Hay quienes están empeñados en que nos ocurra lo del viejo cuento: como Caín fue el primer propietario sobre la tierra, a toda propiedad debemos llamarla asesinato.

Bastó que el presidente Mauricio Funes, con abultadas razones jurídicas y morales, denunciara los escandalosos secretos de un contrato en la geotermia estatal para que surgieran tomaduras de pelo, cantos gregorianos y hasta un baile de disfraces.

Apenas el gobernante soltó el tema del oscuro favorecimiento a un grupo de italianos, a quienes le vendieron, a plazos, una empresa pública sin autorización de la Asamblea Legislativa, nació una andanada de palabras desarraigadas con las que algunos quieren volvernos bizcos para torcer la realidad.

Le duela a quien le duela, la estrategia de ARENA en el tema de la Geo es patética: en vez de rendir cuentas sobre lo que pasó en 2002 con la geotermia, decidió atacar hasta el consumo de papel higiénico en la CEL en este gobierno.

El camino de ARENA es tan gastado y débil que resulta una confesión de que algunos bregan para esconder, sin éxito, lo que pasó con un vergonzoso contrato.

A veces pienso, y en este tema me importa un comino la política de baja talla, que hay gente que cree que como al pueblo salvadoreño se le ha engañado tanto hacerlo otra vez no produce urticaria o comezón en la piel.

Hay algo en lo que los ingleses nos ganan a todos. Tienen una enorme virtud: la capacidad para resistir las verdades más amargas y las críticas más enconadas. A nuestros partidos políticos les falta mucho de eso que nos enseña la historia de los británicos.

El tema de la Geo debemos verlo como lo harían los ingleses: reconociendo los vicios y defectos de sus instituciones y de algunos hombres. En ese asunto no se puede reaccionar botándole el cesto de la basura a los vecinos.

El valor que debemos tener para decirnos las verdades solo lo consigue un país cuando se tiene salud moral y seguridad interior. El intento de algunos de tirarnos arena en los ojos para que no veamos la verdad de lo que pasó en 2002 no es más que un esfuerzo por construir una historia como un tejido de mentiras.

Los pueblos que usan la libertad de expresión para mentirse entre ellos, calumniarse o engañarse lo único que hacen es comportarse como hipócritas. Y no hay nada peor que tener, al frente nuestro, a políticos cínicos que, por su ambición, o su bandera, estén dispuestos a dejarnos sin pupilas para que no veamos lo que pasó.

Lo que sucedió con la Geo hay que verlo con responsabilidad. No como una firma en un contrato que debe respetarse o un laudo que se perdió en una calle de París. Recordemos que hasta se nos dijo que el principal banco de Alemania avaló las actuaciones que se produjeron en 2002. Después supimos que fue al revés: jamás recomendaron que se le abriera un portillo a inversionistas italianos para que obtuvieron la mayoría de acciones de la GEO. Así de grave es el rosario de anomalías.

La peor canallada que un político le hace a su pueblo es contarle una verdad a medias. Muchas veces eso es peor que una mentira completa. Por eso es sabio lo que Octavio Paz escribió hace muchos años: “Si la mentira torna fantasma cuanto toca, decir la verdad es empezar a existir verdaderamente”.

Las verdades de un partido siempre serán, según el gusto de muchos de nuestros políticos, una media verdad, una verdad partida. Y con ese método no se puede seguir escondiendo lo que pasó con la geotermia estatal en 2002.

Si ante semejante denuncia de Funes algunos insisten en oscurecer más lo que pasó, lo único que harán de este país es dejarlo a expensas de coyotes que no dejan hueso con carne. Y de coyote en coyote El Salvador será, simplemente, un osario.