Siempre he sostenido que, en elecciones presidenciales, los candidatos pesan más que los partidos en la probabilidad de triunfo. Hay muchos estudios que respaldan esa convicción. Solo hay dos condiciones que pueden invalidarla: (1) que el partido sea demasiado débil en financiamiento y organización, o (2) que no exista un régimen de respeto pleno a los derechos y libertades políticas.

También estoy convencido de que, en la conducción del gobierno, son determinantes la personalidad, la formación y los valores del jefe de Estado. Sin embargo, que la persona sea así de importante para ganar una elección y para conducir un gobierno no implica que la campaña electoral y la decisión de los votantes deban girar exclusiva o preponderantemente en torno a la experiencia, conocimientos y cualidades o defectos de los candidatos.

En los países de escasa cultura democrática se tiende a caer en ese error. Con el agravante de que una parte substancial del esfuerzo proselitista se dedica a la propaganda negativa, a la difamación, al asesinato moral del candidato adversario. En esos linchamientos participan las estructuras clandestinas de los partidos con su red de cibernautas a sueldo, pero también se suman voluntariamente muchos ciudadanos que son presa de su propio fanatismo.

Las redes sociales y los buzones de correo electrónico empiezan a plagarse de ese tipo de mensajes. La mugre se esparce en todas las direcciones y alcanza no solo a candidatos y dirigentes partidarios, sino a todo aquel que expresa una opinión contraria. Es violencia verbal, tan perniciosa como la violencia física. Si los que incurren en esas prácticas tuvieran un ápice de racionalidad, sabrían que es una estrategia contraproducente. El votante independiente, mal llamado indeciso, es muy alérgico a la propaganda negativa; el fiel no la necesita; el duro en el otro bando la utiliza como combustible para inflamar aún más sus propias pasiones.

Los candidatos son los que son, cada uno con sus virtudes y defectos, los cuales siempre quedan expuestos en sus propias palabras y actuaciones, sin necesidad y a pesar de la propaganda. Mejor sería enfocar las energías en la comprensión de los temas más críticos y de los posicionamientos de los candidatos frente a los mismos. La campaña electoral debiera verse como una oportunidad educativa para promover la conciencia ciudadana, no como una ocasión para explotar la ignorancia, la ingenuidad y las emociones más primitivas del electorado.

Los medios de prensa tienen una gran responsabilidad en el cultivo o deterioro de nuestra cultura democrática. Debieran cerrarse a la propaganda negativa, aunque ello les signifique renunciar a unos cuantos reales. Sobre todo, debieran abstenerse de plantear el debate político usando categorías obsoletas y extremadamente superficiales, como es el caso de los términos “izquierda” y “derecha”, que son muy engañosos y cada persona los entiende a su manera.

Los temas que le interesan al ciudadano común y corriente son los que se refieren a los problemas con los que debe lidiar en la vida cotidiana. Uno muy importante es el del empleo. Todos dirán que es un tema prioritario en su oferta electoral. El debate, lo que diferencia a cada candidato de sus adversarios, debe plantearse en términos de estrategias y programas concretos. Eso nos remite a problemas como la seguridad jurídica, la educación, la política fiscal, la calidad de las relaciones entre el gobierno y el sector productivo.

En cada uno de esos temas, la prensa y los ciudadanos debemos poner a todos los candidatos contra la pared, con cero tolerancia a palabras huecas, sin aceptar que se vayan por las ramas o que disimulen su falta de ideas con metáforas como la fábrica de empleos. Sale sobrando si un candidato se piensa a sí mismo o es percibido como de izquierda o de derecha. Lo importante es la viabilidad y la eficacia de las soluciones concretas que propone.

Otro asunto fundamental: ¿Le apuesta el candidato a incrementar los recursos públicos por la vía de una actividad económica dinámica y vigorosa o por la vía de añadir carga impositiva a una economía deprimida? ¿Le apuesta a crear condiciones para que la gente supere su condición de pobreza o prefiere prolongar su dependencia de los programas de asistencia pública?