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Si EUA acaba con sus adictos, el negocio del narco se acaba

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Se le conoce como “el rey de la narconovela”. Élmer Mendoza es el alquimista que sabe convertir lo que siente, y lo cuenta en libros que rápidamente se ubican entre los más vendidos. Aquí habla de la cultura, de las posibles soluciones y de sus futuras publicaciones.

17 de Febrero de 2013 a la(s) 6:0 / Una entrevista de Héctor Silva Ávalos*/Fotografías cortesía de Héctor Silva A. y de Archivo

Élmer Mendoza, sinaloense, vino a Washington para dar un par de charlas en la American University. Vino a hablar de su oficio, el de escritor, y del tema que le ha hecho parir siete novelas y un libro de cuentos, el narcotráfico. Me espera en el Churchill, un hotelito situado en el noroeste de la ciudad, cerca de Dupont Circle. Varias preguntas me pican en la libreta, pero hay dos que me urgen: ¿Quiénes son los malos y quiénes los buenos en esta historia de traficantes paridos en una de las zonas agrícolas más ricas del mundo y funcionarios corruptos? ¿Qué piensa “el padre de la narcoliteratura” –como lo bautizó la prensa en España– de esa guerra financiada por Estados Unidos en la que nadie, solo los narcos y los corruptos, gana? Las respuestas llegan en esta entrevista larga, sostenida al ritmo de la voz pausada, tranquila, del escritor, que contrasta con la vibrante voz de sus personajes y el arrollador ritmo de sus novelas. La charla con Mendoza pasa por la exploración de sus influencias literarias, la historia de los traficantes de Sinaloa desde que movían amapola y heroína hacia Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial hasta los años del “Chapo” Guzmán, y por una dura reflexión política sobre la guerra que el expresidente mexicano Felipe Calderón emprendió contra los carteles de la droga. La conclusión de Mendoza sobre las narcoguerras es sencilla: el tráfico es un asunto de economía y mientras haya mercado en Estados Unidos, habrá negocio en el sur; y su escepticismo sobre la disminución del consumo en el norte es evidente: “La onza de coca no varió de precio, eso te indica que los niveles de adicción están ahí y siguen creciendo”.

El tema central, sin embargo, son sus novelas. Recién leí dos, “Balas de plata” y “El amante de Janis Joplin”, y cuentos de “Firmado con un klínex”. Lo primero que descubrí en esos libros fue el estilo, único o al menos desconocido para mí, que combina el lenguaje de las calles de Sinaloa con la norma culta y desafía las reglas tradicionales de puntuación para agilizar el paso del lector por los diálogos. También está, por supuesto, la madurada expresión estética del narco, el tema al que la mayoría en Washington se acerca a través de la política o la academia, no desde la literatura.

Las novelas de Élmer Mendoza, sobre todo esas en que “el Zurdo” Mendieta, su complejo detective, es protagonista, son una puerta privilegiada a la cultura popular asociada al narcotráfico y, en general, al crimen y la corrupción en la frontera norte de México. La literatura de Mendoza tiene, además, ecos reconocibles en el sur, donde los empresarios del trasiego y los policías corruptos han llegado para quedarse. Le cuento al escritor que en mi país hay unos narcos que se mandaron a hacer corridos con bandas de Durango y de Sinaloa. Sonríe.

Al final de la plática, un regalo: Élmer me cuenta sobre la novela que ahora escribe, protagonizada por un noble inglés, mecenas de Salvador Dalí, que construye un jardín surrealista en plena selva mexicana, cerca de donde unos narcos tienen preso al padre de un joven...

¿Qué tan metida está la cultura del narco en el ADN de Sinaloa y México?

