Al hermano del escritor colombiano Tomás González lo mató hace varios años uno de sus propios empleados, en una finca del Urabá antioqueño. Juan Emiliano González, al separarse de su mujer, vendió la finca que tenían. El mayordomo, al verse sin empleo, enfureció, tomó la carabina y disparó contra González, en un incidente que tuvo elementos confusos y del que nunca se supo con certeza cómo fue.

Familiares suyos lo encontraron muerto tres días después, en el comedor de su casa. Uno de sus hermanos y un primo llegaron para recogerlo. Por el tiempo que había pasado, decidieron enterrarlo de inmediato. Hicieron la caja con las tablas de la cama y con algunos sobrantes del aserrío, propiedad de González.

Tomás, el escritor, estuvo en la casa donde ocurrieron los hechos. Vio las manchas de sangre en el piso. Años después escribió la novela Primero estaba el mar, basada en dichos sucesos. “Cuando la muerte de mi hermano Juan, me di cuenta de que ahí había una novela, que no era sino escribirla”, confesó González en un reportaje reciente de la revista Gatopardo.

Es un ejercicio bastante frecuente entre los escritores basar algún libro en hechos personales propios. Algunas veces se recurre a la narración de hechos terribles, como los que cuenta González a manera de ficción en su novela, aunque también los hay quienes utilizan estilos más directos. Pienso por ejemplo en los libros Mis rincones oscuros, de James Ellroy, donde narra lo referente al asesinato de su madre, o Say her name, de Francisco Goldman, donde narra la muerte de su esposa, Aura Estrada, en un accidente de bodysurfing en una playa de México.

Para quienes no son escritores, quizás resulta incomprensible que alguien se someta al doloroso ejercicio de poner en palabras lo que seguramente es una mala experiencia. Pero para un escritor es lo más lógico de hacer. Es una manera de elaborar una circunstancia y de darle un orden. Pero quizás, y sobre todo, su valor más importante es rescatar el hecho del olvido.

En el reportaje de Gatopardo, Tomás González lo expresa de una manera exacta: “La versión que queda, y no demasiado tiempo, es la literaria. La gente se muere, los recuerdos se mueren con las personas. De manera que todo queda en el olvido. Lo que va quedando son esas recreaciones artísticas. De la muerte de Juan, es posible que quede el libro. Va a perdurar un poco más que los hechos, va a perdurar un poco más que la gente que vivió los hechos. Pero igual: no va a quedar nada”.

Los recuerdos, en efecto, mueren con las personas. Y son esos recuerdos, si salimos del plano privado al plano de la vida pública, los que conforman las historias nacionales, por ejemplo. ¿Cómo reconstruir la historia de una nación si los testigos de la misma callan, si quienes vivieron y participaron en ciertos acontecimientos no cuentan, desde la perspectiva del participante en los hechos, la historia misma?

Las memorias y los textos autobiográficos nos cuentan el contexto de la historia pública que se vivía en una época determinada. En otros casos, esas historias íntimas y privadas nos hablan sobre nosotros mismos desde el territorio de la memoria, donde lo que nos identifica como humanos es un sentimiento compartido.

Pero para contar una memoria, o los recuerdos personales, no hace falta ser alguien conocido, ni siquiera ser escritor. Es posible que hacer memoria sea casi un ejercicio necesario en alguna etapa de nuestras vidas. Pienso en las personas mayores que les gusta contar historias de su pasado, historias de las cuales solemos hacer oídos sordos, porque pensamos que son inventos. O que ya nos echaron el mismo cuento veinticinco veces.

Hace algunos años supe que en algunos pequeños pueblos de Alemania todavía existía un trabajo curioso. Se contrataba a un escritor o un periodista para que se fuera a vivir a ese pueblo. Su trabajo consistía en estar allí, hacerse amigo de la gente, hablar con ellos, escarbar en sus recuerdos e ir conformando, por escrito, una memoria del lugar a través de los recuerdos que le contaran sus habitantes. Ese registro de crónicas quedaba en los archivos municipales del pueblo, a disposición de quien quisiera consultarlo.

Los museos suelen ser otra instancia de construcción y rescate de la memoria. Hace cosa de medio año, el escritor turco Orhan Pamuk, premio Nobel de Literatura 2006, inauguró en Estambul el Museo de la Inocencia. El museo guarda estrecha relación con la novela del mismo nombre, de su autoría, donde un hombre rico se enamora de su prima, que es de una familia más pobre. El enamorado vive su pasión coleccionando los objetos que su amada haya tocado y decide que deben ser expuestos al público en un museo.

El museo está lleno de objetos cotidianos que Pamuk fue comprando en los mercadillos de la ciudad. Algunos de esos objetos le sirvieron para escribir escenas de su novela. Otros simplemente los fue guardando para incluirlos en el museo y algunos no encontraron lugar ni en la novela ni en el museo. Pero lo que aprendió Pamuk en este ejercicio, que sus amigos consideraron como una locura, fue el valor de las historias privadas y su vínculo con la memoria, manifestadas a través de los objetos personales.

“Yo creo que si los museos, como las novelas, se centraran más en historias privadas y personales, serían más capaces de extraer y mostrar nuestra humanidad colectiva”, manifestó Pamuk en un reciente artículo sobre el tema, titulado “Los objetos viajan por rutas misteriosas”.

Una de las preguntas más frecuentes que se nos hace a los escritores es ¿para qué sirve la literatura? Podríamos pensar que, entre otras cosas, escribir sirve para rescatar del olvido la memoria individual. Y con ello, contribuir con un grano de arena (que tiene forma de libro), a la construcción de la memoria de toda una época, de un lugar, de un colectivo.