bazuca, se cayó.

Antes y después de que sintió en sus manos el frío del metal de los explosivos, Vanessa Núñez Handal solo escuchó detonaciones, sintió vibraciones y se enfrentó con apagones y días de colegio suspendidos. A los muertos los vio de lejos, o de cerca, pero desde una postura distante. Gracias a esa distancia –asegurará en unos minutos– concibió la idea de contar, en una novela, cómo vivieron la guerra quienes después de los bombardeos podían irse de juerga.

Vanessa enfoca sus ojos claros hacia el paisaje de la Zona Rosa. Confiesa que El Salvador le provoca cólera y añoranza. “Es que aquí todo está agringado”, protesta a la vez que señala las palmeras a lo “Miami Beach” y los rótulos de las franquicias anglosajonas de los alrededores. “Lo peor es que hasta la copia nos sale mal”, agrega con sarcasmo al indicar el nudo de cables que ensucia el cuadro lejano compuesto por el centro de San Salvador y el cerro San Jacinto, que se aprecia desde donde está sentada. Esta abogada de profesión habla sin censura y con jocosidad. Arroja las palabras con rapidez y emoción, como con hiperactividad. A veces, algunas de esas palabras atropellan a otras.

Hace media hora, en un museo cercano, era el objetivo de la cámara fotográfica. Parecía disfrutarlo. Posaba con la actitud de una modelo de pasarela. Ahora, sin poder evitar hacer ademanes con sus manos pulcras y acicaladas –como el resto de su pinta–, Vanessa confiesa que le encanta que le tomen fotografías. Disfruta al hablar de política, de pobreza, de igualdad, y no tiene reparo en comentar sobre su vida personal.

Unas semanas atrás juntó sus experiencias con las de otros escritores centroamericanos en un encuentro de artistas que tuvo su epicentro en Nicaragua. Ahí habló de identidad y literatura. “A Centroamérica la conocemos solo por la superficie, y creo que deberíamos de profundizar mucho más. Imagínate que si no hay una identidad centroamericana, mucho menos una salvadoreña”, repara luego de dar otro sorbo a su café. En el encuentro, Vanessa intercambió literatura con homólogos y contactó con editores y traductores de Alemania y Francia. Entre sus planes, además de consolidar un tercer libro, está lograr que su literatura llegue a mercados europeos, y así difundir más fragmentos de la historia salvadoreña.

Partió de El Salvador en 2001. ¿Qué la impulsó a tomar esa decisión?

Pues el desencanto del sistema. En El Salvador la única decisión para los jóvenes al irse a la universidad era escoger una carrera que diera pisto. Había que ser abogado, médico, administrador de empresas. Si no, “mi papá ni me va a pagar la carrera”. Yo necesitaba ser creativa. Me fui a Chile en 2001. Allá comencé a escribir. La cultura chilena es muy rica y podés decir las cosas tal cual. Yo decía, por qué no se pueden decir las cosas tal cual en El Salvador. Aquí todo, si es negro, lo pintás de grisito para que no se vea “tan peor”... Yo no podía vivir así. Entonces me fui para Guatemala (en 2002). Estudié la maestría en literatura.

Pero antes decidió estudiar derecho. ¿Fue por vocación, conveniencia o porque no le iban a pagar otra carrera?

Ahora lo entiendo, en ese momento no. Era la carrera más humanística a la que yo podía acceder. Ahora amo mi carrera. Me encanta. Creo muchísimo en que el derecho es una buena herramienta para organizar la sociedad, pero me decepcioné mucho en la práctica, porque no era lo que me habían dicho.

¿Qué le ofreció Guatemala para establecerse ahí?

La única manera en que uno entiende a su país es vivir una cosa alternativa. Comencé a darme cuenta de un montón de cosas que en El Salvador no funcionaban. Por ejemplo, los 20 libros más vendidos en Guatemala fueron ensayos de sociología o de política sobre Guatemala. Guatemala lee sobre Guatemala. Y en El Salvador, yo no dudo, sí hay producción de ensayos, sí hay producción de análisis políticos, pero la gente no los lee. Nos quedamos con que el salvadoreño come pupusas y en que es alegre y trabajador.

¿Y qué, según usted, necesitaría el salvadoreño para tener una verdadera identidad?

Educación. La educación es lo único, creo yo que puede rescatar a El Salvador.

Pero en la actualidad, según el discurso oficial, más pueblos y personas están quedando libres de analfabetismo. Desde ese punto de partida, la educación está llegando a más personas. ¿A qué tipo se refiere?

