Los políticos más hábiles serán, de aquí en adelante, aquellos que comprendan, enteramente (no a medias), que es un error mantener un sistema presidencialista.

Eso significa que cada ser humano lleva dentro a un desconocido. Por eso es que, al menos de vez en cuando, debemos hacer una inmersión en nuestro propio ser. Necesitamos buscar e interpretar a ese desconocido que llevamos dentro.

Tal vez eso es lo que nos falta hacer, cada vez más, como país: hacer un alto, mirarnos en el espejo y ver que venimos de una revuelta, que hace menos de tres décadas nos dimos un abrazo mortal, y que ahora no encontramos por ningún lado una comunión consigo mismo.

Este es un país con larguísimos itinerarios de experiencias políticas. Sin embargo, todavía no logramos reconciliarnos con nuestro pasado, lo más importante parar lograr nuestra propia integración moral.

A veces pienso que esta es una sociedad a la que le sobra historia, pero que le falta biografía y, sobre todo, biógrafos. Tenemos figuras tutelares. Casi todas esas figuras salen, quizá, de un afán nuestro desmesurado por entregar la libertad. Lo peor es que lo hacemos cada vez que la conseguimos domar.

Hay quienes prefieren que los manden. Así de simple. Por eso, en el pasado nos agarramos de patriarcas y de machos caudillos. El primero manda y es bueno. El segundo es el macho terrible que hasta deja botados a la mujer y sus hijos.

Eso ayuda a explicar por qué los partidos están tan distantes de la sociedad civil: al político simplón, a quien le gusta el poder por el poder, le agradan también los escombros. Realmente esos políticos de vieja cuña no desean ni se preocupan por crear cultura, o partidos políticos en los que la sociedad civil comprenda y administre su propia libertad y hasta discipline su carácter.

Otras veces parece que partimos el país en dos pedazos: la banda de quienes antes eran los endemoniados y la banda de quienes nos explotan a todos.

Ni unos ni otros son tales. Por ahí empiezan nuestros males: fracturamos la sociedad en las partes que no son.

Lo que necesitamos son nuevas ideas para deshacer esas concepciones de falsas “bandas”. El país requiere construir, además, una nueva anatomía política y moral que nos aleje de los extravíos históricos.

Los chinos han logrado tener una economía que asusta, en tan corto tiempo, porque entendieron que la clave del éxito era hacer las reformas económicas con un proceso de construcción del Estado que se caracteriza por la habilidad de sus líderes. Supieron, como nadie, medir las reacciones a los cambios que hacían e incorporar todo aquello que naciera de la sociedad civil. El Partido Comunista se olvidó de la represión. Los ajustes llegaron de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba. Le probaron hasta a Mao Zedong que es un fracaso aquello de construir un Estado fuerte con una sociedad débil.

Faltaba una pata: la sociedad también debía ser fuerte.

Los políticos más hábiles serán, de aquí en adelante, aquellos que comprendan, enteramente (no a medias), que es un error mantener un sistema presidencialista que, cada vez que no tiene mayoría en la Asamblea Legislativa, entra en conflicto con los restantes dos poderes del Estado.

Los políticos visionarios deben, primero, mirarse en el espejo y preparar un país con una institucionalidad fuerte, con una sociedad civil que asimile las principales decisiones y que, además, se posean varios pistones que suban y bajen las mejores visiones para legitimar, y hasta cementar, cada paso certero que demos. Los políticos que piensen de otra manera estarán muy cerca de su pensión y la gente misma los sentará en una platea pública como llaveros del pasado.