Empezó en los años sesenta, cuando nos damos cuenta de que hay una actividad que implica diferentes aptitudes: no basta ser trabajador, seguir horarios, saber prever dónde habrá movimientos de la naturaleza; hay una actividad que requiere de otras cosas, un poco la capacidad para correr riesgos. Esto se mezcla con la aparición de un corrido muy famoso que se llama “Carga blanca”, que es un corrido de un trasiego, pero también de una traición. Ahí ya hay representación estética de una actividad y lo que esta puede traer, un trasiego exitoso y una traición; tiene una línea que dice: “El dinero completito volvió a su dueño otra vez”, o sea, a los tipos que llevan la carga los matan. Y hay otras canciones anteriores que se refieren al contrabando de alcohol en los años treinta. Digamos que es la música la primera manifestación estética en la que aparece el tráfico. Unos años después de esto, “Carga blanca” es en 1965, en 1971 va a aparecer una canción que es emblemática con Los Tigres del Norte, que son unos niños, que se llama “Contrabando y traición”. El tema sigue y es la creación del primer ícono, de “Camelia la tejana”, que además de ser una canción muy bella se convirtió en un éxito del grupo y del tema.

¿Es una especie de prólogo?

En mi región –Sinaloa– es en esos momentos que esa canción sale, en esos años que han estado pasando; en los cincuenta como que se afirman las bandas, en los sesenta hay familias que se dedican y se afirman como los primeros jefes, los primeros capos, pero todavía no hay una contaminación social que incluya a los jóvenes: nosotros entonces estamos fascinados por The Beatles y por The Rolling Stones, entonces eso no nos afecta.

Parte de este tiempo está en “El amante de Janis Joplin”, ¿no?

Claro, digamos que esa es la novela de ese tiempo. La gente que nunca nos metimos tuvimos los primeros contactos con ellos –los narcos– y era realmente espectacular ver a esos tipos que se bajaban de sus camionetas con pistolas a la vista... Yo lo vi así, tuve la suerte de que pasó enfrente de mí, a dos que detuvieron el tráfico en la calle más grande de Culiacán: uno venía de un lado y el otro del otro, yo iba detrás de uno de ellos; híjole, qué bárbaro: veo que se bajan los tipos con pistolas, yo ni siquiera sabía que iba a ser escritor, pero yo me puse a verlos, y los que estaban detrás de mí y se dieron cuenta de lo que se trataba, no tocaron claxon...

¿Esto ya era en los setenta?

¿Qué sería? 1972, por ahí.

¿Por qué se bajaron los de las pistolas? ¿Iban a pelear? ¿Se saludaban?

No, era un abrazo. Tú acuérdate que los que traen el arma a la cintura sacan las nalgas cuando se abrazan. Yo viendo eso, que duró como dos minutos. Digamos que esas pequeñas acciones son las que determinan lo que luego se convertiría en una cultura: es la creación de un ícono, que trae sombrero, trae pistola a la vista, un poco como un vaquero, que trae un auto, que sus camionetas eran las más espectaculares. Todo eso es parte de lo que crearon, eso y la actitud de prepotencia, de somos los dueños de esta ciudad y del mundo.

Son dueños por la plata, ¿no?

Por la plata y por la pistola.

Decís que la música es la primera expresión estética, ¿cuándo entra la letra? ¿Entra contigo?

No. Antes de mí hay una novela que se llama “Traficantes de marihuana”, que la persona que la escribió lo hizo con seudónimo: tenía temores.

¿Y cómo se llama el autor?

Se llama Nacapeva. Eso fue antes de mí. Esa novela es una crónica, pero ahí está. Cuando eso salió estábamos inundados ya de música, y de ahí surge el mito de que los narcos se pueden mandar a hacer sus corridos. Esto es principio de los setenta.

Decías al principio que para el tráfico se necesitan aptitudes. ¿Estas aptitudes por qué existen en Sinaloa? ¿Son parte del carácter? ¿Surgen por la pobreza, por una necesidad de supervivencia?

Ese fenómeno se explica por dos cosas. Una es que nosotros vivimos en una de las zonas agrícolas naturales más poderosas del mundo, y el clima y la tierra incluso funcionan para la amapola y el cannabis, no para la hoja de coca, pero para esas dos cosas sí. Recuerda que lo que ellos –los narcos– surtían en los años de la Segunda Guerra Mundial era heroína para los soldados gringos, pero cuando terminó la guerra, había muchos adictos y lo convirtieron en negocio, el negocio narcoindustrial.