Hablo de gente que pueda ser crítica, propositiva. Un pueblo que no tenga la capacidad de analizar su pasado, su historia, se va a limitar a decir que ser salvadoreño es comer pupusas. Si es que no es ni siquiera que todo mundo sea científico atómico en el país, sino que la gente pueda decidir sobre su destino; que de verdad haya igualdad de condiciones. Pero eso comienza desde que un niño que va a un colegio privado haya comido igual que un niño que estudia en un colegio público.

¿A quién o a qué atribuye esta falta de educación integral?

No son solamente los dirigentes políticos. Yo siento que es una responsabilidad de la sociedad total. Por ejemplo, vos tenés una empleada que no sabe leer ni escribir, vos le podés enseñar. Hay que tener la paciencia para que un niño entre (al sistema educativo) a los cuatro años y esperar a que salga de bachiller, más los cinco años que le tomará salir de licenciado. El problema es que no hemos comenzado. Aquí todo es sopa maruchán, todo se quiere instantáneo. ¡Nombre!, si estas cosas se cocinan a fuego lento. Ponemos a los dirigentes, pero luego no nos preocupamos por controlarlos, por darles un seguimiento. Ni siquiera pedimos un plan de gobierno.

A propósito de dirigentes y políticos, ¿con qué ideología política simpatiza más?

Como ideología a mí no me convence ninguna. Las ideologías siempre han sido utilizadas para traer agua al molino de diferentes personas. Y yo no estoy, en lo más remoto, interesada en llevar agua a ningún molino. Me convence el humanismo. Votar por el ser humano, por el desarrollo, por el bienestar. ¿Por qué me puede interesar a mí que alguien en Soyapango esté bien? Es fácil. Si esa gente no está bien, entonces tarde o temprano va a haber una crisis que va a afectarme. Va a convertir a El Salvador en un país que no voy a poder habitar. Quizás me tenga que ir, o quizás voy a sufrir una desgracia familiar.

Pero esa visión suena egoísta...

Pero es que no nos demos paja. Nadie hace nada, ni el que hace caridad lo hace por puros fines altruistas. Mentira, todo el mundo lo hace con fines egoístas, y el egoísmo tampoco es una cosa mala. Si vos estás mal, entonces no podés ayudar a nadie. Decir que yo me voy a fregar para que otros estén bien es mentira. Yo sí creo en la responsabilidad social, sí creo que hay que ayudar al que está a la par; pero si no lo querés ayudar por buena voluntad, hacelo porque te va a fregar.

Entonces, ¿qué propone que debería hacer un escritor incipiente ante la realidad de este país? ¿Debe seguir su ejemplo y buscar en otros horizontes?

Yo creo que sí se puede hacer (literatura) en El Salvador. Hay mucha gente a la que yo respeto que está trabajando con la literatura de manera muy profesional y están haciendo resultados súperinteresantes. Lo primero es tomarse en serio el oficio, que es como cualquier otro. Hay que aprender, hay que leer. Leé como degenerado, como si se te fuera la vida en eso. Si no te dan ganas de leer, entonces no seas escritor. Podés poner una floristería o algo así.

¿Quién es su autor salvadoreño favorito?

Es muy difícil la pregunta. Puedo decir autores, porque cada uno me aporta cosas distintas. Manlio Argueta me aporta su humanidad en cuanto al enfoque de una realidad tan dura; Claudia Hernández, formas alternativas de ver la violencia, pero que son más pegadoras. Denuncia la inocencia con la que hemos visto ciertas cosas. Jacinta Escudos ha devuelto la literatura al interior, a la intimidad del ser humano. Horacio Castellanos Moya, que es tan cínico en cuanto a su postura, te cuenta una historia que te atrapa y de verdad que te la querés leer. Cada uno tiene cosas distintas...

¿De alguno de ellos ha recogido experiencias o técnicas para utilizarlas en sus proyectos?

Pues siempre te sirve... no sé. Ha habido ciertos recursos quizá, pero no los tengo identificados ahorita. Más que literariamente, me han marcado en temáticas.

¿Cómo logró que su primer libro fuera publicado? ¿Qué puertas tuvo que tocar?

Yo siempre escribí. De hecho, tengo una novela que hice cuando tenía siete años. Siempre llevé unos diarios. Esos diarios eran la preparación para lo que después iba a hacer. Esto (publicar) es más fácil de lo que la gente se imagina. Una vez que tenés un buen texto, que se sostenga, encontrar quién te lo publique es lo de menos. Venís, identificás a los editores con los que te gustaría trabajar y encontrás la manera de contactarlos. Si el texto es bueno, el editor automáticamente te va a contestar. Yo le mandé la (primera) novela al editor Raúl Figueroa. No nos conocíamos. Se la he de haber mandado un sábado. El martes me estaba contestando. Me escribió que la había leído, que le encantaba y que la publicáramos.

