Eso forma parte de nuestra naturaleza, y tratar de evadirlo, de la forma que fuere, es exponerse a los más peligrosos extravíos. La política no es ajena a esta regla natural de vida, como lo podemos constatar por los testimonios históricos reiterados y por las expresiones más variadas de la contemporaneidad. Somos seres de razón, y por más que nos aferremos a las prácticas irracionales, siempre llegamos al mismo punto: si no hay racionalidad en juego, nada funciona. La globalización actual lo pone en cotidiana evidencia, y eso debería ser un argumento adicional para ya no querer continuar escapando sin sentido de un hecho que está más allá de toda estratagema o argucia abiertas o encubiertas.

Tenemos la suerte de vivir ahora mismo en un mundo crecientemente intercomunicado, no sólo en lo geográfico, lo político y lo comercial, sino también en cualquier otra forma del ser y del quehacer. Y una de las evidencias más patentes que nos deja ese constante recorrido es la que se refiere a la necesidad cotidiana de hacer uso de la razón para enfrentar los infinitos desafíos del momento evolutivo en todos los planos, desde los más ampliamente universales hasta los más reducidamente locales. En este momento histórico en que los paradigmas establecidos están en crisis y en que las verdades consagradas se hallan en tela de juicio, el único instrumento disponible que nos queda es el de la razón crítica, más allá de las emociones y las percepciones que pretendan hacerse valer por su sola cuenta.

Acudamos a un ejemplo del día, que dramatiza lo antes dicho: en un país como Estados Unidos, que es democracia probada a lo largo de ya bastante más de dos siglos de ejercicio ininterrumpido, también se requiere recordar en forma constante el imperativo de racionalidad puesta en práctica. Lo que acaba de ocurrir respecto del llamado “abismo fiscal” o “precipicio fiscal” lo demuestra sin ningún género de dudas. La crecida confrontación entre republicanos y demócratas —que no es casual, sino resultado de las novedades evolutivas en movimiento— se vuelve pasionista con más facilidad que nunca, y sólo hay un factor de control eficiente: la necesidad. La necesidad, que en cualquier tiempo o circunstancia tiende a convertirse en la mejor aliada de la racionalidad, cuando las cosas no se desbordan antes de tiempo.

En nuestro caso nacional, la necesidad está clamando cada vez con más fuerza por darle vigencia activa a la racionalidad. Hasta ahora, sin embargo, esos clamores constantes no parecen ser suficientemente efectivos; pero la ganancia actual, en comparación con lo que ha venido ocurriendo por tanto tiempo, consiste en que ya este desajuste no pasa inadvertido: hoy se dan presiones múltiples en pro de un manejo más racional y razonable de los asuntos nacionales, y lo verdaderamente esperanzador y animador es que la presión principal va surgiendo de los distintos ámbitos ciudadanos. Es, por consiguiente, una presión difusa, aunque no por eso menos eficaz; por el contrario, lo que estamos oyendo y viviendo es la presencia de una voluntad que viene de ser silencio, pasó a ser murmullo y ya es palabra de potencia creciente.

Cuando estamos en campaña presidencial, como sucede ahora mismo, hay un escenario dispuesto y en él unos actores que le solicitan a la ciudadanía el beneficio de la confianza para hacerse cargo de la conducción social, nada menos. Es, pues, momento más que oportuno para que desde la ciudadanía se activen los requerimientos de racionalidad; y lo primero tendría que ser que los candidatos comprueben que son capaces de ejercer la función racional tanto anímica como volitivamente. No se habla aquí de una cuestión teórica u opcional. Los desafíos múltiples que la realidad presenta vuelven indispensable que se acredite la experticia racionalizadora básica para hacer un manejo sensato, sensible y sostenible de los distintos temas y problemas que palpitan en el día a día nacional.

Pero como hemos reiterado cuantas veces ha sido oportuno, la vida no se agota en la política, pese a que ésta tienda a actuar como si ella fuera el principio y el fin del fenómeno real. El reclamo de racionalidad nos abarca a todos, en todo y para todo. Y desde luego no se trata de cerrarle las puertas a la imaginación creadora y remodeladora, ni de privarnos de ningún tipo de frescura audaz; es sólo el reconocimiento de que al final hay que ir ordenándolo todo, para que el desperdicio irresponsable no haga de las suyas. En un mundo donde todo se abre y está en cuestión, el acopio de racionalidad se hace más imperioso. La experiencia histórica del momento no admite dudas ni disimulos al respecto. En tanto más pronto lo entendamos y más hábilmente lo apliquemos, nuestras posibilidades de éxito irán ganando opciones de florecer.