¿Ahí empieza, entonces, el papel de Estados Unidos en esta historia?

Claro, aquí en Estados Unidos, este ha sido siempre el principal mercado. Si Estados Unidos se inventa un programa que acabe con los adictos, este negocio se cae. Entonces digamos, y este es el segundo punto, hay un mercado, hay una zona de producción, hay rutas, que eran más o menos legales, ya que ambos gobiernos las permitían, porque servían para medicamentos. Cuando la guerra se acaba, ellos siguen en eso hasta los sesenta, que es cuando detectamos que se convierte en un auténtico negocio y empiezan a surgir los mitos. Va a haber unas épocas, así como en “El amante”, en que habrá muchos balazos y también surgirán algunos de los personajes y corridos que todavía están ahí, por ejemplo Lamberto Quintero.

¿Esta es la época en que los jefes se empiezan a consolidar?

Es la creación de íconos, y aparece el más grande de todos, antes de (“Chapo”) Guzmán, que se llama Rafael Caro Quintero. Él es un tipo encantador y lo que él hace es que demuestra que la clase alta, la clase media y la clase política están involucradas. ¿Cómo lo hace? Pues se involucra con una chica que era sobrina de un gobernador en Guadalajara. El error de él, aunque todavía se duda si le pusieron una trampa, fue la muerte de un agente de la DEA, de Enrique Camarena.

Bueno, aquí en Estados Unidos también hay mucha literatura que ha acusado a la DEA de ser también parte del negocio...

Es que te digo algo, no hay otra manera: los gobiernos para resolver esto tienen que infiltrar gente que tiene que estar mucho tiempo ahí.

¿Cuándo empezás a escribir sobre el tema?

En los ochenta. Hay todo un proceso, como en todo escritor, de lo que quiero ser, lo que quiero escribir. La vida me llevó antes por otras profesiones, yo primero estudio Ingeniería Electrónica y después decido ser escritor. Corto de tajo y me voy a la UNAM a estudiar literatura cuando tengo 28 años. Ahora me muero de envidia cuando me entero de que algunos empezaron a los siete años.

¿Cuando vas al D. F. ya llevás parte de ese bagaje de la cultura narco, ya sabés que querés escribir sobre eso?

No, yo me voy al D. F. a estudiar Electrónica y ya estando ahí decido que quiero ser escritor. Una noche lo decido.

¿Una noche en particular? ¿Cómo pasó eso? ¿Bajaron las musas esa noche?

Yo soy muy dormilón. Yo me curo durmiendo. Estaba solo en casa y tenía un cuaderno de 100 páginas. Después de cenar me fui a acostar, pero antes de dormirme empecé a escribir cosas en el cuaderno y a las 6 de la mañana lo había llenado. Se me hizo rarísimo que no hubiera dormido y cuando empecé a ver claro por la ventana, me pregunté por qué no tuve sueño, qué pasó en mi cuerpo, a mí que soy tan dormilón. Empecé a buscar explicaciones que hoy las tengo, entonces no las tenía, pero sí dije: no, pues voy a ser escritor.

¿Te acordás qué escribiste en ese cuaderno?

De todo escribí.

¿Cuándo llega la primer novela?