Así se escucha demasiado sencillo, pero muchos no tienen esas facilidades o enlaces. Esperan años y nunca pueden publicar.

Hay mucha gente que se frustra, pero yo creo que no es de frustrarse. Si no te funciona, seguís trabajando el texto hasta que sintás que es publicable, y que encontrés un editor que quiera apostar por vos. De que los hay, los hay. Lo que sucede es que mucha gente entrega borradores. La calidad es algo que no es fácil de alcanzar.

Pero hay autores con pluma excepcional e historias excelentes que siguen sin publicar. ¿No será también que tiene que ver mucho con influencias, posición económica, contactos?

Cuando vos llegás a publicar, no tiene cuenta quién sos. Ni cuenta si tenés pisto. Si sos bonita, si sos alta, si sos gorda... Si te están publicando porque sos bonita y te quieren coger, te van a publicar una vez. Si sos un tipo que tiene pisto, se va a ver pronto. Hay un montón de gente que se la lleva de que son el poeta maldito que anda perdido en las cantinas pensando en la inmortalidad del cangrejo... Y cuando leés su obra, ¡la gran púchica mano!, ¡pero es que un monaguillo escribe mejor que ellos! Yo creo que lo que pesa es la obra. Sí cuenta a quién conozcás, en el sentido de qué libros te pueden recomendar, quién te puede hacer una revisión de tu texto. Lo que sí es importante es tener buenos lectores. Rodearte de gente que sepa leer y que te pueda dar una opinión desinteresada.

Pero usted tenía influencias, ¿cómo las utilizó?

Recomendaciones de lecturas, sobre todo. Tuve gente que me recomendó buenos textos.

¿Hubo más ayudantes en el proceso de publicación?

Sí, uno siempre tiene gente con la que se sienta a tomarse un cafecito. Y te van contando. Yo me acuerdo de que alguien me comentó un día que había sufrido una violación, y que a raíz de esa violación ella había comprendido que es una cosa que nunca se desaparecía de la mente, una cosa que la tenía recurrente. No me lo dijo en función de la novela “Los locos mueren de viejos”, pero la idea me quedó tan marcada...

¿Cree que la sociedad actual entiende el espíritu del feminismo?

Lastimosamente el feminismo se ha identificado solo con sus comienzos. El feminismo comenzó como un extremo, pero ahora sí se ha ido bastante hacia el centro. Y a lo que aspira es básicamente a lo mismo que la democracia. A la igualdad, ya no entre ricos y pobres, sino que entre todos: ricos, pobres, hombres, mujeres.

¿Cómo se practica esa igualdad?

Es una opción ética. Yo, desde chiquita, veía que a uno le decían cosas que “por ser niña” no podía o no debía hacer. A mí no me cuadraba. Yo me daba cuenta de que era tan inteligente como cualquier niño. En algún momento tuve la oportunidad de estudiar un diplomado de género, que me explicó racionalmente lo que yo había visto.

¿Se ha sentido discriminada?

¡Ah, sí! La mujer que diga que nunca fue discriminada es porque posiblemente esté en la situación de poder discriminar. Hay mujeres que te dicen: “En nuestro nivel no hay discriminación, eso solo se da entre la gente pobre”. Y no es cierto porque, a la hora de las horas, el dueño del terreno y el dueño de los carros es el marido. No lo van a poner a nombre de la mujer. Y las mujeres están destinadas para otras cosas. Las mujeres no cambian el mundo, sino que deben quedarse en la casa y “ayudar”.

¿Qué situación en la que fue discriminada le ha quedado más marcada?

¡Ja! me ha pasado al ser jurado de concursos. Cuando presentan hombres, los presentan como maestro, cuentista, novelista, poeta y no sé qué. Y (cuando me presentan): “Ahora la representante de la belleza en la literatura...” ¡Ih! ¡Cómo le explicás al tipo que te está insultando por decirte bonita! No estoy ahí por bonita. A los hombres les realzan la inteligencia y a una le quieren realzar la belleza. Creen que te vas a sentir mejor porque te digan bonita. Y ahí te estoy contando un caso de absoluta buena voluntad...

¿A qué situaciones de mala voluntad se ha enfrentado?

