Estados Unidos ha sido siempre país de inmigración, pero las corrientes inmigratorias sucesivas han venido cambiando con el tiempo. Antes eran básicamente del norte europeo; hoy son en gran medida del sur latinoamericano. Millones de personas originarias de nuestros países se han ido hacia el norte estadounidense en busca de mejores oportunidades de vida; es decir, se han ido a participar de un desarrollo que aún no existe en sus países, pero que en el norte se ha construido también con participación de nuestros países. Es decir, van con ilusión y con derecho, sobre todo en esta era de globalización en que las viejas fronteras son cada vez más porosas, a la luz de un progreso que ya no puede ser visto como prosperidad aislada, sino que tiene que funcionar como prosperidad compartida.

Las resistencias políticas e institucionales para entrar en una fase de progresiva legalización de los más de 11 millones de indocumentados que viven y trabajan en Estados Unidos son enormes y muy poderosas; pero, como decimos siempre, la realidad es, al fin de cuentas, la que dice la última palabra. Y en este caso, esa realidad quedó de manifiesto en las pasadas elecciones presidenciales estadounidenses: ningún partido puede ganar elecciones de ese tipo dejando al margen al “voto latino”. Y no es casualidad que luego de dichas elecciones, el tema migratorio haya entrado en una fase muy diferente a la que se tenía antes de los comicios.

Aun los más recalcitrantes adversarios de la reforma tienen que asumir una nueva actitud, so pena de seguir pagando en las urnas el costo de no hacerlo. Desde luego, las cosas no serán fáciles, porque desmontar prejuicios fuertemente arraigados es siempre lo más difícil de lograr. Hay elecciones legislativas en el futuro inmediato, y los tiempos políticos hay que medirlos con vara estratégica, para irles saliendo al paso a las retrancas que aquéllos tienden a poner.

En la reciente marcha blanca de los que apoyan y exigen la reforma, realizada justamente en Washington, para que se viera y oyera en los máximos centros del poder político, una frase resulta emblemática: “No somos uno, ni somos cien, somos millones, óigase bien”. Definición y advertencia. De seguro, si se logra llegar a los debidos consensos interpartidarios para impulsar una verdadera reforma integral que conduzca hacia la estabilidad definitiva de millones de vidas y familias, todos saldremos ganando, comenzando por el país de destino y los países de origen, pero muy en especial los individuos y sus grupos familiares. Una reforma de ese tipo tiene, en potencia, un gran poder humanizador.

A estas alturas, ya debería ser una verdad reconocida por la experiencia histórica de todos los tiempos, que los flujos migratorios no se detienen con medidas de hecho ni con fórmulas represivas: hay que encauzarlos para que se normalicen, conforme a las condiciones de la realidad que les dan empuje. En esto, es la vida la que manda; y contra la vida no pueden, en definitiva, ni siquiera los más poderosos.

En Estados Unidos la democracia está muy bien establecida, y hay que utilizar todos sus mecanismos para lograr decisiones acordes con las demandas de los tiempos y sus circunstancias. Esperamos que esta vez la reforma migratoria integral vaya en ruta segura, de la mano del contundente mensaje que la política les ha enviado a todos desde las urnas. El optimismo activo debe prevalecer.