Se llama “Un asesino solitario”, pero llega hasta en 1999. Primero hice cuentos, minificciones, teatro... y mientras escribía novelas. Mi ambición era hacer la prosa de mi tiempo, entonces, claro, terminaba un ejercicio de novela de 120 páginas en máquina y sabía que no era lo que yo quería. En ese proceso me tardé mucho tiempo. Era una ambición que me hacía llorar porque no me salía. Y cuando iba a comprar libros veía que ahí estaban mis amigos. En México hay una librería que se llama Ghandi, que es emblemática, pues iba a la Ghandi y, ¡aghhh!, ahí estaba toda mi raza y yo no. Luego me regresé a Culiacán en 1984 y trabajé muchísimo. Luego, fue como mágico. El caso de mi primera novela fue muy curioso. Yo había estado haciendo ejercicios con textos de violencia, incluso una novela policiaca que no me resultó. Un día, no sé nada qué pasó, encontré la forma, que básicamente tiene que ver con la mezcla del lenguaje popular y la norma culta. Pero me faltaba un detalle: yo no quería que mi lector perdiera tiempo entre el punto y aparte y la rayita para empezar el diálogo. No sabía cómo hacerle. Estaba en eso cuando estaba trabajando en “Un asesino solitario”. Un día conocí a un historiador en un vuelo y él me contó que quería escribir una novela, entonces yo no tenía novela, tenía cuentos –entre ellos uno que se llama “Trancapalanca”, que es mítico y saldrá finalmente este año reeditado, es un libro de cuentos rarísimo–, pues fuimos en un vuelo de dos horas hablando y este historiador me dijo que quería escribir una novela como José Saramago, que su modelo era “El cerco de Lisboa”. Yo nunca había visto una novela de Saramago. Cuando llegué a Ciudad de México le hablé a uno de mis amigos críticos y le pregunté por él, y me dijo: ‘Es un autor que tú debes leer’. Me compré varios libros en la Ghandi y ahí encontré la base para evitar que mi lector perdiera tiempo en ir del punto al diálogo.

Que es, quiero decirte, una de las cosas que más me llamaron la atención y atraparon cuando leí “Balas de plata”.

Sí, claro. Yo ya tenía una idea porque uno de mis maestros de la facultad estaba escribiendo una novela y leyó uno de mis cuentos de “Trancapalanca” y me dijo que lo más importante de ese cuento es que tiene voluntad de estilo. Ese maestro se llama Gonzalo Celorio. Hoy ambos somos miembros de la Academia Mexicana de la Lengua. Pues bueno, con eso me doy cuenta de que detrás del logro de un detalle en el ejercicio literario hay muchas cosas, no es solo la intención, es la formación y lo que tienes que apostar. La forma tiene una historia y hay que conocerla: los novelistas venimos desde Cervantes, que crea un personaje dual, que era cuerdo y era loco, y en el momento que le convenía manejaba a uno o al otro...

Esto que decís me sirve para hablar un poco de tu personaje emblema, que es Edgar Mendieta, “el Zurdo”. Él tiene esa cualidad dual: tiene la esencia de antihéroe, es un tipo muy emproblemado, y en “Balas de plata” sabemos que él también traqueteó. Me imagino que también porque esa realidad del narco es dual.

Claro, pero también creo que por los modelos, yo creo que los modelos más fuertes de detectives los crearon en Norteamérica, Dashiell Hammett y Raymond Chandler, y tenían esa mezcla, por un lado esa bondad que no se notaba demasiado, pero también un cinismo exacerbado y una inteligencia a prueba de malos tratos. Como lectores partimos de ahí, de nuestra educación sentimental. Incluso los europeos siguieron a Hammett y a Chandler. Y, claro, como escritor siempre vas enriqueciendo el asunto.

Y en el caso del “Zurdo”, su realidad es muy rica y lo define.

Por supuesto. “El Zurdo” Mendieta tiene su base en esos dos maestros, pero tiene a otros: una señora que se llama Batya Gur, una escritora judía que es la experta en el detective con formación académica, me gusta mucho cómo escribe ella. También James Elroy, un tipo que hizo de la prosa disparatada un arte, que es muy difícil. Y el que más me gusta ahora, que escribe en inglés, es John Conolly, que es el gran experto en crear atmósferas, y ahora nosotros rescatamos a Cormac McCarthy, que escribe de la frontera, y ya con “No Country for Old Men” lo incorporamos al movimiento de violencia mexicana.

Estas son las influencias literarias del “Zurdo”, pero él está en Culiacán, en Sinaloa. Lo percibo como un sobreviviente de sí mismo con un sistema de valores en el que hay un problema con el poder, no necesariamente el del narco, sino el del Estado. Parafraseo algo de “Balas de plata”: siempre habrá corruptos...

