Se ha dicho con sobrada razón que lanzar, voluntaria o involuntariamente, un automóvil contra seres humanos y cosas equivale a dispararles, queriendo o sin querer, una bala de cañón. Idénticamente, tirarles encima, con voluntad o sin ella, un pesado autobús, es hacer estallar entre ellos una olla de presión. En ambos casos empleando instrumentos de destrucción masiva, mereciendo las penas de prisión perpetua o muerte.

La coyuntura, agenció al ministro Martínez una nueva corona; la de proponer mayor drasticidad y cambios sustanciales de criterios, en la sanción de infracciones de tránsito. Antes de escuchar unas de sus propuestas, oigamos a quienes, lógicamente, fueron los primeros en saltar en contra. Los buseros; uno de los cuales afirma: “En ninguna parte del mundo la dureza ha dado buenos resultados y ellos (Gobierno) son conscientes de ello. Por eso le apostamos a la educación, a la transformación y a perseverar sobre este diálogo permanente”. No imagino a qué mundo se refiere, porque toda la parte de él que he conocido, donde las normas de tránsito se respetan, Estados Unidos, por todo el país, y Europa por todos los países, la única medida que pone en cintura a los conductores solo es la drasticidad de las normas y quienes las aplican: agentes de policía y jueces.

Hay algo que no se debe olvidar y poco se recuerda. Imprimir velocidad al automotor proporciona al que lo maneja doble satisfacción: cosquilleo del riesgo que se corre, como deslizarse en cable sobre un precipicio, o en un kayak por la impetuosa corriente, o haciendo piruetas en patineta; y en el que conduce un monstruo de peso, el machismo de saber que él “manda”, como me dijo palmoteando en el capó de su bestia un choferón a quien pedí bajar sus luces donde estaba estacionado. Podríamos exigirle licenciatura, maestría y doctorado en seguridad vial, pero el rastrero (chofer de rastra) que sobrepasa a 100 por hora o en curva nunca dejará de experimentar la sensación de poder que eso le provoca.

Las orientaciones del ministro son perfectas. Entre ellas la de trasformar de culposos a dolosos ciertos delitos de tránsito. Exacto: pero a fin de evitar el híper garantismo de ciertos jueces que declararían inconstitucional la mutación, deben volverse inequívocas las disposiciones del Código Penal que distinguen dolo de culpa y, como me manifestaba un alto jefe fiscal que cité en su momento, obligar a insertar en el dolo eventual a los accidentes de tránsito en circunstancias dadas.

Excelente, por todo eso, y más, señor ministro, pero temo que en sus portentosas vías y agudos razonamientos queda otra vez olvidado el salvadoreño de a pie. En vez de garantizarle el atravesar calles y carreteras con seguridad, se sigue considerando una de las principales causas de los accidentes “la imprudencia del peatón”. Léase el ejercicio de sus derechos humanos, sin que nada o nadie lo proteja.