En una conferencia yo estaba presentando una novela de un escritor, en Guatemala. Yo dije que el escritor tenía una novela cuyos personajes eran muy sensibles. Un hombre levantó la mano y me dijo: “¿O sea que tú estás diciendo que los hombres somos insensibles?” El tipo quería dejarme expuesta como una feminista loca que había llegado a decir que los hombres son unos machos. Cuando terminó la conferencia y yo ya me estaba despidiendo, el tipo me alcanzó y me dijo: “¿Me vas a contestar o no? Cuando uno dice una pendejada tiene que sostenerla”. Yo me lo puteé. Lo trapeé al hombre –ríe–.

Dentro del mundo de la literatura, ¿ha sidodiscriminada?

Una, como mujer, en esta onda de la literatura es continuamente agredida con sexismo. El mundo de la literatura sigue siendo muy machista y está muy dominado por hombres.

¿Qué experiencias le confirman que en proporción e influencias el hombre sigue dominando el mundo de la literatura?

El concepto patriarcal de la sociedad en general se pasa a la literatura. La literatura centroamericana sigue siendo dominada por hombres. Las mujeres han tenido menos oportunidades de educarse. Vos sacás una novela y creen que mujer que publica es pública. Si una mujer escribe una novela, todo lo que dijo en ella seguramente le pasó o lo hizo. A mí me han dicho por “Los locos mueren de viejos” que pensaron que la escribí porque me habían violado. Creen que uno está vomitando su vida.

¿La mujer debería abrirse espacio en el medio literario por cuota o por mérito?

Por mérito. Ya no queremos que nos den cuotas de poder por ser mujeres, sino que se diga que ganó la novela no por ser la mejor entre las mujeres, sino porque era la mejor de todas. Yo creo que esos momentos, cuando se dieron las cuotas de poder, fueron importantes porque sí había que abrir espacios donde las mujeres estaban invisibilizadas. Pero creo que ya es hora de que empecemos a caminar un poco por nosotras mismas, y empezar a probarnos hasta dónde podemos llegar, no por ser mujeres, sino por ser seres humanos.

Sin embargo, todavía hay más oportunidades de preparación para un hombre que para una mujer. ¿Cabe aquí ese espacio por cuota? ¿Podría contestar como abogada?

El ideal sería que cada uno accediera a un puesto por sus propias capacidades. Pero en una sociedad donde el hombre más tonto se cree más inteligente que la mujer más inteligente, la ley tiende a equilibrar a los desiguales. Vaya, en ese sentido sí. La ley va con otra finalidad, pretende regular no tanto el deber ser, sino el ser.

¿Cómo nace la idea de contar cómo vivieron la guerra aquellos que no fueron perseguidos ni perseguidores?

En El Salvador, primero se tiene la idea de que la gente que no participó con armas no pueda contar la historia. ¡Ve, chis!, si a mí me arrastraron también en la guerra. También mi infancia fue bien jodida por el mismo hecho de haber quedado en medio de la guerra. ¿Por qué no lo voy a poder contar? Cualquier persona tiene derecho a narrarla. Es mi versión de los hechos como habitante de una ciudad y un país que vivió inmerso en una guerra.

Pero usted no recogió muertos, su vida no pendía de un hilo como la de muchos otros. ¿Por qué, entonces, puede ser interesante la historia de un sector que vivió una guerra tibia?

Porque no me tocó recoger muertos pude contar la historia. Si me hubiera tocado recoger muertos seguramente hubiera escrito un testimonio, que es lo que hicieron muchos de los que participaron durante la guerra. Por no haberla vivido directamente, pero haber sido afectada emocionalmente, pude cobrar cierta distancia y contarla a partir de mi afección como ser humano, no como parte de un bando.

Pero, ¿cómo se hace atractiva una historia que hable de la guerra desde un ángulo espectador?

Por eso hasta me preparé para todo tipo de insultos cuando presenté “Dios tenía miedo”. Yo tenía miedo de que la gente de la izquierda dijera que era ultraderechista y que la de la derecha dijera que era ultraizquierdista. Y no. Mi sorpresa fue que la gente que llegó a la presentación no paraba de hablar. Era como si nunca hubieran tenido un espacio, como si nunca hubieran podido juntarse. Porque esa ha sido la gran estrategia en El Salvador, mantenernos separados. Si vos mantenés a un pueblo separado, nunca se van a sentar a ver cuáles son sus puntos en común y a llegar a un acuerdo. Y, por lo tanto, son otras personas las que dominan. Mi sorpresa fue encontrar mucha receptividad de la gente.

¿Cuál es el peligro más grande que pasó durante la guerra?