“El Zurdo” en vez de tener los 15 minutos de fama lo que tiene son 15 minutos de lucidez. Y en esos 15 minutos es que él ubica en qué país vive, cuál es su situación, por qué está metido en la policía, cuáles son las debilidades de su profesión. Es verdad lo que tú dices, lo has detectado muy bien. Es eso, en las novelas “el Zurdo” trata de propiciar un distanciamiento con el narco, pero no lo puede evitar porque el narco está ahí y es muy fuerte y casi sin querer siempre entra en contacto con ellos. Ya en la última novela, “Nombre de perro”, trabajo de plano con ellos.

En “El amante de Janis Joplin” está el narco y hay otros mundos, la guerrilla, la lucha social, pero ya se percibe la formación de personajes arquetípicos: el narco entrañable con el que el lector se puede identificar, y parece que el villano es siempre el policía. Es como un sistema de valores sui géneris de esta cultura del narco, no solo en México...

Bueno, es que en los setenta el enemigo era el Estado. Y estaban los guerrilleros, pero el tejido social permitía que ambos, guerrilleros y narcos, en algún momento coincidieran, que es lo que pasa en “El amante”, y coinciden para ayudarse. En la guerrilla hubo mucha locura, se daban entre ellos, pero los que tenían amigos en los narcos acudían a ellos porque podían conseguir fusiles y dinero más fácil.

Cómo han cambiado esas percepciones ahora, después de la guerra de Calderón. Hablábamos de una etapa más romántica, pero hoy hay de mucha muerte...

Esa etapa más romántica se va a perder, nadie la va a contar, y los que quedan vivos tampoco quieren hacerlo.

¿El sinaloense de a pie qué ve cuando mira a un narco y cómo ve la guerra contra el narco?

Lo que pasa es que la guerra ha polarizado las posiciones. Lo que tenemos es una guerra inútil, yo lo dije desde un principio: esta es una guerra inútil que solo va a provocar muertos. Al final tuve razón. Los últimos dos años incluso la prensa, que al principio no lo tocaba, lo dijo, y eso está bien. Al principio era yo solo. Y yo tengo una cosa: lo que digo es lo que escucho de la gente; he encontrado gente que me preguntó: Élmer, ¿y ahora qué vamos a hacer?, con aquella idea mítica que el artista tiene la solución. Lo que yo les decía era que debíamos cuidar a nuestras familias, cuidar a nuestros hijos, nuestras ciudades... pero era muy difícil, porque no teníamos injerencia en la militarización de las ciudades. Ellos –la gente– me lo decía: esto no es posible, esta guerra será un fracaso. Y yo venía y se lo decía a la prensa europea: esta guerra será un fracaso; la gente lo dice y yo me convierto en un vocero involuntario. Yo creo que ellos, el Estado, lo sabían, porque nunca nos hicieron nada, y se lo decía directamente al presidente; porque si vas a decir algo, se lo vas a decir a quien pueda tomar la decisión.

¿Cuál era la reacción del lado de los narcos?

Es que pasa una cosa, no son tanto los narcos sino las bandas intermedias, que no trafican, sino que hacen sicariato. Igual, no son químicamente puros porque trabajan para alguien. Pero se da que los grupos sinaloenses son los primeros... Yo le preguntaba a la gente y me decían: no, esto no va a durar: va a llegar “el Chapo” Guzmán y va a poner orden. No decían la policía, no decían el Estado. Wow, decía yo. Cuando al “Chapo” le matan un hijo, volví a preguntar a la gente, y me decían que entonces no sabían qué pasaría. Eso hacía yo, me metía en sitios para que la gente me dijera qué era lo que pensaba.

Parece que el gobierno del PRI romperá con la política de Calderón. ¿Significará esto una diferencia en la cotidianidad de un lugar como Culiacán?

Han cambiado las percepciones y eso el ciudadano lo siente. Por ejemplo, es lo que hizo Rudolph Giuliani en Nueva York, no cambió todo de una vez, pero cambio lo que la gente percibe. Lo de la percepción afecta a los mismos delincuentes, que terminan diciendo que el asunto se ha calmado. El PRI tiene dos meses en el poder y eso ya se percibe. En Culiacán aparecen menos ejecutados en los periódicos, aunque sigue habiendo muertos; somos un pueblo acostumbrado a que siempre hay cadáveres. Lo grave de la guerra es que relaja las emociones y se pierde el temor a la ley, a las posibilidades de justicia.