Lo pongo en la novela. La ofensiva del 89. Yo vivía a dos cuadras de la UCA. De repente había un soldado en la casa de mis papás. Y decía: “Muchachos, hey, muchachos, vamos a entrar”. Como no podían entrar, se tiraron a los palos de la casa. Eran como ocho soldados. Uno de ellos, con una megabazuca, se cae y le salen volando todas las granadas. Y nosotros, ayudándoselas a recoger. Le dábamos las granadas y el tipo se las volvía a trabar. Queríamos agradar a los soldados para que se fueran lo más rápido posible. Nunca había estado tan cerca de la guerra.

¿Qué tanto tuvo que documentarse para hacer el libro?

Claro que me tocó hacer un montón de investigación, porque la información estaba tergiversada. Habíamos sido educados para creer que era el Gobierno el que estaba luchando, porque si vos veías en aquellos tiempos, sí se explotaban las torres del tendido eléctrico y sí eran los guerrilleros. Entonces uno decía: “Púchica, me dejaron sin luz”. No decíamos: “Me dejaron sin luz porque el pueblo salvadoreño está a punto de alcanzar su victoria”.

¿Entonces, a qué se va a exponer quienlea “Dios tenía miedo”?

Creería que lo que va a encontrar es revivir la historia. Volver a los sentimientos en un espacio de seguridad, sin miedo... Para mí fue una experiencia tremendamente sanadora. Y sí, la gente que la ha leído me ha comentado que le ha removido esos sentimientos guardados debajo de la alfombra.

¿Qué hay detrás de su faceta como escritora? ¿Cómo es su familia?

Nunca me habían preguntado eso, por cierto. Mi labor la mezclo con mis dos hijas, que tienen nueve y siete años y que son bien demandantes. Siempre tengo que estar pendiente de las tareas, del pelo –me gusta cortar el pelo–, que se quiten las uñas... En realidad, me toca viajar bastante por asuntos de literatura.

¿Cómo equilibra el tiempo entre sus viajes y las atenciones que le demandan sus hijas?

Ese es uno de mis grandes conflictos. Me cuesta un montón, pero yo creo que nos hemos combinado superbien con el papá. Tenemos un súperbuen equipo, porque a él le toca también viajar bastante. Y nosotros nos estamos coordinando que los viajes no nos interfieran... Yo tomé la decisión, en algún momento, que a mis hijas les voy a servir más como mamá intelectual que como mamá hace galletas. Esa fue mi conclusión.

¿Ve potencial artístico en alguna de ellas?

Mi hija grande es un alma vieja. Es una niña bien chiquita, pero es muy sabia. Yo digo que en algún momento va a ser artista. Pero es una cosa que ella tiene que decidir. Hoy por hoy quiere ser tenista. Mi hija chiquita, Mariana, es bien particular porque es súperactiva. Ella sí es rebelde sin causa. Tiene síndrome de down.

¿Fue difícil asimilar esa condiciónde su hija menor?

Nacer con síndrome de down es como nacer colochito, nacer con ojos verdes, alto, delgado. Decidí que ella era la normalidad. Yo no soy experta en síndrome de down, pero me ha cambiado la vida en muchos aspectos. Y lo que una sociedad puede repeler en un momento, lo hace por ignorancia.

Uno de los paradigmas que se tiene de los artistas es que tienen un ego bien hinchado. ¿Qué tan hinchado es el suyo?

Creo que cualquiera que se mete a ser artista está exponiéndose personalmente. Entonces, no es fácil. Ser escritor te va enseñando un montón de lecciones, porque la literatura es un proceso bien lento. Vos no sacás un libro hoy y el día de mañana estás colocado en un pedestal, sino que pasa mucho tiempo. Entonces ya cuando llega el punto en que a lo mejor te empiecen a “sobar la leva”, vos mismo has madurado. Hay que luchar mucho con el ego.

¿Qué tan grande es esa lucha? ¿Qué hace para mantener los pies sobre la tierra?

Fue una de mis luchas más grandes con mi primera novela. Ahora ya no. Ahora ya di por sentado que va a haber cosas que a la gente le van a gustar y que va a haber cosas que no. Y se aprende. Todo mundo tiene derecho a opinar distinto.

En El Salvador, yo no dudo, sí hay producción de ensayos, sí hay producción de análisis políticos, pero la gente no los lee.”Como mujer, en esta onda de la literatura se es continuamente agredida con sexismo. El mundo de la literatura sigue siendo muy machista y está muy dominado por hombres.”Vos sacás una novela y creen que mujer que publica es pública. Si una mujer escribe una novela, todo lo que dijo en ella seguramente le pasó o lo hizo.”
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