Pablo Escobar decía que el tráfico, el traqueteo como le dicen en Colombia, nunca se acabará mientras haya un consumidor, un mercado. En Estados Unidos los especialistas dicen que el consumo se estancó, pero está ahí. Pero ¿qué hay con los Estados y su corrupción: tienen necesidad de que esto siga existiendo?

Ah, caray. Eso sería muy perverso. No estoy seguro. Sería muy perverso.

Digo, hay mucha plata...

Puede ser, pero yo veo que al que más le conviene es al de acá, al de Estados Unidos. En el sexenio pasado ocurrió que el centro de acopio de droga se cambió de Miami a Phoenix, pero la onza de coca no varió de precio, eso te indica que los niveles de adicción están ahí y siguen creciendo. Lo que dicen los expertos latinoamericanos es que en el momento en que el Gobierno de acá decida atacar eso, esto se acaba, aunque les lleve años. El último dato que yo conozco es que menos del 10% de las ganancias por este negocio entra a América, el 90% se queda en Estados Unidos. Escobar Gaviria, por ejemplo, quiso manejar las redes aquí en Estados Unidos y le dieron piso porque se quiso quedar con esas ganancias.

Y nadie después de él lo volvió a hacer.

Creo que hoy “el Chapo” Guzmán, que es el más poderoso, ha sido más listo porque tiene formas de manejar el tema de las ganancias. Pero creo que no es mucho dinero el que entra a América Latina. Todo esto genera muchos mitos, lo cual es muy interesante para la literatura. Por ejemplo, se decía que en la última crisis los narcos de Estados Unidos se enojaron y le dieron otras vías a sus dineros y eso contribuyó a que se cayera la economía... Son mitos, pero para la literatura es muy importante. En México se dice que si el dinero del narco deja de circular, el país colapsa en dos años.

Termino como empecé, con la literatura. ¿Qué sigue: más “Zurdo” Mendieta u otros caminos temáticos y estilísticos?

Yo escribo dos novelas a la vez y mientras escribía “Nombre de perro”, trabajaba en una novela que no tiene título y cuyo personaje principal se llama Edward James, un noble inglés que fue mecenas de algunos surrealistas como Salvador Dalí. Él quería ser poeta y por una razón que yo no sé, pero en la novela me la invento, cayó un día en la selva mexicana, en un lugar que se llama Jilitla, e hizo un jardín surrealista en el que se gastó $5 millones haciendo escultura y estructuras de concreto, hermosísimas pero sin ningún sentido útil. Eso exploro en mi novela, por qué él hizo eso ahí. Pero la novela no me salía, y no le he dedicado poco tiempo. En diciembre fui a España a hacer promoción de “Nombre de perro” y un periodista me dijo: algo que no te he preguntado nunca es qué escribes para descansar. Le dije que mi prosa es siempre muy densa y como escribo dos novelas a la vez, no descanso; el periodista me dijo que acababa de entrevistar a John Connolly y le dijo que para descansar escribía novela para niños. No lo podía creer...

¿Pero no te has dado por vencido con la nueva novela?

Claro que no, voy para allá. Le conté a mi mujer y me vine pensando; le dije a mi mujer: creo que la novela de Edward James la voy a hacer para jóvenes, cómo, no sé, pero así la estoy armando. Es una novela para jóvenes, pero no cambié de tema. Es un muchacho de 18 años a quien le secuestraron el papá y le toca negociar con los secuestradores, que tienen escondido al papá cerca del jardín de Edward James. Estoy ensamblando la novela, veré cómo me queda. Seguramente me llevará un año, pero estoy muy entusiasmado.

*El autor es investigador asociado del centro de estudios latinoamericanos de American University de Washington DC.

Con la guerra contra el narco se relajaron las emociones y se perdió la oportunidad de justicia.” Se decía que en la última crisis los narcos de Estados Unidos se enojaron y le dieron otras vías a sus dineros y eso contribuyó a que se cayera la economía. En México se dice que si el dinero del narco deja de circular el país colapsa en dos años.”
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